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NORMALITO

martes 13 de mayo de 2014, 07:57:07 AM

 

Una de las cosas que logró motivarme por años, después de la lectura del psicoanalista Heinz Kohut, fue su idea grandiosa que decía, si mal no entendí, que la normalidad de los seres humanos no depende  de cómo se ven (su autoconfianza) sino de cómo ven a los demás y son capaces de entusiasmo y admiración madura por los otros. Sonaba excelente esta definición de normalidad y parecía apropiada, después de escuchar centenares de ideas propias y prestadas de varios cientos de profesionales que trabajaban en salud mental pero a los que se les dificultaba aprehender y expresar este concepto. 

 

Cuando mis profesores de psiquiatría empezaban sus disertaciones sobre mi incapacidad para lograr un adecuado encuadre terapéutico y manejo de un paciente aduciendo mi “bon hominia”, me defendía razonablemente bien apoyándome en el argumento mencionado: No podemos esperar ayudar a nadie si solo le hacemos evidente sus falencias, debemos ser capaces de entusiasmarnos con la gente y de admirarlos.  El asunto en general terminaba en llamadas de atención y promesas de cambio siempre aplazadas, que al cabo de tres años me permitieron graduarme, reclamando el diploma por la ventanilla administrativa de la universidad. 

 

Sin embargo, los problemas de pensar que solo son normales los seres humanos con buena auto estima y capacidad de exaltar al otro sin excesos ni dependencias, son varios y  demoré varios años antes de entenderlo: lo primero que observé, es que este esquema de normalidad tenia además varios grupos de personas que eran los “anormales”, los que hacían reclamos solipsistas de atención, los que tenían necesidades compulsivas de idealizar al otro, los que tenían objetos omnipotentes idealizados (como la iglesia o el poder), los hipocondriacos con su self fragmentado y peor, los que se habían reconstruido  a sí mismos de forma grandiosa, como los paranoides y los que se sentían perseguidos e influenciados. 

 

Si lo miraba con lupa, el grupo excedía con creces a los normalitos, era un sin número de sujetos que padecían enfermedades mentales pero también los que tenían debilidades del carácter y distorsiones de su auto concepto,  lo que nos hacía bastante difícil evadirnos e ingresar al grupo de “normales”.

 

En general los profesionales de la salud mental hacemos un distingo, mediante una línea bastante radical que divide el mundo en normales-anormales, usando el argumento de la “ciencia” e identificando esta como los diagnósticos clínicos, que etiquetan ciertos comportamientos como “enfermedades mentales” y la desviación de una norma estricta puede incluir a muchas personas en la categoría de “enfermos”.  Según esta distinción, si no tienes una enfermedad mental, eres normal, pero depende de tu apego a una serie de medidas y a la influencia de alguien que actúa como juez y jurado: el psiquiatra.

 

El público es casi siempre mucho menos estricto y solo califica las anormalidades cuando la actuación del sujeto es suficientemente “extraña”. Pero al depender de variables culturales y temporales, esto genera más problemas aun, porque dichas convenciones cambian de grupo en grupo social y de tiempo en tiempo. Sin embargo,  al dirigir la conducta y excluir a los que considera desviados,  este actuar cumple una función reguladora y  sirve como dirección del quehacer cotidiano. Esta visión sociológica de la normalidad, identifica un elemento contextual que modula todo lo humano.

 

Otro problema que se me ocurre tiene que ver con el ámbito legal, porque allí es todavía más inespecífica la definición, llegando a conclusiones tan graves  como que normal es todo lo que está permitido, legalizado y aprobado, dejando a la ley en estado de guardia permanente ante nuevas violaciones al código, que no están adecuadamente reglamentadas.

 

Cuando me correspondió hacer indagaciones con la comunidad y los profesionales sobre qué es lo normal, (como investigador de un plan de salud mental), el argumento más utilizado por los profesionales era el llamado modelo ideal, prestado de las definiciones tradicionales de la OMS para salud: “normalidad es el estado de salud positivo y no solo la ausencia de enfermedad mental”.  Algunos adornaban su sustentación teórica con la idea de “funcionalidad”, indicando que normal era todo aquel que podía desempeñar adecuadamente su papel en la sociedad, con una visión utilitaria del concepto.

 

Cuando no hay mucho más que decir, algunos aportan elementos numéricos y estadísticos, pero esto enreda mas la cuestión, porque como veíamos al principio, desde lo psicoanalítico, las desviaciones de la normalidad son mucho más frecuentes que la supuesta “normalidad” e incluso una variable a tener en cuenta es que fácilmente se puede pasar de un estado de aceptable normalidad a indeseable anormalidad, sin solución de continuidad.  Baste para eso pensar en cómo reaccionamos ante una agresión, un accidente o cualquier suceso inesperado, bien si actuamos en calidad de víctima, victimario o como simple observador.

 

Con mi invariable aporte anecdótico, recuerdo la discusión que se armo en un caso clínico del departamento de psiquiatría, cuando relaté la historia de dos hermanas adolescentes que vivían en un barrio de invasión al cual llegó una pandilla de maleantes que impedían el paso por el lugar. Cada una de las jóvenes optó por su propio método para solucionar el problema de completar su educación: la mayor decidió terminar sus estudios sin salir de su casa escuchando un programa radial de educación a distancia y la menor no soportó permanecer encerrada y empezó a salir llevando entre sus útiles escolares, un puñal que esgrimía ante los que intentaran acercarse. En una oportunidad, la policía realizó una redada en el colegio y encontró esta arma, por lo cual la joven termino en la correccional de menores por algunos días y luego fue remitida a mi consulta.  La pregunta capciosa es ¿Cuál de las adolescentes es más “normal”?

 

Es muy complejo llegar a conclusiones en cuanto a normalidad, pero aun mas cuando la situación no es solo del sujeto sino de cómo interactúa con los demás: una señora de edad media fue alguna vez a consulta porque tenía dificultades para llegar al orgasmo con su pareja habitual a quien decía querer mucho. Al preguntarle si había usado algún método o ayuda sexual, pareció no comprender, entonces indague si había comprado algún juguete sexual o había visto algún video erótico, la señora sonrío y me dijo: “ah, claro, de esa forma si puedo, pero después me muero de la vergüenza”.  La conclusión lógica es que la señora no tenía un problema sino varios. De igual manera es interesante observar como los afectos positivos llegan a modificar conductas de una manera impredecible: como se despierta la llama artística, lúdica o histriónica de los enamorados, tengan o no talento poético.

 

En conclusión, la normalidad, del sujeto, de la pareja o de la sociedad es no solo una condición escasa sino cuestionable como un todo.  Es tan difícil de describir que es preferible llegar a conclusiones como la de la niña que en uno de los talleres del mencionado plan de salud mental me aportó: “salud mental es poder reír”

Publicado por Ivan | 1 comentario

Comentarios

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  • Olga Patricia dijo:

    Indudablemente el tema es muy complejo, creo que mezcla el agua y al aceite: lo individual y lo colectivo. En cuanto a lo primero, creo que 'lo normal' es una tremenda intimidad, con normas propias; en cuanto a lo colectivo es un sistema de usos y costumbres. Y si uno logra ubicarse en el medio, pues resulta eso...normalito!!
    Un abrazo.
    Patricia

    Mié 19 Oct 2011 01:42:07 COT

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