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CORTE CLASICO

miércoles 01 de agosto de 2012, 10:48:08 PM

  

Esta mañana llegué a la oficina estrenando perfil, estaba más bronceado por mis vacaciones y mi estilo de peinado era diferente al habitual. Los compañeros no dijeron nada, pero mis prevenciones por las risas y miradas fueron en aumento hasta el final de la tarde cuando ya me parecía escuchar carcajadas abiertas si alguno volteaba a mirarme.

 

Ninguno sabía que el fin de semana visité a don Gabriel, estilista campeón panamericano acreedor a trofeos y distintivos en la década del sesenta por su corte clásico cuando su pequeña peluquería del barrio Santa Isabel se había hecho conocer más allá del municipio lo cual lo hizo representante en el importante concurso internacional auspiciado por alguna cadena de tintes y otras cosas que las señoras se echan en el cabello. No importaba que no hubiera representación de otros países, porque de todas maneras el concurso los había invitado y el titulo que se otorgaba tenía ese carácter continental.    

 

Cincuenta años de peinar con un único estilo son bastante tiempo de entrenamiento, así que don Gabriel  puede hacer su trabajo con la pericia del experto mientras mantiene los ojos cerrados, echa carreta política durante media hora y presta su atención a las personas que pasan por la calle o sin ningún pudor olfatea y trata de adivinar que está cocinando mi mama, la vecina de la casa del frente.

 

Yo aprecio esas habilidades y paso por alto las recomendaciones de mis padres que pese a haber compartido barrio y cuadra con don Gabriel los últimos diez años prefieren caminar cuatro o cinco cuadras hasta donde Tano al que consideran mucho más confiable y aseado.  Mi madre en particular se asoma al balcón mientras don Gabriel limpia por sí mismo su negocio y luego coloca su trapero sucio sobre la moto que tiene en el antejardín,  pero el hombre me ha explicado en varias oportunidades que lo hace para evitar los ladrones. Confieso que no he logrado entender el argumento a pesar de haberle botado corriente en muchos de mis ratos libres.

 

El fin de semana la atención transcurría con la rutina habitual. Don Gabriel saludó e inmediatamente empezó a  quejarse por la incapacidad de Juan Manuel para tener los pantalones en su sitio como Álvaro, su pequeño héroe nunca suficientemente bien ponderado. Yo escuchaba en silencio con movimientos de cejas para expresar mi acuerdo o desacuerdo. 

 

Después de discurrir a favor del procurador y sus intentos de penalizar el aborto, el homosexualismo, el consumo de marihuana y disertar como siempre sobre su interés de enviarle una carta para incentivarlo a encarcelar a los que botan basura en la calle, las iglesias protestantes, los que entran a misa en pantaloneta y a todos los opositores, siempre llega al punto central en el momento en que me hace las patillas con la navaja retráctil con mango de carey, en el que se exacerba su verbo incendiario cuando recuerda a los peluqueros travestis que compitieron con él en el primer concurso panamericano de peluquería de 1968 y expresa su interés en que la pena de muerte que espera sea aplicada a los guerrilleros capturados también pueda comprometer a muchos de sus colegas de gremio que no saben manejar una tijera trefiladora con la pericia que conserva a pesar de sus ochenta años.

 

Mientras don Gabriel hace lo suyo con su brocha y su navaja, yo dormito o intento asignar alguna edad a las pirámides de cepillos usados que coge con sapiencia, a las botellitas de fragancia que a veces me echa en el cuello o a las rasuradoras manuales Braun o Remington que se oxidan lentamente. En las alacenas se reúnen un búho de madera, la foto de La Fiera, el calendario de peluquería del año anterior y cientos de revistas manoseadas y con orejas en sus esquinas.

 

Esta vez don Gabriel iba con su ritmo habitual: corte con la Remington, barbera, rasuradora, navaja para las patillas y el cuello, luego agarra la tijera trefiladora y se afana en domar  mi cabello adelgazándolo, cuando por la esquina doblaron los niños de las chirimías. Dos diablitos vestidos de rojo y negro llevan los sombreros y mientras bailan piden a los transeúntes, seguidos por tres o cuatro muchachos mayores que visten de todos los colores y tratan de llevar un ritmo uniforme con sus tamboras.

 

Don Gabriel se detuvo y salió a la calle, los miró un momento y les dio unas monedas. Luego regresó a su trabajo en mi cabeza, con la tijera en la mano. Intentaba empezar de  nuevo y ya atizaba sus quejas hacia la fiscal y su marido malandrín cuando otro grupo baja por la carrera y el hombre repite su óbolo, mientras los mira perderse en la esquina.

 

Yo seguía entretenido con mi enumeración visual de objetos anticuados mientras don Gabriel me explicaba que los muchachos que bajan desde Siloé deben pagar un alquiler del disfraz y tocar durante horas para poder hacer suficiente para el dueño del vestido y llevar algo a casa. No sabia del asunto y me interesó tanto saber que estas manifestaciones culturales también tenían su asunto comercial, que pasé por alto que don Gabriel tomó de nuevo su afeitadora.

 

La motilada iba para largo, pero  un dia domingo 25 de diciembre  con un solo cliente bien permitía al peluquero hacer un trabajo concienzudo y a mi relajarme mientras el hombre me afeitaba las patillas solo interrumpido por los dos o tres grupos de diablillos que se asomaban a la puerta a esperar las monedas.

 

Finalmente don Gabriel consideró que el asunto era suficiente, cogió el espejo y me mostró como había logrado en mi cabeza su excepcional corte clásico.  Asentí con satisfacción y ya me aprestaba a pagar cuando el tono de su discurso cambio, me dijo Doctor, tengo un amigo que esta teniendo problemas de memoria, usted cree que será por los años, porque el hombre todavía puede hacer muy bien su trabajo.

 

Yo aproveché para disertar sobre la demencia senil y como cada vez se habían descubierto medicamentos para este mal, le entregué mi tarjeta y le expresé que con mucho gusto podría ayudar a su amigo si pedía una cita con mi secretaria. No me di cuenta que mientras hablaba, don Gabriel había cogido nuevamente la rasuradora con la cuchilla numero uno y había anudado la pañoleta alrededor de mi cuello como cuando empezamos.

 

Dos horas después, logramos por fin terminar la sesión mas larga de corte clásico que  haya existido y cuando levanté mis ojos me pude mirar como un hombre nuevo, entonces salté de la silla con premura y le dije Gracias don Gabriel, me da por favor mis vueltos del billete de cincuenta.

Publicado por Jason | No hay comentarios

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