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BABESIA Y SENTIDO COMÚN

miércoles 29 de febrero de 2012, 03:47:39 PM

 

 

Hanna llegó en avión desde Bogotá.  Venía en un guacal gigantesco en el que era difícil ver esa hermosa pelota de pelo blanco. Habíamos insistido en que llegara para el dia de navidad y como resultado la enviaron antes de que cumpliera los dos meses.

 

Apartarlo a uno de la madre sin mayor consideración debería constituir un delito y la pobre solo se quejaba con un gemido casi inaudible que con el paso de los días se convertía en un lamento estremecedor.  Mis hijas empezaron  a llorar en conjunto con el pobre perro y entendimos que era el momento de acudir al sitio lógico.

 

La veterinaria no parecía un lugar de atención de enfermos sino un almacén de productos de marca donde los collares de colores alternaban con calzones y vestidos, dulces y alimentos de diversas marcas, pelotas y juguetes de todos los tamaños.  La joven que atendía estaba disfrazada con un traje de dálmata pero  escuchó nuestra queja con semblante de conocedor. Nos hizo sentar en una banca de madera al fondo del local que hacía de antesala a la habitación trasera donde un hombre joven revisaba otro perro.

 

El sujeto vestido con una bata blanca y con anteojos de marca a modo de diadema, en pose de suficiencia,  nos atendió con mucha amabilidad, luego sacó a Hanna de su caja, la dejó sobre la mesa y empezó a empujarla suavemente para que caminara.

 

El animal se levantaba y daba dos o tres pasos, pero luego se echaba sobre su panza. No estaba muy juguetón que digamos  y tampoco se defendía cuando el hombre la volteaba sobre su espalda. Le tocó la nariz y puso cara de preocupación. Le tomó la temperatura y le revisó la lengua.  En ese momento se volteó hacia nosotros y nos dijo: Hay que dejarla en observación, tomarle unos exámenes de laboratorio y ponerle líquidos endovenosos porque esta con fiebre

 

Varias horas después, el hombre trajo en la mano la prueba reina: El laboratorio lo ha confirmado. Tiene Babesia sp. Es una enfermedad mortal si no hacemos el tratamiento de inmediato.

 

Mis hijas y mi esposa empezaron a llorar y aparentemente esta iba a ser la peor navidad de la que tenga noticia, pero  mas allá del asunto emotivo, me acerqué al hombre y le dije como cualquier paisano: Oiga doctor ¿y cuanto cree que me puede costar esto?

 

Me miró como se hace con un desalmado sujeto solo interesado en asuntos venales cuando allí se debatía un precioso animal entre la vida y la muerte, y me indicó que fuera donde la señorita del disfraz de perro.  Fui hasta la caja y la joven empezó a hacer cuentas por varios minutos, luego me pasó un papel que me hizo sentar mientras mi esposa miraba mi cara repentinamente pálida.

 

Dos días después, varias bolsas de suero y medicamentos impensables, el animal seguía echado y gimiendo sin mayor expectativa de recuperación.  Mis hijas lloraban a mares cada vez que íbamos a ver como seguía.  La tarjeta de crédito empezó a mostrar algunos baches y cada vez que la pasaba recibía una llamada de confirmación de una señorita que ya me preguntaba como seguía mi perro.  

 

Cuando el veterinario me llamó aparte y me dijo que el pronóstico era muy malo porque el animal padecía una enfermedad exótica, que debíamos prepararnos para lo peor y que me recomendaba que la próxima vez que comprara un perro fino lo hiciera en su criadero y con cierta anticipación empezara el pago de un servicio de medicina prepagada perruna para excluir la posibilidad de enfermedades preexistentes, pensé que había cometido un grave error.

 

Tomé mi teléfono celular y marqué el numero de la perrera, me contestó la secretaria del vendedor y como no sabía la forma de reclamar, le expliqué que el animal que me habían vendido como la alegría navideña para mi hogar venía con una enfermedad extraña que según había investigado en internet solo se adquiría a partir de una garrapata africana y que en vista de la imposibilidad física de que el perro hubiera sido traído de ese continente, la única explicación era que la madre fuera un huésped involuntario y asintomático de ese extraño bicho.

 

En medio de la discusión telefónica con la señorita, le rogué que acabaran con su perrera para evitar la diseminación mortal de esa enfermedad,  que tal vez podía convertirse en una pandemia que fuera transmitida a los humanos.

 

Al cabo de un rato pasó el propietario del criadero que me gritaba por el teléfono que era imposible que tuviera esa enfermedad y que no me iba a devolver mi dinero porque mi animal estaba requeté vacunado contra todos los bichos que existen en el mundo canino.

 

Furibundo, empecé a pensar si ya era hora de darme por vencido, cuando se acercó mi hija mayor y me dijo llorando: Papá ¿No será que le  hace falta la mamá?

 

Todo en uno, pagar, quitarle la aguja de la pata y  meter el perro en el guacal y correr al aeropuerto para enviarla a su casa, fue hecho a la carrera.  Cuando el avión estaba en el aire llamé al dueño del criadero y le dije que le enviaba el perro con su Babesia para que lo cuidara la mama.  El hombre sonrío, creo, y no dijo nada.

 

Un mes después, la bola de pelos con 1500 millas en su tarjeta de viaje  y un kilo de peso llegó otra vez a casa dispuesta a ladrar y molestar a los vecinos dia y noche.

 

Hace unos días una amiga me dijo que estaba bastante preocupada porque  su cachorro se había fracturado una pata y después de enyesarlo tenía una cara triste, por lo cual  el veterinario lo había dejado hospitalizado mientras le hacía algunos exámenes de sangre.  Esta mañana recibí por internet la noticia de su dueña, que me decía que el animal tenía una enfermedad exótica y que había tenido que hacer un préstamo para pagar los medicamentos veterinarios que de forma sorprendente eran bastante más costosos que  sus equivalentes humanos.

 

Hanna cumplió cuatro años en diciembre  y se me ocurre que aunque no ha logrado obtener su carné de medicina prepagada tal vez pueda cuidar un cachorro enfermo mejor que muchos veterinarios o médicos humanos. 

 

Publicado por Jason | No hay comentarios

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