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BOMBARDEO

lunes 27 de junio de 2011, 05:20:50 PM

 

 

Papá. ¿Si me muero nos devuelven el dinero de la consulta?

                                                                                              Manuela Osorio

 

En el año 1987 ocurrieron en mi pueblo las primeras muertes debidas a una nueva infección que aparentemente solo afectaba a los homosexuales.  En el pequeño municipio el grupo de jóvenes y no tan jóvenes personajes que habían tomado este destino para su sexualidad tenia algunos representantes de alcurnia en el  estatus local, entre los que destacaban  algunos de los hijos de “la dueña del pueblo”, la matriarca política que había detentado el poder por años, sin cuya anuencia no se movía una sola piedra.  El qué sus dos hijos varones optaran por el homosexualismo, servía para muchas cosas pero sobre todo emparejaba las acciones, pues  los excluidos de los clubes sociales podíamos de alguna manera evidenciar las debilidades personales de los líderes políticos y los comerciantes acomodados del pueblo y de sus familiares. 

 

El grupo de jóvenes homosexuales que se hizo llamativo en ese entonces, marcó a toda una generación. Sus reuniones sociales, autos lujosos y su tendencia de gasto desaforado hicieron que todos en el  pueblo tuviéramos algo que ver con ellos, pero no hubiera pasado nada diferente a comentarios mal intencionados sobre el grupo en general y algunos en particular, hasta cuando se presentó la infección mencionada.

 

Cuando empezaron a enfermar los primeros, el nombre de la enfermedad a duras penas se mencionaba en los periódicos extranjeros como una epidemia nueva. Los primeros en caer enfermos repentinamente empezaban a disminuir de peso y a tener algunas lesiones cutáneas notorias en los brazos y cara.  Al cabo de algunos meses se sucedían los casos uno tras otro, con la muerte de varios después de unos pocos meses de deterioro agudo del estado general y la angustia de sus familiares que en muchos casos optaron por la salida alternativa de llevarlos al exterior a hospitales más modernos pero en ultimas para morir allá y evitar el desgaste emocional de dar explicaciones de una enfermedad considerada  en su momento vergonzosa.

 

Ya todos estábamos en el punto que Camus llamaba indiferencia distraída, en el que todos nos habíamos acostumbrado a una muerte tras otra y fue entonces que la fatalidad tocó a las puertas de la patrona, cuyo hijo mayor empezó a presentar las maculas ennegrecidas características en brazos y piernas. El sarcoma de Kaposi se había convertido en un estigma que hacía que las personas alrededor salieran huyendo como si el diablo los persiguiera.  El muchacho empezó a perder peso desde su característica obesidad circular, sin solución de continuidad hasta que finalmente después de varios meses ocurrió lo esperado. 

 

Los curiosos y amigos que habían desaparecido por meses de la casa llegaron a la funeraria Aristizabal, seguros de que ya el riesgo de contagio por los miasmas era mínimo, empezaron a asomarse al féretro para ver los estragos de la enfermedad y encontraron que el ataúd había sido sellado dando pie a toda clase de especulaciones.

 

Permanecer en un velorio de pueblo por más de diez minutos es la oportunidad para sacar lo peor de los seres humanos. Se empieza por mencionar las cosas buenas que tenía el difunto y luego de dos o tres cosas de rutina, afloran todas las inquinas y animadversiones que despertaba, todos los chismes de salón, que en el caso presente daban lugar a varias horas de conversación. 

 

El asunto tomó un cariz más dramático cuando la madre y las hermanas espetaron  a voz en cuello que por determinación del difunto, su cadáver iba a ser cremado y que su última voluntad por el gran amor que le profesaba a sus coterráneos era que sus cenizas fueran arrojadas desde un avión sobre su querido pueblo.  Declaración fúnebre que después del murmullo inicial, hizo que varias de las vecinas abandonaran con prisa mal disimulada sus tintos y salieran con paso presuroso de la funeraria. 

 

En la medida en que pasaban las horas subsiguientes al deceso, se observó una procesión de autos  cada vez más rápida y concurrida hacia las afueras del pueblo. El rumor se esparcía como mantequilla sobre pan caliente y todos los temores convergían sobre ese momento. 

 

Grupos de espectadores se turnaban al frente del único crematorio de la capital del departamento y en ausencia de celulares, llevaban monedas para el teléfono público del cementerio.  A mi casa la noticia llegó alrededor de las tres, demasiado tarde para el  vuelo diario hacia Bogotá.

 

El grupo de mis tíos y primos empezó a disertar acaloradamente si una avioneta podría despegar del aeropuerto en horas de la noche.  De todas maneras, en prevención, como en todas las casas en las que no se habían adelantado las vacaciones de medio año, ocurrió una velada en medio de tinto y aguardiente, con mucho cuento pero sin música. Cada cierto tiempo uno o dos de mis primos mas orejones salían al  patio a mirar el cielo y  escuchar posibles zumbidos delatores de una avioneta que pudiera traer las cenizas infectas.

 

A eso de las cinco de la mañana del dia siguiente, en el momento en que todos los valientes e incrédulos que optaron por quedarse en el pueblo dormían, empezó el ataque de cenizas, dispersadas después de uno o dos  padrenuestros del cura aviador, por las hermanas del despojo.  Al  contrario de lo que todos creían, no hubo una nube oscura que ocultara el sol sino  una problemática remoción de ripios de  la caja cuadrada en la que habían llevado lo que quedaba del sujeto.  Según los escasos comentarios, no confirmados, fue más lo que tragaron los cuatro ocupantes de la avioneta, que lo que pudieron dispersar mientras pasaban  una o dos veces sobre el pueblo.

 

En la mañana mis tíos y tías se despertaron,  pero no pudieron observar mayor diferencia. No estaban los campos anaranjados por el gas mostaza ni se veían cientos de muertos quemados por el napalm en las calles pero una molesta desazón empezó a rondarlos cuando supieron lo que había sucedido en cuanto el aguardiente había hecho su efecto.

 

Entre tanto, el otro infectado se encontraba en el exterior, sometido a toda clase de esfuerzos pseudo científicos para buscar detener lo incontenible.

 

Seis meses después, la fatal noticia llegaba antes que el segundo cadáver. El tío Jairo llegó a la casa y gritó: ¡Vámonos, antes de que empiece el bombardeo de mierda! 

 

Esta vez mi abuelo tomó medidas más radicales y esa misma tarde  Tocaima y sus aguas termales recibieron con seis meses de anticipación las vacaciones anuales de toda mi familia.     

 

Veinte años después, observo con preocupación  el letrero de la puerta donde dice las cosas que me tengo que poner para entrar al cuarto de hospital donde me llamaron de interconsulta y no sé por qué extraña razón me llega el recuerdo de la vigilia de aquella noche. Creo que debo pedir consulta con mi analista.  

Publicado por Jason | No hay comentarios

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