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REFLEXIONES PRENAVIDEÑAS

martes 13 de mayo de 2014, 08:00:46 AM

Miradas desde la otra orilla - Lecciones de vida de un niño, dedicadas a nosotros, los adultos.)

(Aproximación de lo que decía el zorro hablando con el Principito: “…domesticar es crear lazos… ¡domestícame!”)  

                             

Si cada uno de nosotros, los adultos, mantuviéramos siempre presente el recuerdo de los tiempos ya lejanos de la infancia  y lográramos  rememorar  con lujo de detalles, -sin que por ello debiéramos entrar  en una angustia inmanejable-,  las primeras experiencias escolares, las primeras frustraciones y triunfos ante las demandas académicas, los temores que nos asaltaban de niños, cuando nos sentíamos mirados y a punto de ser los escogidos para recitar la lección o para salir al tablero a responder las preguntas –que no siempre habíamos resuelto y memorizado a la perfección-, pero también recordáramos las sonrisas que despertaban en  nosotros las rondas, las primeras canciones aprendidas, las primeras letras escritas y las primeras palabras que leímos  a partir de las enseñanzas de esa joven profe inolvidable que, con firmeza, pero con gran cariño, nos motivaba a levantarnos cada mañana para ir en busca del saber;  que nos deleitaba y nos hacía soñar y volar con sus historias inventadas como una  moderna Sheerezada, que nos hacía cerrar los ojos para leernos –haciéndonos apoyar  los brazos y la cabeza sobre ese pupitre que en aquel entonces nos parecía tan grande-, los cuentos y fábulas con tal variedad de  ritmos y sonoridades que nos transportaban hasta el lugar y tiempo de la historia, de tal manera que nos sentíamos parte central de ella…y que a la larga fue la puerta de entrada en el amado mundo de  la lectura… como una manera de mantener hasta el infinito ese gran placer de soñar con universos posibles e imposibles….

…Si evocáramos más a menudo la dicha del  triunfo inconmesurable que significaba poder trepar hasta la rama más alta del árbol y mirar desde allí el horizonte,  soñando que éramos astronautas alcanzando la lejana luna, de pescar en charcos y pantanos,  los pequeños renacuajos, o pudiésemos de nuevo acunar  en un frasco con algodón y agua una semilla de fríjol, lo cual nos daba la posibilidad de conocer realmente y de primera mano,  la metamorfosis de la vida, sin darnos cuenta de que  desde la paciencia que se debía tener para verla germinar,  estábamos teniendo la mejor lección de vida: entender que valorar la infinita variedad  que nos ofrece  la naturaleza en cada una de sus manifestaciones,   implica la necesidad de abrir los  ojos más allá de ese pequeño  mundo que nos rodea y que hemos construido rodeados de seres protectores, pero tranquilos…  que la vida es eso… que hay que dar un compás de espera  para todo lo importante…  que podemos disfrutar de la diversidad sin sentirnos amenazados…

Maravillarnos al  ver nacer un pollito, al cocinarse un rico pan en un horno de leña a pesar de que evocara los infiernos que nos habían ofrecido tantas veces; ver florecer un rosal, alimentar un cerdo  acabado de nacer, bañar un perro o un gato,  recoger las fresas y desenterrar el maní en su fuente, ignorando que más adelante serían procesados en grandes fábricas hasta perder su escencia…..

Si al buscar incansablemente  en muchos barrancos, hasta encontrar la mejor  arcilla para fabricar pequeñas ollas y recipientes tomándonos todo el tiempo del mundo; al  elaborar pequeños  barcos con palitos de helados y mirarlos desde la inocencia infantil como una gran obra de ingeniería, al coser  vestidos a las muñecas con los retazos recolectados esculcando en todos los cajones y los baúles de las tías, de cumplir con la  tarea de  tejer grandes y pesadas  colchas con una que otra ayuda materna, sin aún  tener consciencia del  gran poder que tienen nuestras manos como creadoras de hermosos  proyectos, de recolectar sin prisas los materiales necesarios para construir colectivamente y sin egoísmos los carritos de rodachines en los que, acostados boca abajo y sin tener la más mínima noción de los  peligros que implicaba, descendíamos vertiginosamente por la calle más empinada del barrio, sin que nuestros padres siquiera sospecharan de nuestros alcances y menos de las fuertes  caídas;  de  juntar pacientemente durante varias semanas, las tapas de lata de las gaseosas que casi nunca tomábamos porque no hacían  parte de nuestra dieta diaria, para que, en vísperas de navidad al final pudiéramos aplanarlas a punta de machacarlas  pacientemente, con una que otra señal del golpe de martillo en nuestros pequeños dedos, logrando triunfalmente armar la pandereta con la que acompañaríamos los cánticos de las novenas que precedían ese único regalito  que encontraríamos debajo de la cama el día de nochebuena,  y a punta de guardar las monedas que nos daban para comprar “el algo” en el recreo, hasta haber ahorrado  lo suficiente para poder  comprar el papel de seda para armar las cometas con las varitas de guadua que habíamos  recolectado y cortado con precisión con  la gran navaja paterna sustraída del cajón donde siempre reposaba,   sin que por ello nadie  pensara  en  la posibilidad de grandes o pequeñas calamidades…

