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FESTIVAL

lunes 22 de agosto de 2011, 12:51:59 AM

 

La semana anterior el hombre del maletín pasó por aquí,  con permiso para visitar a la esposa. Tres días libres por su buena conducta: su apoyo a la infraestructura carcelaria y la colaboración al bienestar de los presos que han encontrado empleo como escoltas, conductores y cocineros. Las fiestas que ha brindado para sus cumpleaños y días especiales habían dado sano esparcimiento a todo el penal. Tenía más que merecidos sus días de descanso y los aprovechó como se debe, reuniéndose con sus amigos y familiares para borrar enemistades y rencores, hacer las paces,  programar todas las cosas que van a hacer juntos cuando salga en libertad.

 

La llegada del hombre del maletín generó empleo y alegría para muchos en mi pueblo. Los odontólogos expertos en diseño de sonrisas, los fotógrafos y retocadores de fotos, los hombres que venden anuncios y muchos líderes comunitarios empezaron a comprar nevecones y televisores plasma.

 

Varios de los amigos que disfrutaron de su visita se sintieron tan motivados después de esta reunión que no dudaron en emprender los asuntos que los conducirán en poco tiempo a acompañarlo en su celda dúplex o en alguna contigua que se encuentre disponible.

 

Uno de los comensales más animados recibió la bendición final y pensó que era el indicado para dar a conocer a la comunidad que el padrino había llegado en plan conciliatorio y era el momento de reflexionar para hacer la paz. Al dia siguiente, muy de madrugada, mandó a timbrar un sinnúmero de pendones y vallas que expresaban su interés en “sanar las heridas”  y las colgó en todos los rincones del departamento.

 

En uso de mi libre derecho a la asociación libre, que me acompaña con cierta frecuencia, recordé que hace muchos años, cuando hacia mis primeros pinitos de trabajo con comunidad, recibí en mi consultorio la visita de una de las promotoras de salud que me acompañaba a atender en las veredas. La señora venia en condición de representante de la Junta de Acción Comunal de su corregimiento, estaba interesada en que yo colaborara en el festival del siguiente fin de semana.

 

El objetivo del evento era recoger fondos para un campesino que había sufrido una herida en una riña y me contaba que la familia estaba padeciendo hambre mientras el hombre permanecía hospitalizado.  Después de discutir un rato como podía ayudar, finalmente le di mi palabra y me comprometí a ser el barman del festival. “Nadie se atrevería a embriagarse ni a pelear si el médico de la vereda está repartiendo el licor”. 

 

Nunca había participado en una actividad de esta y mi única labor en esa comunidad rural alejada del pueblo se restringía a las labores diurnas de atender resfriados y problemas diarreicos agudos. Teniendo esto en cuenta, mi preocupación se centró en como haría para devolverme a altas horas de la noche para mi casa en el pueblo. La promotora lo solucionó rápidamente: “No se preocupe medico, apenas se acabe el festival se va a dormir a mi casa o si lo desea en el puesto de salud”.

 

El dia del festival, subí como siempre a la vereda en el Jeep que me asignaba la cooperativa para la que trabajaba, pero cuando termine mi consulta y debía devolverme, le informé al conductor que iba a quedarme para colaborar en el festival. El hombre me miró con semblante sorprendido pero no dijo nada y se fue en el Jeep, avanzando a trompicones por la carretera empedrada.  

 

A eso de las seis de la tarde tomé mi lugar en la caseta comunal. La promotora me explicó que debían hacerme un inventario de las botellas de licor y de refrescos que se iban a vender. Me llamó poderosamente la atención que el número de cajas de aguardiente y cerveza era mucho mayor que la de refrescos sin licor, pero el tesorero de la Junta de Acción Comunal me indicó que las empresas expendedoras de los brebajes eran muy benévolas con la comunidad y cuando se hacían este tipo de actividades con interés social traían mas licor del que se podía consumir y luego se lo llevaban sin ningún costo si no era utilizado.

 

Las primeras horas del festival transcurrieron sin problemas. La familia del señor que estaba en el hospital fue a darme las gracias por colaborar. Algunos jóvenes se sentaron en el salón medio vacío a tomar algún refresco y  con cierta timidez en cuanto oscureció empezaron a pedirme cerveza. Yo mire con preocupación al Presidente de la Junta, pero él me indicó que no había problemas, porque eran solo jóvenes que estaban experimentando y querían posar de adultos. Después de algunas reconvenciones verbales, solo se acercaron a la barra los que tenían bigote y pinta de tener su cedula de ciudadanía. 

 

La música inicialmente era música tropical, pero en la medida en que avanzaba la noche y la oscuridad alrededor de la caseta comunal se hacía más profunda, empezaron a llegar más y mas personas  a pasarme papelitos con pedidos de música guasca para el señor Fiscal de la Junta que era el dueño del equipo de sonido. Las bebidas colas y las cervezas empezaron a cambiar por aguardiente y ron, las parejas se animaron a bailar y yo comencé a ver desaparecer las cajas, una tras otra.  

