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EL LÁPIZ NO VIAJA

martes 03 de mayo de 2011, 08:52:53 AM

 

Este asunto de hacer dieta trae problemas insospechados, como el que me ocurrió esta mañana al ingresar a la sala de espera del aeropuerto de Tumaco.

 

El aeropuerto La Florida ha sido siempre un terminal con poco uso: en un dia habitual solo llegan dos aviones Focker 50 de ochenta y ocho pasajeros cada uno, lo cual es aprovechado por las personas que allí laboran para hacer una actividad concienzuda en la que al ingreso te hacen una encuesta sobre las actividades que vas a desarrollar allí  y revisan el equipaje tantas veces al entrar, que te saludan como un viejo conocido al salir. Una de las inspecciones se ejecuta en medio del área de registro,  en ella  te sacan las camisas dobladas por tu madre cuando llegas y luego te avergüenzan al salir cuando el guarda de transito que hace las veces de investigador levanta con un dedo tus calzoncillos usados y llenos de arena de la playa de El Morro.

 

Después del bochornoso espectáculo, pagas al porteador mudo para que haga una fila en la cual solo van las maletas, como si tus calzoncillos no te pertenecieran.  Luego llegas amilanado a la sala de espera donde otro guarda vuelve a mirar con asco tu ropa interior y saca de tu maleta todas aquellas cosas que no se pueden llevar de paseo desde el desastroso dia en que un comando suicida decidió darles en la jeta a los gringos en su propia casa y cambió este mundo para siempre.

 

El tipo mira con horror tu talco para pies y lo hace a un lado, junto a los demás desodorantes que está acumulando en un rincón. Saca tu cortaúñas y te mira de reojo para determinar su verdadero uso, también tu cepillo de dientes y todos los elementos de aseo que no puedes usar en tus viajes para poder dar fe de tu descanso de las burguesas costumbres de la civilización y poder expresar con toda libertad todos los humores que expeles en medio del calor sofocante de jungla marina.

 

Pero hoy la cosa fue diferente, como dije, porque al ingresar a la sala de espera me encuentro por primera vez con la caja mágica en que tus cosas desaparecen por unos segundos y luego vuelven a aparecer revisadas al otro lado, en un santiamén. Esa caja  no es ninguna novedad en otros aeropuertos, pero sí en este, en el que un grupo asombrosamente grande de policías: guardas de transito, miembros de la policía judicial, de la policía de infancia y adolescencia y como corresponde: de turismo, revisaban digitalmente y con detalle si no traías camuflado un pargo entre los interiores o un langostino en una de tus medias.   

 

El asunto lógicamente cambia el esquema pero no puede modificar la burocracia, así que los seis tipos que se aplicaban a meter la mano entre tus pertenencias para saber si eres o no miembro de Al Qaeda, ahora hacen toda clase de  comentarios sobre ese objeto cuadrado que viaja en tu maleta, que huele como una bandeja de cocadas y parece una caja de cocadas pero podría ser otra cosa, tan o más peligrosa.

 

Como corresponde a un equipo tan meticuloso, esta vez me  pasan sin hablar el recipiente plástico en el que debes meter tu reloj, tus monedas, llaves y llaveros, las piedras extrañas que le llevas  a tus hijas y las conchas y caracoles que recogiste para el acuario de tu padre. No tienes que quitarte el saco, porque quien va a tratar de suicidarse por deshidratación usando un saco a treinta y ocho grados centígrados, pero te exigen quitarte la correa.

 

Y allí empieza mi problema. Había  olvidado por completo que al rebajar dos puntos de talla de pantalón, la correa era un utensilio necesario. El primer resbalón hacia abajo lleva involuntariamente la mano a protegerse y contribuye a asumir una postura vergonzosa  en la que metes tu mano en el bolsillo y por dentro, con los dedos sosteniendo la bragueta, tratas de sostener el pantalón para evitar otro espectáculo.   

