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CUIDADO CON EL MEDICO

domingo 04 de diciembre de 2011, 08:55:41 PM

 

Transcurría el año del señor de 1992, un dia entre semana de un mes que no recuerdo,  en medio del aburrimiento propio del turno nocturno de urgencias del año rural en un pueblo cualquiera del norte del Valle. 

 

Charla va y viene con las enfermeras y la cajera, mientras aparecía el primer niño agripado o la señora con el cólico, cuando entró caminando sin prisa el primer paciente de la noche: sombrero de paja desgastado y mojado, ruana gris doblada sobre el hombro, camisa azul de cuadros y pantalón de color mugre indefinible, botas de caucho,  fisonomía de campesino de la región, delgado y fibroso aparentaba unos cincuenta años con la barba de mitad de semana porque la plata solo alcanza para afeitarse el sábado cuando se baja al pueblo por la paga.  Se cogía la mano izquierda con una de esas pañoletas rojas de franela que usan los choferes para limpiar el aceite

 

Ahí tolerando el clima, me dijo sin mayor premura para que lo atendiera. Luego me tendió la mano envuelta en el paño de dulce abrigo. La desenvolví con cuidado, para encontrar la herida esperada. Estaba cortando hojas de plátano y se me fue el machete, comentó mientras tanto. 

 

La herida había parado de sangrar con la presión del trapo, pero en cuanto la destapé, empezó a brotar sangre a borbotones del dedo pulgar. Hice compresión otra vez y paraba el chorro de sangre, pero en cuanto  intentaba ver que había pasado, se reiniciaba la situación.

 

Don Iván, que así se llamaba el campesino, me miraba sin apremio ni angustia aparente. Mientras, pude observar que con su herramienta, afilada a conciencia, había logrado una disección completa de  toda la piel y la uña del dedo gordo, dejando al descubierto tendones y huesos que habían permanecido indemnes. Cuando le pedía que moviera el dedo, lo podía hacer sin ningún problema, excepto que empezaba a sangrar nuevamente.

 

Le pregunté donde había quedado el pedazo de piel y me contestó que seguramente habría quedado entre el racimo de plátanos que estaba bajando  en medio de la lluvia de la tarde en la vereda Samaria donde trabajaba como peón agregado.

 

Durante un rato, observé la lesión, girando el dedo hacia todos lados, con la secreta esperanza del que no sabe que hacer y busca en silencio la divina inspiración que le permita salir del paso.  No había de donde suturar, la piel se había perdido completamente y el tamaño de la lesión así como la intensidad del sangrado hacían un imposible pensar en dejar la herida abierta para curar por segunda intención. Las enfermeras de urgencias me miraban y esperaban el dictamen sin hacer ningún comentario, con una aviesa sonrisa en sus caras.

 

Como nada se me ocurría y se acercaba la medianoche, opté por la salida más prudente que médico rural podía imaginar. Me acerque a la señorita de la caja y le pedí que hiciera la llamada al cirujano de turno del hospital de segundo nivel más cercano. Un ortopedista o menos aun un cirujano plástico eran asunto inimaginable en este lugar.

 

El médico me escuchó durante unos pocos minutos mientras yo le explicaba la situación. Aun puedo imaginar su cara de aburrimiento al otro lado del teléfono y luego cuando sin pensarlo dos veces me dijo lo que debía hacer, Debe desarticular desde la base del pulgar. No dijo nada mas y yo quede en silencio así que consideró que estaba esperando la instrucción completa, entonces me especificó que la lesión no podía cubrirse y que debíamos optar por la solución que le permitía regresar al campesino a trabajar lo antes posible, que el pulgar que iba a retirar desde la raíz era el de la mano izquierda y que en ese orden de ideas al cerrar la herida, en cuestión de días podría empuñar su machete. Sin más, se despidió.

 

Yo regresé a la sala de urgencias con un amargor en los labios mientras rumiaba como decirle el dictamen al paciente. El hombre me escuchó sin una sola mueca, manteniendo la mano sobre la bandeja de suturas, sin intentar retirarla y luego dijo, Doctor, haga lo que crea correcto.

