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LA CALLE

martes 20 de diciembre de 2011, 03:11:08 PM

 

Vacaciones… la mejor oportunidad para levantarse a las seis de la mañana por propia decisión a salir a trotar por la playa empantanada por la lluvia de la noche anterior.  El guarda de seguridad del hotel no colabora mucho cuando te dice con firmeza que debes dejar tu cámara de video, tu gorra de marca y tu dinero en la portería para  evitar malos momentos

 

Las personas que encuentras en la playa son los pescadores que están guardando las redes y elevando con dificultad las canoas hasta un lugar donde estén resguardadas de la marea, los ebrios empapados que durmieron en el arenal y se despiertan con la tierra húmeda en la cara y el cabello en desorden.  Algunos perros callejeros que se rebuscan entre las montañas de basura y las raíces de algas marinas que el mar embravecido trajo a la orilla.  La mirada de los basuriegos y los vendedores aun esta vidriosa a esta hora, no se evidencia que estén interesados en llevarse mi cámara a ninguna parte y tal vez perdí las mejores fotos de todo mi paseo. Mientras camino rápido, recuerdo que estas recomendaciones ya me las habían hecho  hace apenas un mes.    

 

Hace algunas semanas fui invitado a dar una charla sobre estrategias de afrontamiento a un grupo de docentes en una institución educativa en otra ciudad. Preocupado por llegar a tiempo, decidí viajar en mi vehículo en vez de esperar el servicio de transporte que irregular e improvisado nos brinda el hospital en que trabajo. 

 

Desconocer el lugar y los asistentes a nuestras charlas es una situación frecuente para los irresponsables que nos dedicamos a dar conferencias, el oficio narcisista de hacernos escuchar.

 

Una conferencia sobre educación en competencias y estrategias de afrontamiento para profesores de una escuela pública de la zona más pobre y marginal de la ciudad no era lo que podamos llamar una necesidad urgente para este público, pero el interés que habían mostrado me incentivaba a asistir.

 

La persona que me había invitado, la psicóloga asignada a la escuela, fue no muy cauta en su descripción del lugar y la forma de llegar.  Deberá pasar por el barrio más peligroso de la ciudad, así que lo mejor es que deje su vehículo en la calle principal, coja un taxi y le pida que haga un rodeo para evitar problemas, me dijo.

 

Para llegar al barrio en cuestión, dejaba la autopista luego de un giro en U pasando frente a un modesto centro comercial y unas piscinas comunitarias. Me detuve y miré hacia el fondo de la calle de doble sentido que después de unas dos cuadras se detenía en un semáforo que permitía el cruce y luego seguía por una vía cada vez más estrecha hasta un promontorio de tierra que a fuerza de uso se había convertido en puente de ingreso al barrio.

 

Decidí continuar hasta el semáforo y allí me detuve, mire por la ventana al auto que se detuvo junto al mío, una camioneta vieja de estacas cuyo pasajero me miro sobre el hombro y me dijo sin que se lo preguntara Gire a la izquierda hasta el sitio donde está el circo y luego devuélvase. No se le ocurra seguir derecho.

 

Por inercia y dando una rápida ojeada a la calle en tierra que me esperaba, hice caso, seguí por una callecita estrecha flanqueada de casitas viejas hasta el lote baldío donde un circo de pueblo pobre de fieras y de espectáculo esperaba con tristeza los niños antojados.

 

En la esquina del circo, empecé a dar la vuelta sin ganas y a la mitad espere a una señora que caminaba por el simulacro de andén. Me miró con semblante asombrado y luego me dijo que siguiera dos cuadras más hacia la derecha y girara por la tiendita del barrio hasta regresar a la calle principal, después del puente pero me recomendaba que tuviera cuidado.

 

Una vez llegué allí en medio de un ambiente cada vez más opresivo con callejuelas cerradas y casas en ladrillo y esterilla,  miré hacia el fondo, buscando lo que me ocultaba el promontorio, encontré una calle polvorienta en la que las casas más pobres del barrio se sucedían con la irregularidad de los lugares invadidos.  

 

Había un espacio vacío con piso de terraplén, una ceiba y unas rejas despintadas donde un par de policías de tránsito habían puesto con desgano unos reductores de velocidad y señales de pare.  Esto me animó y me dirigí hasta allí.

 

Uno de los guardas estaba hablando por teléfono móvil y cuando bajé el vidrio del lado del pasajero para pedirle indicaciones, metió la mano por la ventanilla y sin dejar de hablar por su aparato, me hizo señas pidiéndome los documentos del vehículo.  Yo trataba de explicarle que estaba buscando la caseta comunal y la escuela del barrio, pero el hombre no parecía entender.

 

Después de un rato, aparto la cabeza del teléfono, miró mis documentos y luego me dijo sin responder Yo nunca habría entrado por este barrio, pilas…  y prosiguió con su charla.

 

Más allá de ese remedo de parque sin niños ni balones solo quedaba la calle de polvo rojo que impregnaba las pocas casas de esterilla que se sucedían cada veinte o treinta metros entre lotes sin cercar. Avancé despacio, pensando en que me había metido y solo unas dos o tres cuadras  adelante encontré un hombre con una carretilla, estaba agachado buscando cosas entre las bolsa plásticas de basura y los restos dispersos a los lados de la calle y cada cierto tiempo sacaba un papel o una botella vacía y la tiraba a su carromato donde un perro amarillo se planta encima de una montaña de bolsas, papeles, trapos y botellas.

 

Como no podía pasar por la callejuela tan estrecha y haciendo de tripas corazón, decidí saludarlo y preguntarle cómo llegar  a mi cada vez más lejano lugar de conferencia.

 

El hombre volteo a mirarme y se levanto sin prisa, tenía una envoltura de papel en la boca y lamia lo que quedaba de comer, unos harapos por vestido y sus zapatos no casaban. Levantó la mano y señaló hacia adelante. Me dijo siga derecho y en la casa de material voltea a la derecha como unas tres cuadras luego por la vereda hasta el poste de luz pero tenga mucho cuidado  que hay gente mala por aquí.  Di las gracias con toda la humildad del caso y le indiqué su carreta.

 

Viendo mi cara de desconsuelo lo pensó un rato, se quitó el papel de la boca, me dijo Sígame y empezó a caminar llevando bajo sus brazos los de la carreta que tropezaba entre las piedras de la calle destapada. Unos centenares de metros después entró a la caseta comunal, abrió la reja del colegio y me ayudó a parquear mi auto dejando sus pocos bienes  y su perro en la calle.  

 

Publicado por Ivan | No hay comentarios

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