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EL VIEJO BARRENDERO

miércoles 30 de octubre de 2013, 11:55:03 PM

ELEL VIEJO BARRENDERO

 

 

EL VIEJO BARRENDERO

Andrés Cabal G.

 De camino al trabajo, siempre me encuentro con un viejo barrendero.  Su piel es trigueña y tostada por el sol. Nunca, ni en las noches, le he visto usar camisa.  Es bajo, pero sólido y con sobresalientes músculos superiores, su cabello es cano, y aunque es tuerto, tiene la mirada sosegada de un escéptico. En sus lentos pasos ostenta la independencia y sabiduría de un perro callejero y sus únicas compañeras son sus escobas, que construye con ramas de los matorrales.  Siempre viste unos pantalones color tierra, con bolsillos muy grandes, los cuales llena de plásticos y bolsas.  Es inteligente, vive en la esquina del supermercado de ricos que hay en el barrio frente al Minuto de Dios (una institución cristiana que da limosna a los pobres) y, por eso de la misericordia, su modus vivendi parece siempre asegurado.  Ninguna autoridad –que yo sepa- lo molesta, pues mantiene tan limpias esas dos cuadras, que no sería una buena idea llevárselo para un asilo. 

Aunque le admiro, nunca le he hablado.  La otra noche mientras llovía lo encontré debajo de sus plásticos, estiré mi mano con un billete de 1.000  y del plástico salió otra mano silenciosa que los recibió. Ni una sola palabra de agradecimiento, tal vez el viejo me entendió que le pagaba por su lección diaria de vida natural, como de antiguo cínico. Después le vi en la caja del supermercado cancelando una gaseosa, lo atendieron con cierto asco, pero el viejo no se sintió aludido, igual iba a pagar y el dinero, venga de donde venga, siempre es sucio. 

 El viejo suele barrer las calles a cualquier hora, excepto cuando llueve, en esos días –que son pocos– descansa.  Le he observado en su trabajo, que como todo verdadero experto ejecuta con alta eficiencia.  No sé con exactitud cuántos barridos cortos hará por minuto, pero si son más de sesenta.  El procedimiento no es sencillo, ya que tiene que realizar pausas periódicas ante el paso de los veloces automóviles que con sus pequeños torbellinos suelen retrasar de a poco su trabajo, pero ante esta carencia de civismo, éste maestro de la escoba nunca se queja.   La otra tarde, por ejemplo, advertí sus despobladas encías cuando sonrío frente al paso de un altanero autobús que perturbó todo su cúmulo de hojitas y polvo.  Era sábado, no tenía que trabajar, pero volvió a empezar con el mismo ahínco y la inmutable benevolencia de su rostro. 

Sólo una circunstancia parece afectar su buena disposición, y es ver en las mañanas que su pequeño andén está invadido por dos o tres indigentes holgazanes que se han tomado la libertad de pasar la noche en sus aposentos.  En esas ocasiones sí es normal ver a nuestro profiláctico maestro gruñendo y de mal humor, pero se tranquiliza cuando estos vagabundos deciden proseguir su camino. 

Por lo demás, varias veces he visto a algunos eclesiásticos y señores ricos intentando convencerlo para que cambie la calle y la escoba por un techo seguro y un estómago satisfecho.  No soy el omniscio narrador para conocer su respuesta, pero veo que él siempre sigue ahí,  barriendo o repantigándose sobre sus cartones, con su cabeza apoyada en el mismo árbol y sonriendo con sus manos en la nunca, viendo pasar el mundo con los pequeños afanes de los transeúntes, la vanidad de las señoras encopetadas, la insulsa soberbia de los ejecutivos, la estereotipada belleza de las mujeres jóvenes y la vana esperanza cristiana de los más pobres.  VIEJO BARRENDERO
 
 De  camino  al  trabajo,  siempre  me  encuentro  con  un  viejo  barrendero.   Su  piel  es  trigueña  y  tostada 
 
por el sol. Nunca, ni en las noches, le he visto usar camisa.  Es bajo, pero sólido y con sobresalientes 
 
músculos superiores, su cabello es cano, y aunque es tuerto, tiene la mirada sosegada de un escéptico. 
 