 

La caja mágica trae adosada una puerta sorpresa, por la que cruzas como un modelo de pasarela, con la mano en el bolsillo,  y sin compasión la puerta trina como el twitter del ex presidente cuando se entera que hay un nuevo secuaz encarcelado.  Al otro lado, tus objetos personales están ya revisados por seis pares de ojos, pero no puedes tocarlos, porque un nuevo personaje se ha integrado al equipo: uniforme azul y gorra gris, no es policía, pero tiene en sus manos, levantada como la espada de Thor, una nueva arma que emite intensos destellos verdes porque la pila esta casi sin estrenar.

 

El guarda se coloca en posición y me mira como a un cachorro que esta haciendo su necesidad en el lugar equivocado, luego te indica con un gesto que levantes las manos para poder pasar su arma laser por tu dolida humanidad.  Como no puedo sacar la mano del pantalón, encuentra contrincante y me dedica una sonrisa torva de lagarto enjaulado mientras insiste en explicarme la posición correcta.

 

No puedo hacer nada, así que lentamente saco la mano del pantalón y abro las piernas lo más que puedo para sostenerlo poniendo en tensión todos los músculos.  El  hombre cocodrilo lo asume como un reto, como si fuera una pelea de dos guerreros intergalácticos y merodea de nuevo con su arma, que pita con furia cuando roza mi bolsillo.

 

Se encienden las alarmas de los seis policías que estaban absortos mirando la cajita del siguiente pasajero y todos vuelven su cabeza hacia mí.  Instintivamente llevan la mano al cinto buscando desabrochar el pasador como si fueran sheriffs en el medio oeste del siglo diecinueve.

 

Yo bajo la mano lentamente y empiezo a sacar cosas del bolsillo. La cedula y el pasa bordo, unos papelitos arrugados de la lista de mercado de la semana anterior, una tarjeta de crédito que se está descascarando, dos billetes de veinte y el carné de conducir con mi foto desvaída. El hombre vuelve y me hace un pase con la espada laser pero mi bolsillo pita de nuevo. Meto la mano más profundo y encuentro medio lápiz Berol del numero 2. Lo acaricia con la espada laser por el contorno y ríe como loco al descubrir que suena cuando  toca el pedacito de aluminio que recubre el borrador. Yo también rio,  con algo de tristeza en mi semblante. No soy un criminal después de todo.

 

El lápiz no viaja. Me dice con asombrosa calma. ¿Pero porqué? Me atrevo a preguntar. Puede ser usada como arma. Me explica con paciencia. Empiezo a recordar, como siempre en estas situaciones. Un niño que le saco el ojo al otro en el jardín de infantes en un descuido de la profesora o el bochornoso caso de autoagresión del señor que estaba sacándose la cera de los oídos con un lápiz afilado. Pero esos son accidentes y casos muy remotos, me atrevo a espetar. Es más peligroso el anillo gigante del señor que paso antes, el que dice en letras de molde “William”, esa si es un arma como las de Batman o Linterna Verde, capaz de dejarte marcado en el cachete o en la frente para toda la vida. Exagero para reforzar mi argumento.  Pencil no fly. Dice el hombre.

 

Empiezo a pensar las cosas más extrañas. Se trata de un acto de coerción de la policía política contra los partidarios de Antanas. El tipo piensa que soy un terrorista lituano que va a explotar este avión tan importante. Me está hablando en lenguas para saber si le respondo en albanés. En fin.

 

Pero esta es mi herramienta de trabajo. Ensayo a contestar. Puede ser un arma letal. Responde. Recuerdo que en los setentas, algunos integrantes de la dictadura militar argentina decidieron cortar por lo sano con los estudiantes de secundaria que se habían atrevido a  levantar la voz. La noche de los lápices ya se acabo. Lo entiende y tira mi lápiz con la colección de desodorantes en aerosol.

 

Mi espada de grafito sirve para hacer dibujos a mis hijas, y a mí para quejarme y escribir cuentos tristes, pero siempre será  un arma poderosa cuando encuentre un buen lomo donde clavarla.

Publicado por Jason | No hay comentarios

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