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FOROS PAROS DESCACHADAS

lunes 12 de noviembre de 2012, 10:41:37 PM

 

FOROS PAROS DESCACHADAS

 

Hace veinte años tuve mi primera experiencia como sindicalista, con consecuencias inesperadas que perduran hasta hoy.  Había empezado a trabajar como médico general de consulta externa en un centro de atención básica del Seguro Social de Armenia y durante un año atendí, a razón de siete minutos por persona, a  cuarenta y dos pacientes diarios de lunes a viernes y veintiuno la mañana del sábado.

 

En ese entonces, el trato discriminatorio entre los muchos médicos contratistas externos y los pocos que estaban en la planta de personal era notorio, pero como ocurre siempre, alguna medida  que nos tocaba a todos logró unirnos en un movimiento que cobró fuerza rápidamente y terminó con un paro nacional de médicos.

 

La disposición fue un reporte de productividad que informó que en general la entidad tenía unos pobrísimos resultados y concluía que debíamos aumentar el número de consultas a cuarenta y cuatro por día.  Como la carta directiva no especificaba a quien correspondía hacer ese número de consultas, el grupo médico por primera vez en mucho tiempo se sintió afectado por igual y empezamos a reunirnos en las noches, con voces altisonantes que incitaban al combate.

 

Una semana después, ya habíamos decidido empezar una asamblea por “nuestros derechos” y todos levantábamos la voz pensando que había llegado el momento en que por fin los médicos nos haríamos sentir y finalmente las demandas de mejores salarios y prebendas, horarios más justos y mejor atención serian posibles.

 

La noche anterior al dia D, la reunión en pleno del gremio médico fue la más grande que recuerde y como siempre en estas circunstancias duró hasta la medianoche.  A eso de las dos de la mañana solo quedábamos en el salón  unas diez personas cuando el directivo sindical que nos estaba asesorando dijo las palabras mágicas: Ha llegado el momento de escoger las directivas del comité de paro.   

 

Todos nos miramos con sorpresa hasta que un rayo de inteligencia pasó por la frente de los médicos mayores que señalaron a uno de los médicos jóvenes contratistas y lo nombraron “presidente del comité de paro del seguro social”. Yo que había permanecido callado pero dispuesto, fui nombrado “vicepresidente” del mismo comité. Ya todo estaba consumado.

 

Al dia siguiente, teníamos que detenernos en frente de la puerta del centro de salud y gritar arengas a los pobres  incautos que se habían presentado a pedir sus medicinas. No fue una tarea agradable pero después de un rato el presidente y el vicepresidente nos habíamos empoderado de tal forma que ya parecíamos encadenados a la entrada.  Los demás médicos esperaban en la cafetería del frente, con sus batas blancas y una taza de café en la mano. Solo dejábamos entrar los pacientes de urgencias y alguien los atendía por turno.

 

Veinte días de esta rutina, con los pacientes cada vez más escasos y enojados por la falta de atención eran suficientes para nosotros pero no parecían afectar para nada a las autoridades del sector salud. Nada que envidiar a los paros judiciales o de los maestros.

 

El momento cumbre, que recuerdo con toda emoción fue el dia del trabajo del año noventa y cinco, que atravesó como un bombazo nuestro movimiento. Los médicos por primera vez participamos de la marcha conmemorativa. La marcha de batas blancas encabezó la procesión y gritaban al unísono las arengas que habíamos oído antes por televisión. Todos parecían estarse divirtiendo hasta que el presidente y el vicepresidente giramos a la izquierda de la calle real y empezamos a bajar por callejuelas cada vez más estrechas hasta que desembocamos entre el tumulto en la galería del pueblo, en cuya plazoleta compartimos por unos pocos minutos con los sindicalistas del magisterio, de las empresas publicas y los estudiantes  antes de que los médicos mayores fueran victimas del ridículo de gritar en ese lugar por mejores salarios entre las pilas de basura que quedan en la tarde, antes que los recicladores comiencen su labor, y empezaran a  desertar.

 

Dos días después, el oso monumental de los médicos en la  marcha del trabajo logró lo que no había podido hacer la suspensión  de las consultas generales. Las directivas solicitaron una reunión y en cuestión de horas lograron acabar con el paro. La solución fue bastante interesante, mirada a la distancia: los médicos de planta continuaban con sus consultas programadas, el presidente del comité fue nombrado gerente del Centro de salud y los médicos contratistas regresamos a la consulta atendiendo cuarenta y cuatro pacientes pero no íbamos a recibir ningún escarmiento por los días en que no laboramos. 

 

Dos meses después,  abrumado por no sé qué desazón, solicité un permiso y me presenté  a la primera facultad de postgrado que me abrió las puertas. Para mi sorpresa, fui aceptado inmediatamente y dije adiós a mi trabajo y a mi vida como sindicalista para volver a la universidad a hacerme psiquiatra en contra de todos los pronósticos.

 

Esta experiencia había formado parte de mi vida con un dejo de orgullo y de vergüenza hasta este mes, cuando como siempre la persona más inesperada me abrió los ojos. Había sido llamado a dirigir un proyecto de comunidad en el hospital en el que trabajo y para realizarlo tenia que elegir un grupo de profesionales, mucho menor que los que convoco habitualmente.

 

Después de llamar a mi amigo Milton, empezamos a pensar las personas con las que queríamos trabajar.  Teníamos un listado de los mejores profesionales que nos habían acompañado los años anteriores y empezamos a llamarlos, pero de pronto el asunto se salió de madre y cientos de personas empezaron a llamar para que los tuviéramos presentes, incluso algunos convocaron a un foro  ciudadano en el que se esforzaban por convencer a las autoridades para recomponer el programa. 

 

Pensé que la señora  que lideraba el foro debía ser enrolada debido a su interés y compromiso pero que los demás no tenían cabida porque el grupo ya estaba designado pero no esperaba que las redes sociales empezaran a compartir opiniones cada vez más agresivas sobre el asunto.

 

El pedazo de costilla que me estaba comiendo casi se me atraganta cuando escuche a Milton, que nunca había escuchado mi anécdota, decir  como la voz de la conciencia: "Oiga doc, involucrar al presidente del comité es el mejor método para desbaratar un movimiento.

 

El fin de semana fue tormentoso, no pude dormir bien, me imaginaba en mi traje maquiavélico y no podía soportarlo. Debía renunciar por mi salud mental.  Había llegado a ser como ellos, los malandrines que habían acabado con las ilusiones de un grupo de médicos en los lejanos noventas. Pero después de tres días de pensarlo sin mirar las redes sociales, acariciando a mis hijas y mi perro, decidí darle la oportunidad al vicepresidente y a todos los demás para que muestren su capacidad en otro lugar, contratar a la presidente del comité del foro y ponerme a trabajar.   

Publicado por Ivan | No hay comentarios

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