 

Dos horas después, yo seguía mirando la mano sin empuñar el bisturí que me habían acercado las enfermeras. El hombre esperaba sin hablar. Las enfermeras se empezaron a desesperar y se acercaban a mirar que estaba haciendo, pero para mí tranquilidad, la lluvia había ahuyentado a todos los demás pacientes y ninguna embarazada había decidido parir esa noche.

 

Cuando por fin hablé, le dije al señor, Oiga amigo, yo tengo que quitarle el dedo y no me siento capaz de hacerlo sin intentar hacer alguna otra cosa, pero no se me ocurre nada. Bueno. Tengo una idea, pero a usted le parecerá que estoy loco. El hombre no dijo nada, entonces le dije, Yo creo que si podemos cubrir ese dedo con piel de otra parte del cuerpo, podemos salvar los tendones y el hueso. El hombre frunció el seño y me dijo, ¿Y de donde se le ocurre que podía sacar piel?

 

Yo lo había pensado y sabia que poner un injerto de piel era algo muy complejo, porque requería que la piel tuviera el grosor adecuado y además que debido al tamaño de la herida, lo más seguro era que el injerto finalmente no pegara, se necrosara en los bordes y en el centro, asi que se iba a desprender, el dedo se infectaría y   después de varios días, iba a regresar para que le hicieran la amputación mas grande, posiblemente de la mano.

 

Le dije, Mire don Iván,  tengo una idea hace un rato, me ronda la cabeza que en vez de ponerle un pedazo de piel tomada de una pierna, porque no pegarle el dedo de otra parte de su cuerpo, porque de esa manera tenemos la seguridad de que el tejido continúe vivo. El señor parecía no comprender, entonces, le dije, Si me deja, voy a pegarle el dedo de su abdomen por unos días y así vamos a salvarlo. El hombre me miró a los ojos y dijo, Hágalo.

 

Las enfermeras empezaron a desocupar a toda velocidad la sala de pequeña cirugía, mientras yo acostaba al paciente y en vez de solicitar una tenaza para cortar el dedo, como había dicho el cirujano, empecé a lavar la ingle del paciente con solución desinfectante.

 

Había leído alguna vez sobre el procedimiento, en una revista en ingles de cirugía plástica, pero nunca había visto algo parecido, no sabía cómo se hacía ni cuáles eran los riesgos para el paciente. Solo quería salvar el dedo de un campesino para que pudiera empuñar un machete, porque era evidente que el cirujano no conocía la importancia del dedo pulgar de la mano izquierda.  

 

Tres horas después ya amaneciendo levanté la mirada con la frente empapada en sudor. Estaba solo con don Iván en el cuarto. El señor se había dormido hacía rato y en la medida en que lo zambullía en mi loca idea, había olvidado donde estaba. Dije, Hemos terminado. Él se levantó y encontró su dedo agarrado firmemente por hilos de sutura a su ingle izquierda. No dijo nada, permaneció quieto mientras yo empezaba a llenar las órdenes médicas para hospitalizarlo en la sala única.

 

Las enfermeras empezaron a entrar, miraban el cuadro y salían nuevamente, sin hablar. Tuve que llamar con insistencia para que viniera una a vestirlo. Allí empezaron los problemas, porque no había considerado como lo inmovilizaba, así que la enfermera decidió ponerle un vendaje alrededor del tronco y el brazo, como si estuviera fracturado.  Cuando le fue a poner la camisa con el brazo en jarras, no entraba por la manga, pero el hombre no en vano había vivido toda su vida en el campo, se metió en la camisa, luego asomó el codo por el agujero e hizo fuerza hasta que rompió la camisa por la costura lateral, dejándola como una especie rara de chaleco.

