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DAÑOS PSICOLÓGICOS

martes 03 de julio de 2012, 03:07:11 PM

 

 

Hace algunas semanas leí una crónica sobre un municipio de Nariño en el que un funcionario se le ocurrió una brillante idea para lograr un beneficio económico comunitario. Partió de la lógica apreciación de su involucro en el conflicto armado que vivimos: Si una de cada tres personas en el municipio había tenido una pérdida de un familiar o sufrido alguna muestra de violencia cotidiana,  interpretó nuestro sujeto como argumentos suficientes para hacerlos acreedores de una reivindicación por el “daño psicológico” que el estado había aceptado en la normatividad de la llamada indemnización a víctimas del conflicto.

 

Bastó  con empezar a diligenciar formularios para que el héroe de la crónica se diera cuenta de las posibilidades y su cabeza empezó a elucubrar acerca de las posibilidades de este requerimiento. No implicaba que se le hubiera  agredido físicamente, bastaba con que las personas se sintieran agredidas o violentadas por las palabras o los hechos, que podían o no involucrarlos. El asunto permitía tal ambigüedad que al cabo de algunas semanas, enterados que miles de habitantes habían presentado sus reclamos, empezaron a regresar al municipio personas que habían pasado por allí en algún momento de sus vidas, visitantes ocasionales y turistas, si es que puede haberlos, presentando sus querellas por supuestas violaciones a sus derechos fundamentales, dignidad y daño psicológico. El único requisito era entregar la módica suma de doscientos mil pesitos al brillante empresario en que se había convertido nuestro servidor, pero la mayoría de las personas lo hicieron con gusto porque después de algún tiempo iban a recibir unos seis millones de pesos en que el gobierno había tasado la reivindicación.

 

La situación llegó a su culmen cuando el gobierno nacional procedió al pago de las primeras  indemnizaciones, lo cual bastó para que el pueblo entero se volcara hacia el promotor de la iniciativa a entregarle el peaje que daba pabilo a un pago por las cosas que le habían sucedido. Cuando las cosas se realizan de forma asaz rutinaria, el proceso se hace cada vez más rápido y a los últimos en llegar solo les bastaba dar su nombre y alguna certificación de que habían pasado por el lugar, pues el interrogatorio sobre sus motivaciones ya se había estandarizado y se creó un modelo bastante simplificado.

 

Esta historia real, me lleva  a pensar sobre la gran dificultad para definir las cosas en psiquiatría y psicología, precisando criterios funcionalistas o semiológicos tan laxos que permiten que un malestar psicológico producto de las situaciones vitales por las que se debe atravesar, sean importantes o no, puede derivar en un diagnostico que nos convierte en sujetos de una enfermedad.

 

Aunque en el caso que nos ocupa, la situación de violencia diaria era y es de tal magnitud que las personas pueden sentirse afectadas y con temor por lo que les pueda suceder, es fácil asumir que la gran mayoría había logrado un nivel de adaptación tal que su cotidianeidad no se alteraba, realizando sus acciones de vida asumiendo un cierto grado de prevención pero sin impedirles incluso las diversiones propias de su edad, condición y cultura. Igual se tomaba licor, se bailaba y se cantaba en los festivales, se iba a las galleras y a los prostíbulos sin que las restricciones impuestas por agentes externos que los rodeaban les  hicieran mella. En este sentido es difícil pensar en alguien como un enfermo o afectado psicológicamente por la violencia.

 

El tema es bastante complejo y muchos pensarán que al tener que supeditar sus actos a lo que otros con sus amenazas les permitan es ya un problema psicológico, pero si hilamos delgado podríamos llevar este tipo de restricciones a los argumentos legales que las autoridades presentan para sus prohibiciones comunes y estas limitaciones no derivan en una sensación de daño, muy diferente de los pocos que por el grave carácter del acto que presenciaron o vivieron, aunado a sus rasgos caracterológicos y pobre apoyo recibido, terminan recibiendo medicaciones psiquiátricas o internados en un hospital mental bajo el diagnostico de trastorno de estrés post traumático o de psicosis reactiva, que no a todos acontece. Menos mal.

 

Como el tema da mucha tela para cortar lo dejo para sus comentarios, pero me parece que existe otro elemento importante en esta trama: la sensación de minusvalía y desprotección que sienten las personas en relación con el Estado se incrementa en la medida en que este toma cartas en el asunto con respuestas de tipo asistencialista. 

 

Es la razón por la cual he visto miles de personas sentadas durante días en los alrededores del estadio o del coliseo mientras hacen cola para recibir un subsidio social de menos de cien dólares. La razón por la cual muchos pacientes llegan a la oficina a que se les diligencie un formato en el que se anote un diagnostico psiquiátrico para que les entreguen su carné de salud.  La razón por la cual muchas personas construyen viviendas de lata y madera al lado de las vías principales, coronadas por una banderita, para que las autoridades les “compren” sus covachas de invasión para que no “afeen” el paisaje cuando nos visita alguna delegación de otro país o debe hacer una rutilante construcción.

 

El motivo por el cual las familias esconden sus escasos bienes cuando reciben la visita de un supervisor de carnetización que pueda al verlos, considerarlos entre la cada vez mas exigua clase media y como tal le retire los beneficios de salud para pobres llamada Sisben. Si por tener un televisor o un equipo de sonido me quedo sin mi carné de salud, prefiero prescindir de ellos o esconderlos en casa de mi vecina.

 

En mi concepto, el mayor daño psicológico no lo hacen los actores armados con sus agresiones ocasionales en municipios distantes, sino el Estado con sus políticas que intentan solucionar problemas sociales otorgando beneficios que no puede entregar a todos y que solo llevan a que los desfavorecidos se sientan agredidos y violentados pues se consideran igualmente beneficiarios, como cuando en la fila de los regalos es infinitamente más larga que la de los dulces que están repartiendo en la piñata, porque mi malestar no está con los que no vinieron a la fiesta sino con mis vecinos que están chupando bombón mientras yo me muero de la envidia.

 

A todas estas, cuando el gobernante se enteró de lo que estaba sucediendo en el pueblito, canceló todos los subsidios y una asonada reclamando sus derechos por el daño psicológico recibido obligó a salir a las autoridades hacia la capital.  ¿De que daño psicológico estarían hablando? 

Publicado por Ivan | No hay comentarios

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