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EL PAÑUELO DE LAS LAGARTIJAS

sábado 02 de julio de 2011, 07:11:44 PM

 

Cuando Valeria cumplió los doce años, nuestra vida cambio del todo. De repente al dia siguiente empecé a recibir llamadas telefónicas en las que el interlocutor enmudecía al escuchar mi voz, pero una vez mi hija me arrebataba el teléfono con semblante irritado, la conversación parecía fluir.

El grupo de adolescentes que ha empezado a rondar mi apartamento aun no es muy grande y me proporciona la oportunidad de hacer algunas consideraciones como siempre que tengo alguna preocupación social.

En el bus de regreso a casa, un adolescente bastante atractivo según la descripción que mi hija hace a su madre, se sentó junto a ella y con tono de voz engolado le hizo la propuesta del caso:

-¿Quieres ser mi  novia?-

La joven impetrada empezó a tartamudear una excusa y salto rápidamente del bus en cuanto se aseguró que llegaba a la esquina de casa. Ingresó como una tromba al apartamento y llamó a toda carrera a sus compañeras de curso.

La conclusión general es que este joven es adorable pero que aprovechando sus dotes físicas ha hecho similares pedidos a varias adolescentes durante los meses anteriores y en el momento varias novias obtenidas mediante este método aun lo cuentan entre sus haberes pues no se ha tomado el trabajo de despedirlas.

Los días siguientes mi hija pasó de un dolor de cabeza insoportable a un vértigo que le impedía levantarse de la cama. No asistió al colegio por dos o tres días, presa de un pánico evidente y la incapacidad absoluta de responder la  pregunta.

Ese momento fue aprovechado por otro espécimen, que se acerco con mucha cautela a la puerta del conjunto y preguntó por la señorita Valeria. El portero me lo describió como un niño blanquito pequeño y con gafas gruesas. Como no parecía muy amenazante, autoricé el ingreso aunque todos en casa parecían bastante renuentes a la visita.  

El hombrecito hizo una visita bastante tradicional, en la sala del apartamento. Traía una caja de bombones de chocolate, de la cual dimos cuenta todos con rapidez, esperando no fuera a estar adobada con algún tipo de sortilegio de índole amorosa. Si era así, no vi que tuviera mayor efecto en mi a pesar de los doce bombones que me comí.

El dialogo en gran medida versó acerca del interés de  mi hija en el joven atractivo del bus.

-¿Quieres ser la novia de Santiago?-

Mi hija estaba bastante mas preparada en ese momento y su respuesta estaba dirigida a la galería, representada en la mamá y el suscrito, que simulábamos trabajar en el comedor:

-Aun estoy muy pequeña para tener novio.-

El joven arrancó cual Mercurio, llevando mensajes del otro interesado, pero aprovechando la oportunidad  tomo el teléfono, el nombre de todos en el apartamento y el del portero, con lo cual obtuvo entrada franca. El problema pequeño pero insalvable será subsanable con el aprendizaje, pues llamar veinte veces al día a una potencial pareja lo único que produce es un gran empalago.

El tercero en discordia, llego unos días después. Mas pequeño, agradable, con buena disposición para ayudar a subir el mercado y atravesar la calle a las abuelitas.  Venia de la mano de una vecinita de la misma edad  y fue presentado como su “novio oficial”. Con cierto adelanto en relación con los dos anteriores, ya lo observaba besuqueando a la susodicha en el extremo del jardín.

Una semana mas tarde, vino sin compañía, para informar a Valeria sobre su ruptura amorosa, pero al encontrar en nuestra casa al grupo de adolescentes que se estaba despidiendo del curso, empezó a preguntarles a todas y de forma consecutiva, si estaban interesadas en ser su novia, lo cual fue aprovechado por la familia para tomar distancia y generar algún rechazo emocional de Valeria por este ejemplar.  

Sigo en la ventana esperando el próximo pretendiente, pero entretanto y antes de hacer cualquier elucubración sofisticada sobre este caso, me di a la tarea de buscar en internet una lectura de periódico que me intrigó hace un par de años sobre las lagartijas de una especie común en el desierto del medio oeste norteamericano que no tienen nada de peculiar ni diferente a las que chillan en las paredes de mi apartamento excepto un pequeño detalle: su pañuelo.

En su pecho las lagartijas macho portan tres tipos de pañuelos: los mas grandes y fuertes llevan una pañoleta naranja, indicativa de que su portador lleva además una gran cantidad de testosterona, son muy agresivos y tienen a su servicio un gran  harem de hembras; los medianos tienen pañoleta azul y son muy territoriales y monógamos; los de color amarillo son los mas pequeños, se parecen a las hembras  y de esta manera se inmiscuyen en los harenes de los lagartos naranjas, haciendo de las suyas aprovechando la infidelidad de algunas.

Esta peculiar forma de relacionarse ha permitido identificar también dos tipos de hembras, las hembras de cuello naranja, que ponen huevos grandes, son muy territoriales y monógamas para quedarse con su lagarto azul; y las hembras de cuello amarillo, que ponen menos huevos y son más tolerantes entre ellas, tan infieles que se van con el grande y guapo, pero a la menor posibilidad, salen corriendo detrás de los otros mas pequeños pero mas sagaces.

El asunto en cuestión ha intrigado a muchos, que se esfuerzan en develar porque de esta forma la especie Uta Stansburiana ha sobrevivido por milenios: los grandes les quitan las chicas a los medianos y los pequeños roban en medio del despelote.

Que tiene que ver esto con los pretendientes de Valeria, es una tarea bastante compleja, material para investigadores sociales y etólogos, pero me encantaría que alguien me lo explicara mientras contesto el siguiente llamado de la portería.    

Publicado por Ivan | No hay comentarios

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