 

Yo miraba con asombro y maravilla, nunca había visto algo parecido y me sentía como una especie de genio campesino que acababa de  descubrir la rueda. Había contado con suerte, porque en toda la noche de insomnio no había llegado un solo paciente al servicio de urgencias.

 

El señor Iván se levantó de la camilla y siguió a la enfermera por el pasillo, con una bolsa de suero sobre su hombro. Antes de salir, volteo y me dijo, Gracias Doctor.  Yo le estreché la mano y le dije que en la noche regresaba para verlo.

 

Fui a mi casa, con el cansancio acumulado dormí todo el dia y en la tarde, cuando me levanté, creí que había sido un sueño extraño. Fui a comer algo con premura, pero solo quería saber que había pasado con el hombre.

 

Ingresé al hospital y todos me miraban sin dirigirme la palabra, entré a la sala y empecé a observar a todos los pacientes, pero no encontraba el mío. Cuando fui a la estación de enfermería, la auxiliar me dijo, El director pasó revista y le dio salida.

 

Incrédulo, fui a la oficina, el sujeto todavía estaba en su escritorio, levantó la vista y ante mi pregunta, solo dijo, Ah sí, esos pacientes de fantasía no son para nuestro servicio, le dije que se fuera para otro hospital, aquí no podemos hacer esas cosas. Pero Doctor, si ya lo había hecho, intenté argumentar, solo para recibir la respuesta, No vuelva a hacer esas cosas con los pacientes, un médico debe hacer lo correcto.

 

Durante semanas, esperé en el servicio, que apareciera don Iván. Nunca volvió, aunque preguntaba por todas partes por el hombre de la mano pegada a la barriga.  Un mes después terminé mi servicio rural obligatorio y fui a la ciudad a trabajar. 

 

Estaba en mi consulta diaria de embarazadas y agripados, cuando una de las señoras, me dijo, Vio el tipo tan raro que hay en el semáforo del centro. Supe inmediatamente que había encontrado a mi hombre así que terminé a toda velocidad de atender a los que faltaban y corrí a ver el fenómeno.

 

Don Iván caminaba entre los autos, con su camisa abierta por un lado. Hablaba con los conductores y luego se levantaba la camisa, mostrándoles su extremidad, pegada como un hermano siamés a su abdomen bajo.  

 

Cuando llegué junto a él, empezó su retahíla, hasta que su cara se iluminó, Doctor, ¿Como le va? Yo aquí ganándome la vida. Que se había hecho, don Iván, porque no volvió a buscarme, atine a decirle.  El médico jefe me dijo que me fuera de allí, que no regresara. Yo fui a otros hospitales pero todos decían que a eso no le metían mano. 

 

Esa tarde, cancelé la consulta y entré a mi hombre a la pequeña oficina. Don Iván había logrado manejar con gran pericia su extremidad, pero ya era hora de separarla. Las suturas hacia días se habían desprendido y ahora gran parte de la mano estaba incluida dentro del abdomen. Corté hasta lograr retirar el dedo y la mano, dejando tejido redundante que se observaba como un pequeño martillo en el extremo de la mano, que el señor pudo manejar con facilidad.

 

Le dije, Don Iván, no se me pierda, que cada semana voy a ir quitándole un  poco de piel, hasta que su dedo se parezca al que tenia.  El hombre salió, seguramente pensando cómo iba a solucionar su comida de esa noche, sin aquel argumento poderoso.

 

Un mes después, ya había logrado quitar todo el tejido sobrante y el señor se despidió, para volver a la vereda a hacer lo que sabía.  Nunca más lo volví a ver, pero un año después recibí una llamada muy afectuosa. Don Iván me saludaba por navidades y quería contarme que de forma increíble, finalmente le había salido la uña, de forma y tamaño normal. El único problema que tenía y al que no le otorgaba mayor importancia, era que como el tejido que había servido como donante provenía de su abdomen campesino, había empezado a salirle vello idéntico al de su abdomen y debía afeitarse el dedo cada semana, cuando bajaba al pueblo por su paga.  

Publicado por Ivan | No hay comentarios

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