…Si enfrentáramos la cotidianidad de la  vida como cuando éramos tan pequeños y   cabalgábamos ese gran caballo negro con una estrella blanca en la frente regalado por nuestro padre, con una valentía absoluta y gran expectativa, sin que pasara por nuestra mente la idea de que nos fuéramos a caer y hacernos daño, porque primaba el goce de vernos dominando el ser más imponente de nuestro hasta entonces pequeño reino animal, porque no existía en nuestra mente el caballito de mar, ni la televisión en colores que nos mostrara la majestuosidad  y los colores de la gran ballena azul….

Seguramente no asumiríamos las actitudes prevenidas que en ocasiones nos impiden acercarnos de manera espontánea a las personas, no nos  cubriríamos con el ropaje de las apariencias para ocultar nuestros propios  sentimientos en función de mantener una  imagen de perfección, de omnipotencia…. seríamos más elementales  para dar y recibir afectos sin esperar nada a cambio…. Viviríamos las grandes y pequeñas frustraciones   como oportunidades de crecimientos y aprendizajes nuevos y no como golpes a nuestro flaco ego.. como cuando siendo niños, nos acostábamos en el prado a reconocer formas inventadas  en las nubes o a disfrutar de un atardecer con la alegría de entender intuitivamente que cada noche trae su día, así como “cada día trae su angustia” y que el reto de la vida está en disfrutar de lo que nos ofrece la cotidianidad,  dando lo mejor a los demás y esperando lo mejor del mundo que nos circunda, porque nos creemos merecedores de todo eso y más…

Tal vez nos ubicaríamos desde una  posición más sensible, comprensiva, tolerante frente a las expresiones ajenas y nos permitiríamos despojarnos de las ataduras de la  solemnidad  de la vida adulta, no precisaríamos  de la necesidad de reconocimiento a través de la búsqueda de poder, que en ocasiones nos lleva a querer imponer nuestro punto de vista como la alternativa válida,  a mantenernos indoblegables  en las relaciones con los otros, a mostrarnos altaneros, soberbios o castigadores…

Tal vez si entendiéramos que todos: los adultos, maestros, padres, psicólogos somos educadores voluntarios e involuntarios, porque  enseñamos  más con el ejemplo que con las palabras, que  podemos contribuir  a la construcción del otro y de nosotros mismos  cuando somos capaces de aceptarnos como seres no omnipotentes que todo lo sabemos, cuando nos detenemos a evocar ese espíritu inquieto, escudriñador, curioso que teníamos cuando éramos unos niños, y salíamos a recibir con gozo y sin prevención, los aguaceros y enseguida la lluvia  de correazos inmerecidos;   si lográramos entender que en muchas ocasiones los pequeños son los mejores maestros que la vida nos pudo haber puesto al frente; cuando podamos  concebirlos como posibilidades, pero también como seres del presente, más allá de la mirada   retardataria que ubicaba al niño, al escolar, al adolescente, como un sujeto sin voluntad, incapaz de regirse desde su propia autonomía, en fin, sin deseo y que debe ser completado y pulido desde afuera a partir de lo que el otro, la figura de autoridad más inmediata le pontifique… 

Si logramos mirarnos y convocar al otro a levantar su mirada,  a buscar dentro de sí mismo los ingredientes que conforman  la receta  para el buen vivir…. A entender y a hacer entender a otros que en ocasiones  podemos transmitir  más aprendizaje cuando las preguntas son respondidas desde la generación de otras preguntas que nos lleven a encontrar las  respuestas propias, construyendo y reconstruyendo una y otra vez… como cuando nuestra manos infantiles elaboraban y desbarataban sin afanes  las figuritas en plastilina, buscando siempre otros significados y aceptando con apertura la interpretación que los otros hacen de esos significados… porque en últimas, cada cual puede interpretar la misma realidad dependiendo de las gafas que se ponga, sin que  ello  implique  relevar al sujeto de la importancia de  asumir sus propias situaciones, enfrentar sus propios fantasmas, empoderarse de su propia vida y disfrutarla en sus justas dimensiones y más allá, entendiendo que todos los seres humanos no somos seres del determinismos sino de las posibilidades¡¡

Publicado por magnolia | No hay comentarios

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