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TRABAJAR

martes 13 de mayo de 2014, 07:50:14 AM

 Los lunes vibran con la palabra que titula este texto.

Saltan a la calle los ojos cuasi-cerrados por el sol o por el frío.

 La labor, supone un cierre de mes con papel moneda entre el bolsillo, el bolso, la billetera. En fin.

 A veces, la mayoría de las veces, crujen los dientes de gastos mayores a ingresos, el milagro se evidencia, cuando alguien con muy pocos pesos, logra sobrevivir y tomarse alguna cerveza o propone un paseo a comer helado cerca de su casa en arriendo.

 El trabajo, herencia infinita, que supone una responsabilidad, una inversión de esfuerzo, esfuerzo que entre más alto sea en lo físico, podría ser pobremente remunerado y que mientras más fuerte sea en lo mental, podría ser pagado por alguien que piense menos y gane más.

 El trabajo, salud para quien lo vive y lo disfruta y no sólo espera una paga.

 El trabajo: Debería uno trabajar pariendo ideas, resolviendo preguntas que el afán no permite pensar, haciendo poemas, escribiendo al revés para romper las cadenas de la rutina: Mato tees totex rapa it, lomete ne ut davi, ne nu zotro ed ut davi, enbi doguarda rapa tiossi ed ut zatriste.

 Debería uno ser quien le permita al espejo desahogarse y mirarse, debería uno…

 Cuando se usa el término debería, suena a deber y nos vemos envueltos otra vez por el trabajo. Es algo ineludible, como lo dice la canción en voz de Raphael: “ Arrastrar la dura cadena, trabajar sin tregua y sin fin, es lo mismo que una condena que ninguno puede eludir /…El trabajo nace con la persona, va grabado sobre su piel, y siempre le acompaña como el amigo más fiel…”  Allí surge la mezcla que ocasiona el hecho de trabajar: Un placer y una obligación, con todo lo que implica y pesa aquella palabra.

 Si al menos, logré que algún trabajador interrumpiera el ejercicio de sus funciones para leer esto, logré que mi trabajo me ocasionara satisfacción y permitiera a otros entretenerse, reflexionar, aburrirse o reírse un rato. En últimas, logré con ello un momento, no ameno, si no humano.

Así mi propuesta de disfrutar el trabajo, de apasionarse con él, de vivirlo, cobra vigencia y permite huir del contagioso y moderno baile del estrés y las carencias pecuniarias.

 No es esta una posición solamente utópica, también es soñadora y redundante en pedirle: Busque algo que hacer, alégrese por lo que hace y trate de que otros también se alegren por ello.

Luego,  Haga de su ocio algo delicioso. Ponga un letrero fuera en sus momentos de descanso, replicando una canción de Andrés Cabas:

“Aquí se hace nada muy bien hecha”.

Publicado por Milton Fabian | 1 comentario

Comentarios

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  • Ivan dijo:

    Te transcribo un texto de Diana Castro Benneti de El Espectador de hoy (junio 4 de 2011:

    Agotamientos que llegan desde lo más profundo de las entrañas, con las agendas laborales, las exigencias de maridos y amantes, cualquier sistema o todos los impuestos. Y a esto se le suma hacer mercado, negociar con cajeros, vendedores, madres y jefes. Además de la incapacidad para reflexionar, escribir, cocinar o tender la cama, las piernas no responden, los ojos no abren y los dedos no se mueven. El corazón poco vibra e inventar un dolor de cabeza no es solución cuando aquél que comparte almohada busca su instante de gloria.
    Y así, día tras día, se nos va instalando el cansancio en cada célula; se va colando entre los sueños y la vigilia y se hace tan pesado como imposible de exorcizar. Un cansancio de siglos que trae las pesadillas de muchos, un cansancio de inutilidades, de irreverencias y de exclusiones odiosas. Aparece también el cansancio por una vida de injusticias, de pocas soluciones y de siempre en lo mismo. Ni la rabia puede existir, porque hay cansancios que llevan en su alma la dosis de un desasosiego manchado de milenios.
    En ese instante de absoluta entrega a la sensación de invalidez y de desazón profundo, existe la semilla de un nuevo rumbo y de una magia inaudita de atención. Si hay un instante del que no podemos huir es de este agotamiento extremo. Su existencia obliga a su aceptación, se sobrevive, pero es, a la vez, un momento de transición. Y este colapso, una vez aceptado, permite identificar esos espacios emocionales en los que no queremos estar más, esos escritorios ajetreados a los que no queremos ir más, esas conductas de otros y con otros que no podemos tragarnos más. Primer principio de recuperación. Ese momento es un único instante de luz porque evidencia todo lo que debemos dejar atrás para aligerar el paso, las acciones y la vida.
    Ahí, sin esfuerzo en la mitad de lo exhausto, es cuando mirar por la ventana, apreciar una nube, sentir la lluvia y llorar un poco alivian la existencia. También contribuye un pensamiento de gratitud, pero no hay más que hacer sino fluir con este sentimiento mezclado de insanidad y certeza de que el oficio del destino es destrabar los rumbos. Sin duda respirar profundo viene bien, pero, tal vez, lo mejor es un suspiro, un solo suspiro.

    Sáb 04 Jun 2011 23:35:31 COT

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