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RUTINA TIBURONES Y CHICLETS

martes 24 de enero de 2012, 09:11:29 AM

 

 

Una amiga me compartió un texto de autoayuda muy interesante en el que se insta a los lectores a introducir un tiburón en su pecera.  El asunto parte de la forma en que se consume uno de los platos más conocidos de la cocina japonesa, el sushi, en el cual se usan peces y mariscos crudos.  Se exige que los peces sean  capturados o al menos preparados el mismo día en que se consumen  y esto constituye un problema para la flota pesquera que tiene que desplazarse a sitios lejanos para capturar los más adecuados y con la intención de llevarlos vivos a los restaurantes  los meten en un contenedor lleno de agua marina.

 

Según parece, los peces transportados de esta manera fallecen en grandes cantidades debido a diversos factores. Como es de esperar mueren por la falta de oxigeno y espacio pero en el relato aportan un elemento sorprendente: también lo hacen debido al aburrimiento producto de estar encarcelados en ese gigantesco acuario.

 

Con esto en mente,  algún genio oriental tuvo la brillante idea de meter en el depósito uno o varios tiburones pequeños, que sembraban el desorden entre los peces asustados y que se pasaban las semanas que tardaba el barco en llegar a su destino persiguiendo a los demás con intención de comerlos sin pagar mientras los pobres atunes y arenques trataban de sobrevivir como en un juego infantil.

 

El resultado no podía ser más alentador para los pescadores que por el precio de unas pocas sardinas lentas y despistadas lograban llevar a puerto la gran mayoría de su carga en condiciones atléticas inigualables que constituían una delicia para el paladar de los comensales.  El corolario eran las palabras del profeta de la cienciologia, el señor Ron Hubbart: “Las personas prosperan más cuando hay desafíos naturales en su medio ambiente"  y proponía que en cuanto el lector consiga sus metas, no debe quedarse quieto esperando que lo conviertan en sushi sino que debe encontrar otras cosas osadas para evitar aburrirse como los peces del acuario.

 

Siempre que empiezo a leer estas cosas termino recordando algún suceso y no logro descifrar con facilidad la relación. Esta vez  me acorde que cuando llegué a la fundación de niños con problemas mentales en la que trabajo, me esperaba un sin número de problemas: niños con epilepsias intratables, adolescentes psicóticos con graves problemas de comportamiento y toda clase de  adicciones, obsesiones y desordenes.

 

Entre todos, el caso estrella era Monica, residente  de doce años de edad con retraso mental severo que había logrado convertir la casa en la que vivían  más de ciento veinte niños y treinta empleados y profesionales en una pequeña prisión.  Con su cuerpo descomunal y su sonrisa plateada por un espigo muñón en uno de sus incisivos delanteros, asustaba con su sola presencia. La odontóloga que se había atrevido a poner ese aditamento con la intención de mejorar su apariencia con una corona de reemplazo tuvo un  pequeño incidente en el que perdió uno de sus dedos y debió retirarse dejando el trabajo a medias.

 

En las mañanas los jóvenes asistían a sus clases en cada uno de los salones y talleres con la motivación adicional de Monica, que caminaba lentamente y a pie desnudo por los alrededores de la gran casa finca en la que convivían todos ellos, sin ingresar nunca a los cuartos ni detenerse en su peregrinar.

 

Cada cierto tiempo un grito precedía la entrada a la estación de enfermería de uno de los jóvenes o de los auxiliares recién llegados que había pasado desprevenido al lado de Monica, que terminó  por especializar su agresión mordiendo orejas y cuero cabelludo. 

 

Los llamados semanales por los ataques indiscriminados fueron volviéndose rutina. Yo escuchaba a las enfermeras y procedía de la forma habitual, ordenando una sedación de la paciente, para lo cual se requería que varios auxiliares aferraran a la joven mientras la enfermera intentaba aplicar una inyección cuidando de no ser mordida. 