 

La cosa transcurría bien hasta la medianoche. Doña Nereida, la promotora se acercó y levantó los pulgares para indicar que todo estaba en orden. Yo hice lo mismo y entregué la siguiente caneca de aguardiente.   A eso de la una de la mañana la gente no se iba. Al contrario, parecían cada vez más animados y se hacía evidente que la algarabía podía escucharse en las fincas de un kilometro a la redonda.

 

Justo a esa hora la promotora me dijo: “Todo bajo control, anímese a bailar conmigo una piecita”. Yo cambie de lado en la barra y empecé a dar vueltas con la señora, con una botella de aguardiente en la mano por si alguien decidía seguir colaborando para el festival, pero de repente el ruido metálico de dos machetes interrumpió la música. Dos señores se trenzaron en disputa frente nuestro, acompañando los machetazos con las palabras más soeces que se hubieran escuchado en esa fiesta. 

 

El público salió despavorido y yo salvé la vida porque la promotora me empujó detrás de la barra. Después de algunos minutos, con gotas de sangre por todo el lugar y ambos baquianos agarrándose cada uno su hombro, los amigos de cada uno, los agarraron y trataron de calmarlos. El asunto duró pocos minutos pero parecía una eternidad.  Yo solo me enteré de lo que pasaba cuando oí los gritos y los golpes en la puerta del puesto de salud que estaba adyacente.

 

Preguntaban dónde estaba la promotora y ella se encontraba escondida junto al médico detrás de la barra de expendio de licores. Nadie preguntaba por mí, porque no era un personaje que pudiera existir en ese lugar y en ese momento, pero el asunto era de mi incumbencia así que salí a ver qué pasaba. 

 

Entre los dos, suturamos rápidamente a los dos heridos, que tenían lesiones relativamente superficiales en los hombros y en el pecho. Luego los enviamos a casa con sus familiares, no sin alivio. Me senté en mi silla plástica de médico rural y suspire, cuando noté que la música no se había detenido nunca y sonaban voces que gritaban pidiendo trago, vociferando y buscando al barman.

 

No lo podía creer, pero la promotora me explicó que accidentes de este tipo sucedían en todos los festivales y que la gente ya estaba acostumbrada a eso, así que la rumba seguía.  Para entonces eran las dos y media de la mañana. Pensé que cuando mucho nos quedaban algunos minutos antes de dar por terminado el fandango.  Con esto en mente, levante los pulgares y fui nuevamente a mi sitio para vender lo que quedaba.

 

A eso de las cuatro de la mañana de la noche más larga en mucho tiempo, se desató la riña más violenta de las cuatro que ocurrieron esa noche. Había suturado a  cinco campesinos hasta ese momento  cuando me di cuenta que los dos que se agarraron no estaban luchando como los otros, con la cara plana del machete sino que sacaban chispas con todo el filo.  Ya para ese momento era un mago en esconderme y sacaba la cabeza como lo hacían los demás, por encima de la mesa para ver el espectáculo sangriento. 

 

La siguiente herida no podía suturarse en un puesto de salud. Puse a la promotora a hacer compresión en el cuello mientras yo trataba afanosamente de buscar una vena para canalizar al herido, en tanto que algunos propietarios de jeep se disputaban para llevar al herido y al médico en dirección al hospital más cercano.   

 

El dia sábado no podía creer todo lo que había visto en mi primera noche de trabajo comunitario.  Estaba tan abismado que mientras trabajaba, recordaba sin querer, el ruido de los planazos. Termine mal que bien la jornada y me fui a casa de mis padres.

 

El lunes siguiente una delegación de la comunidad se acercó a mi consultorio. Yo estaba tan prevenido que solo atine a saludar.  El señor presidente de la Junta de Acción Comunal, don Medardo, me habló en tono de discurso: “Doctor, queremos agradecerle su apoyo a este festival que gracias a Usted fue todo un éxito. Vendimos todo el licor y logramos recoger una suma considerable para la familia que estábamos protegiendo. Es por eso que venimos todos a pedirle que por favor nos acompañe en el siguiente festival. Como recordará el amigo Nataniel tuvo un accidente y resulto herido en el cuello. Ahora no puede trabajar y su familia está aguantando hambre, así que en la reunión de la Junta hemos decidido hacer el siguiente festival para conseguir fondos y poder de esta manera ayudar a esa gente tan necesitada. Esta mañana nos acercamos a las empresas distribuidoras de licores y nos dicen que con mucho gusto nos van a apoyar, llevando todo el trago que podamos vender. Ellos se ocupan de recoger todo lo que no se venda, así que no hay peligro de perdidas”. 

Publicado por Jason | No hay comentarios

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