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KAFKIANA

lunes 23 de mayo de 2011, 01:46:36 AM

 

Doctor, quisiera saber si es posible que me obsequie un libro que editaron hace como tres años aquí en este edificio. Era un libro azul en el que se hablaba sobre las cosas que hace la gente que ayuda a los niños en las escuelas.

Es que ese libro lo hice yo. Primero me tocó inventarme las cosas que la gente debía hacer en esos sitios, porque nadie sabía. Luego hice los bulticos para que cada uno de esos señores pudiera hacer su estudio de lo que encontraba en cada una de las escuelitas, los repartí y finalmente me tocó digitar los resultados que me iban entregando.

Cuando ya tuve todo listo me dispuse a elegir a los  que debían hablar de cada tema y cuando cada uno hablaba, tomar nota para hacer el texto inicial. Revisarlo, pulirlo, trasnocharme y cuando se lo traje para que lo publicara, ya no lo encontré a Usted. Entonces me dijeron que lo dejara, que entregara la platica para la edición, que luego me la devolvían, cuando ya estuviera el libro.

Un día me invitaron a ver el libro, me dejaron ver su caratula brillante, me dijeron que la plata había alcanzado para timbrar cinco mil y luego me dijeron que me fuera, que ya no me necesitaban. Ni las gracias me dieron y tampoco pude ver el libro por dentro. Nadie respondió por mi platica, Doctor, pero eso no importa. Si el librito sirvió para que cada uno de los niños pobres y sus profesores se dieran cuenta de las cosas que hicimos y las pudieron replicar, me doy por satisfecho, pero quisiera tener en mis manos uno de los ejemplares.

-Bueno, hombre. Claro que sí, con mucho gusto le hago entregar uno de esos libritos, porque los demás ya los entregamos a la comunidad, que en últimas era la que los necesitaba. Ahora vaya al otro piso, donde la doctora Florencia que ella le entrega el libro.-

Doctora Florencia, me manda el doctor Only. Es que yo quisiera saber si usted me puede entregar un librito de los azules que hace tres años me dejo ver. 

-Claro, hombre. Con todo gusto, pero es que esos libritos no los manejé yo sino la doctora Oscuro que es la persona a la que debe dirigirse, en el piso de arriba.-

En el piso de arriba repetí la misma petición.

-Con el mayor de los gustos, pero creo recordar que esa edición fue entregada en su totalidad a la  comunidad. Pero si me manda una carta, con gusto le hago llegar algún ejemplar que se haya quedado en la bodega.-

La bodega del edificio está al final de un pasillo estrecho, después de las oficinas donde examinan la supervivencia de los viejitos pensionados. 

-La carta que usted le envío a la  doctora Oscuro no sirve. Se necesita una carta de la doctora Florencia para entrar en la bodega donde están los libros sobrantes, porque ella no manejó los libros pero es la referente del tema ante el gobierno nacional.-   

Regresé al piso de arriba y la doctora Florencia me hizo ir por la carta que le había enviado a la doctora Oscuro. La secretaria la buscó con desgano.

-No ve que ya la tenía archivada, hombre.-

La doctora Florencia leyó y luego me dijo que la carta que había enviado debía dirigirla al doctor Only porque aquel era el ordenador del gasto.

Entonces hice la otra cartica.

La carta la recibía la señora Malena, en la dirección. Me estampó su recibido y me dijo que en unos quince días le iban a dar respuesta a la doctora Florencia y que entonces estuviera molestándola a ella.

La doctora Florencia nunca recibió una respuesta pero me dijo que había pedido una cita para hablar del tema con el gobierno nacional.

Tras quince días de estar en la escalera de la oficina infernal, una secretaria se aburrió de verme allí, me hizo señas y me  dijo:

-Vea, hombre. Yo le hago una carta igualitica a la del doctor Only y usted la firma con un garabato, entonces la lleva al sótano para que en la bodega le entreguen su pendejada, que como ellos no conocen la firma, solo el papel membreteado, entonces no le ponen más problemas.-

Gracias señora White, me daba pena molestar pero es que uno quiere ver a los hijos.

Cuando entré con la carta donde la señora Osorno, me miró con cara de desaliento.

-Ahora el señor Vanderbond me hace entrar a esa bodega y yo soy alérgica. Porque no viene en quince días, que acabo de pasar mi carta de pensión y quisiera irme sin problemas bronquiales.-

Pero es que yo llevo un mes dando vueltas por aquí y nadie me resuelve nada.

-Bueno hombre. Entonces vaya al primer piso y compre las estampillas de las casillas 19, 25 y 38 para que las peguemos en la carta y podamos encontrarle su librito.-

Las oficinas de estampillas del primer piso parecen la venta de empanadas de la 38 con quinta, la fila da la vuelta a la manzana, pero al cabo de tres días logré sacar la lista de estampillas.

Cuando llegué con mis sellos, la señora Osorno me miró con cara de desespero,  empezó a hacer una carta y le anexó mis estampillas pegándolas con babas y golpe del talón de la mano. Me pidió que la llevara al segundo piso a sacarle dos fotocopias y luego al piso cuarto a la oficina de inventarios, donde el doctor Uriel me daría  una carta para sacar los libros.

El doctor me miró por encima de los lentes y la barba de John Lennon. Luego me dijo:

-¿Y como sabemos si existen ejemplares de ese libro?-

La pregunta era difícil, pero yo bajé a la bodega y le pagué a un señor sin camisa que vi entrar cajas y mas cajas, para  que se metiera con una  toalla cubriéndole la cara a la bodega de papelería inventariada. Le dije que el libro era azul y que debían haber dos o tres ejemplares en algún lugar.

Después de unos minutos, el hombre llegó y me dijo que había veinticinco cajas llenas, con doscientos ejemplares cada una, de ese libro.

Volví donde el doctor John Lennon y se lo dije, pero me exigió una  prueba física.

De nuevo le pague al musculoso, pero esta vez le pasé mi celular y le pedí que tomara una foto de la primera pagina del libro. Volvió a los dos minutos.

Cuando le lleve el celular al doctor Lennon, pareció quedar satisfecho y finalmente me hizo la carta descargando el ejemplar.

La llevé al sótano, donde todavía estaba la señora Osorno, que me hizo mueca de asco y me dijo que iba a hablar con el señor Vanderbond.

Al rato apareció el señor Vanderbond y me miró con sorpresa. Yo le extendía la carta de inventarios con una sonrisa, como si fuera el acta de supervivencia de uno de los viejitos de la oficina de enseguida.

Entonces hizo que la señora Osorno entrara al oscuro pasillo para buscar el ejemplar.

-Menos mal alguien vino por eso, porque no tenemos espacio en el edificio para esa papelería.-

La señora Vanderbond volvió y le dijo:

-Doctor, todas las cajas están cerradas.-

-No importa, dele una caja completa al hombre, que ya tenemos la firma de Lennon.-

Me entregaron una caja completa, pero cuando la agarre y empecé a trastabillar por el pasillo, la señora Osorno tosía.

-No tan rápido. Tengo que hacer la carta para la portería, para que le dejen sacar el material.-

Cuando me entrego la carta llena de punticos de saliva, la metí al bolsillo de la camisa y agarré mi caja con las doscientas revistas que no necesitaba.

Salí por la portería principal. El guardia me miró con mi caja, luego con su macana me abrió la puerta de la entrada y no me pidió el papel.

En la plazoleta, entre las palomas, abrí la caja y empecé a repartir las revistas a la gente que hacía fila para entrar al edificio 

Publicado por Jason | No hay comentarios

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