 

Una vez por semana iba a recibir las quejas de los agredidos y después de mirar por algunos minutos a Monica a través de una reja, hacía lo que dictan los libros: aumentaba la dosis de medicamentos, que para sorpresa mía la niña aceptaba sin chistar. Incluso se acercaba a la  hora correspondiente a la estación de enfermería, adelantaba su mano y recibía de la asustada enfermera la dosis diaria de medicamentos que con el paso de las semanas fueron convirtiéndose en  docenas de pastillas, que masticaba con furia mostrando su diente de metal mientras observaba a la enfermera a los ojos.

 

Al cabo de un par de años, veinte o treinta personas llevaban en su cuerpo las señas de la agresión. Dos o  tres profesionales y muchos auxiliares debieron retirarse por temor o por las secuelas psicológicas producto de  la amputación.  Los niños, abandonados por sus familias en esta institucion de bienestar no tenían donde ir y debían aprender a evitar los ataques para sobrevivir.

 

En el comienzo del siglo XXI el numero de medicamentos psiquiátricos se multiplicó y nuestra paciente los probó todos, solos o combinados, en dosis adecuada y a veces  en sobre dosis, sin lograr que cambiara su conducta. Solo los efectos adversos indicaban que la paciente estaba tomando las medicinas: temblaba, babeaba, caminaba con dificultad, pero proseguía su ansiosa búsqueda de víctimas por los jardines y los alrededores de la finca.

 

Cuando Monica agredió con furia a la fonoaudióloga, me di por vencido y llamé al departamento de neurocirugía del hospital universitario.  Presenté el caso y puse en consideración practicarle una lobotomía, procedimiento quirúrgico que se realizaba a los casos psiquiátricos intratables hasta mediados del siglo pasado y que junto con los electrochoques se convirtió en  una de las razones más poderosas de rechazo a los psiquiatras por parte del público en general y de las otras especialidades medicas.

 

Los cirujanos se rieron, pensaron que estaba loco, dijeron que el procedimiento era historia antigua, estaba revaluado y cerraron la puerta.  Alguno me dijo con algo de pena que le hiciera unas radiografías y  exámenes de laboratorio a la paciente, lo cual me pareció apropiado.

 

El problema era trasladar a Monica, para entonces de catorce años  y más de ochenta kilos de peso, a una clínica en la ciudad más cercana, lo que implicaba toda una estrategia militar. Primero ideamos una camisa lo suficientemente fuerte como para contenerla y la adaptamos unos lazos de tela gruesa que permitían inmovilizarla lo suficiente y luego le pusimos una máscara de la misma tela, que le cubría la nariz y la boca. Me sentía como uno de los policías que cuidaban a Hanibal Lecter mientras la ayudaba a caminar con este extraño y cruel aditamento.

 

En la primera estación ya Monica había mascado y engullido la mascarilla  y en la radiografía el técnico se negó a meterla al escanógrafo porque se movía como un gusano recién entrado a su crisálida a pesar de las dosis de sedación que ordené ponerle. A las dos de la tarde  llegamos otra vez a la fundación y ya para entonces se había retirado todos los trapos que la envolvían.   En cuanto se bajó de la ambulancia me miró y me dijo: “Tío Iván, estuvo bueno el paseo  ¿Cuando volvemos a Cali?”.

 

Una semana después tomé mi decisión. Salí del consultorio y empecé a dar la vuelta por los jardines hasta que encontré a Monica junto a la fuente. Me acerqué con cuidado y la salude. Me observó con sorpresa y una sonrisa traviesa afloraba en sus labios. Me senté a su lado sin mirarla,  con el corazón palpitando y permanecimos en silencio por varios  minutos. 

 

La medicina que le estaba suministrando no le permitía estar mucho tiempo en un solo sitio y empecé a observar que se movía de un lado a otro, entonces le dije: “¿Como hago para que dejes de morder a las personas?”.  Me dijo: “Me gusta morder”. Yo le dije: “Tal vez podrías morder alguna otra cosa”.  “Tal vez”. “¿Que te gustaría?”. “Me gustan los chiclets”. “¿Crees que podríamos hacer la prueba?”. “Creo que si”.

 

Una semana después suspendí la mayoría de las medicinas psiquiátricas de Monica y le entregue la primera dosis de goma de mascar.  Había llevado varios paquetes, pero cuando le pregunte cuantos chiclets quería me dejó frio: “Uno”.  

 

Publicado por Ivan | No hay comentarios

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