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SOBRE EL DORMIR, LOS CERDOS Y LAS FASES DE LA LUNA

sábado 24 de agosto de 2013, 02:09:24 PM

Sobre el dormir, los cerdos y las fases de la luna

 

Una señora fue a consulta la semana pasada.  Bien vestida, profesional de edad media y  sin problemas económicos aparentes.  Me contó que hacía dos o tres semanas tenía problemas para dormir y que angustiada por la posibilidad de una noche en vela, decidió acudir a urgencias de su entidad de salud y fue atendida por un joven muy atento que después de tomarle la presión y subirle  el parpado para verificar que no estuviera anémica, le prescribió una tableta de Prozac antes de dormir y desde ese momento la señora empezó su suplicio porque el sueño que le produjo el fármaco fue tan intenso que duró dos días durmiendo y cada vez que lo tomaba dormía otros dos días. 

Ahora venía a consulta para que por favor le formulara algo que le quitara el sueño.  Yo abría la boca sin saber que decir, porque me asombraba que un médico general no supiera que la fluoxetina quita el sueño y mas la abría cuando la señora me relataba su crisis soporífera por el medicamento sedante que ella creía le habían dado.

Después de rascarme mucho la cabeza, llegue al convencimiento que todo aquello que me enseñaron en la universidad y que tanto me afane por aprender no sirve de nada. Salí del paso diciéndole que esa medicina tan costosa que había comprado era muy buena pero que le recomendaba tomar media pastilla para evitar esos efectos inesperados.  Menos mal la señora no recordó que la sustancia venia en capsulas y era imposible de partir o de pronto había comprado una copia más barata que venía en forma de tabletas. Vaya uno a saber…

En todo caso, estábamos en una comedia de situaciones en la que cada uno estaba más equivocado que el anterior y finalmente todo se resolvía por el azar o por la intervención de alguna deidad bondadosa encargada de solucionar pequeños problemas cotidianos.

Cada cual puede llegar a sus propias conclusiones, pero una que se me ocurrió es que los médicos somos una creación de la modernidad y que tantos años en que las personas sobrevivieron a punta de sangrías y emplastos no han cambiado más que por el blanco de la bata del médico y el costo del medicamento.

En ese momento recordé  la razón  por la cual yo sabía en que días se debía sembrar y en cuales se debía cosechar el tomate o la cebolla; cuantas tetas tenía una marrana Landrace y cuantas una Duroc; para que servían las ruanitas que le ponían encima a los colinos de café y que quería decir un meandro.

Mi abuelo había empezado a dormir poco después de cumplir los cincuenta y cada vez menos hasta su muerte.  Jugaba parqués o naipes españoles con la abuela, los tíos y tías hasta las once y luego releía el periódico una o dos horas más y a eso de la una de la mañana se recostaba en la cama con mi abuela. Dormitaba o fingía dormir hasta las tres de la mañana y  justo a esa hora, cuando todo era quietud en la casa familiar, encendía su radio transistor a volumen de sordera incipiente y compartía con los de sueño ligero el programa de mañanitas campesinas que entre canciones de cafetal y preguntas de los oyentes, iba llevándolo y llevándonos toda la madrugada. A veces se levantaba y hacia tinto para todos y luego lo observaba asomarse a los cuartos buscando algún voluntario para compartir un pocillo humeante de café de amanecida. 

Nunca le pregunté al abuelo si esas horas de sueño le hacían falta,  pero siempre lo encontré tranquilo y feliz leyendo el periódico en su mecedora cuando yo me despertaba al medio día después de esas noches de vigilia y aprendizaje obligado de labores del campo que nunca ejercí.

Cuando lo analizo con algún detenimiento me doy cuenta que el abuelo nunca consideró su insomnio como un síntoma o una enfermedad, se daba cuenta sin preocuparse demasiado, que con los años su sueño iba disminuyendo y lo había asumido con tranquilidad. Como todos en casa respetábamos sus pasos de aparecido por los corredores y recibíamos con agrado de  ojos enrojecidos la taza de café que nos ofrecía, nadie se ofreció a llevarlo al médico a convertir su insomnio en un problema.

Tal vez le hubieran formulado lo mismo que a mi paciente y yo no sería hoy medico sino porcicultor.

 

IVAN OSORIO

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