En sus lentos pasos ostenta la independencia y sabiduría de un perro callejero y sus únicas compañeras 
 
son sus escobas, que construye con ramas de los matorrales.  Siempre viste unos pantalones color tierra, 
 
con  bolsillos  muy  grandes,  los  cuales  llena  de  plásticos  y  bolsas.   Es  inteligente,  vive  en  la  esquina 
 
del supermercado de  ricos que hay en el barrio  frente al Minuto de Dios  (una institución cristiana que 
 
da  limosna  a  los  pobres)  y,  por  eso  de  la  misericordia,  su  modus vivendi  parece  siempre  asegurado.  
 
Ninguna autoridad –que yo sepa- lo molesta, pues mantiene tan limpias esas dos cuadras, que no sería 
 
una buena idea llevárselo para un asilo.  
 
Aunque  le  admiro,  nunca  le  he  hablado.   La  otra  noche  mientras  llovía  lo  encontré  debajo  de  sus 
 
plásticos,  estiré  mi  mano  con  un  billete  de  1.000   y  del  plástico  salió  otra  mano  silenciosa  que  los 
 
recibió. Ni una sola palabra de agradecimiento, tal vez el viejo me entendió que le pagaba por su lección 
 
diaria  de  vida  natural, como  de antiguo cínico. Después le  vi en la caja  del  supermercado cancelando 
 
una  gaseosa,  lo  atendieron  con  cierto  asco,  pero  el  viejo  no  se  sintió  aludido,  igual  iba  a  pagar  y  el 
 
dinero, venga de donde venga, siempre es sucio.  
 
 El  viejo  suele  barrer  las  calles  a  cualquier  hora,  excepto  cuando  llueve,  en  esos  días  –que  son 
 
pocos–  descansa.   Le  he  observado  en  su  trabajo,  que  como  todo  verdadero  experto  ejecuta  con  alta 
 
eficiencia.  No  sé con exactitud cuántos  barridos cortos  hará  por minuto,  pero  si  son más  de  sesenta.  
 
El procedimiento no es sencillo, ya que tiene que realizar pausas periódicas ante el paso de los veloces 
 
automóviles  que  con  sus  pequeños  torbellinos  suelen  retrasar  de  a  poco  su  trabajo,  pero  ante  esta 
 
carencia de civismo, éste maestro de la escoba nunca se queja.   La otra tarde, por ejemplo, advertí sus 
 
despobladas  encías  cuando  sonrío  frente  al  paso  de  un  altanero  autobús  que  perturbó todo  su  cúmulo 
 
de hojitas y polvo.  Era sábado, no tenía que trabajar, pero volvió a empezar con el mismo ahínco y la 
 
inmutable benevolencia de su rostro.  
 
Sólo  una  circunstancia  parece  afectar  su  buena  disposición,  y  es  ver  en las  mañanas  que  su  pequeño 
 
andén está invadido por dos o tres indigentes holgazanes que se han tomado la libertad de pasar la noche 
 
en sus aposentos.  En esas ocasiones sí es normal ver a nuestro profiláctico maestro gruñendo y de mal 
 
humor, pero se tranquiliza cuando estos vagabundos deciden proseguir su camino.  
 
Por lo demás, varias veces he visto a algunos eclesiásticos y señores ricos intentando convencerlo para 
 
que  cambie  la  calle  y  la  escoba  por  un  techo  seguro  y  un  estómago  satisfecho.   No  soy  el  omniscio 
 
narrador para conocer su respuesta, pero veo que él siempre sigue ahí,  barriendo o repantigándose sobre 
 
sus cartones, con su cabeza apoyada en el mismo árbol y sonriendo con sus manos en la nunca, viendo 
 
pasar  el mundo  con los  pequeños  afanes  de los transeúntes, la  vanidad  de las  señoras  encopetadas, la 
 
insulsa  soberbia  de los ejecutivos, la estereotipada  belleza  de las mujeres jóvenes  y la  vana esperanza 
 
cristiana de los más pobres.

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