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Regresión

sábado 17 de marzo de 2012, 05:28:46 PM

 

 

Ignoro lo que pasará por las cabezas de los perros de la guerra en cada combate pero es seguro que reaccionaran diferente a mi  cuando en la madrugada del jueves pasado salí del túnel numero dos y observé que los tres automóviles que me antecedían se habían detenido abruptamente y no comprendí que pasaba. Permanecí en el vehículo, con las luces estacionarias encendidas y  preocupado porque alguna de las tracto mulas que había acabado de pasar en la vía no alcanzara a detenerse y me arrollara.

 

Solo cuando me aseguré que el camión gigante se había acomodado con todo su corpachón justo detrás de mi auto volteé a mirar hacia adelante intentando entender que ocurría. Nada se observaba, la vía estaba desierta pero los conductores se habían bajado de los autos y se resguardaban detrás de ellos, mirando a lo lejos. Bajé entonces el vidrio y me enteré por vía del chisme que el ruido como un tableteo repetido e intenso que escuchaba constituía un “hostigamiento de los irregulares”  a la policía que se encontraba al otro lado de la vía y a los soldados que hacían presencia en la carretera. 

 

El ruido no era ensordecedor pero se repetía con cierta regularidad y la intensidad sugería que el enfrentamiento ocurría en los alrededores. Tuve que hacer mucho esfuerzo para identificar el centellear de los disparos en lo alto de las montañas y entre la vegetación selvática que rodea esa trocha en que se ha convertido la carretera Cabal Pombo que conduce a Buenaventura. Los disparos salían de diferentes puntos por lo que pude colegir no era un ejército organizado sino unos cuatro o cinco francotiradores que apuntaban a los pocos soldados que se resguardaban entre las piedras de la margen izquierda de la vía.

 

De todas maneras, la situación parecía más un partido de tenis entre Federer y Nadal en el que no alcanzabas a ver las caras de ferocidad de los contrincantes ni tampoco observas la bola que va tan rápido que solo imaginas que está allí pero en este caso debes preocuparte por algo más que por el costo de las boletas.  Los que estábamos apostados junto a la entrada del túnel observábamos  las ráfagas de ametralladora del borde de la carretera y luego las ripostas entre los árboles, cada vez mas inundados de la claridad del dia.    

 

El asunto por largas dos horas se iba convirtiendo en algo monótono excepto que cada dos o tres minutos llegaba un nuevo y obeso conductor de tracto mula a preguntar qué pasaba y repetíamos la misma noticia hasta cuando a eso de las siete se empezó a producir movimiento dentro del túnel, pitos y gritos, mientras un vehículo militar trataba de pasar por los escasas brechas que dejaban centenares de camiones estacionadas sobre la vía. 

 

Con dificultad y atizados por las obscenidades de los soldados, los conductores fueron moviendo sus vehículos hasta que el camión acorazado llegó y con desparpajo se detuvo junto a la desembocadura del túnel justo al lado de mi auto y ocupando la mitad contraria de la calzada e impidiendo completamente el paso de retorno.  Luego a gran velocidad empezaron a bajar soldados bastante diferentes  a los enclenques regulares que custodian la vía. Todos se veían  muy fornidos y cargaban con una sola mano armamento de alta velocidad, gritando a los conductores que nos habíamos bajado de los autos “Todo mundo a esconderse debajo de las mulas”.

 

Algunos de los conductores de vehículos particulares corrieron a guarecerse cumpliendo la orden, pero los choferes de las tracto mulas por su experiencia previa o por su sobrepeso que les haría prácticamente imposible meterse debajo de un camión, siguieron parados observando.  Yo miré con desaliento mi auto y pensé que si salía de esta debía comprarme una camioneta o algo así. Luego me senté lentamente dentro del auto, esperando que fuera suficiente. 

 

Encendí la radio y constaté cual es el medio de comunicación más veloz, pues mientras yo estaba allí sentado observando sin pensar como entre dos soldados empezaban a armar a unos cincuenta metros delante de los  autos un trípode algo más grande y de apariencia más fuerte que el de mi cámara de video, el locutor de la emisora que con interferencias alcanzaba a escuchar, me informaba de forma por demás rutinaria que esta mañana entre las cinco y las siete había ocurrido un hostigamiento de la guerrilla en el corregimiento de Cisneros de la vía al mar, con varias ráfagas de fusil AK-47 que impidieron el tráfico vehicular y que los irregulares fueron repelidos cuando llegó el batallón de alta montaña que los atacó con rockets y granadas de fusil.   

 

Granadas. Sin poder creerlo, levante la vista y me di cuenta que el trípode era un lanzacohetes que empezaba a ser dirigido por un militar con apariencia de ser el jefe, hacia un objetivo que estaba fuera de mi vista.  Luego bajó la mano pero no gritó “fuego” como me hubiera imaginado y entonces un proyectil salió despedido, mientras una onda sónica atronadora se difundía por todo el cañón del rio y por el túnel.

 

No vi donde cayó la bomba pero evidentemente no había dado en el blanco  y alguien había considerado que ese era el objetivo a atacar porque las ráfagas de ametralladora se dirigieron hacia nuestra dirección mientras el Rambo se guarecía.  Me asuste. Había cambiado de observador de un acontecimiento a participante activo.

 

Todos los choferes corrieron a esconderse bajo el túnel, mientras  yo empecé a pensar que la situación se había puesto demasiado grave y que había llegado el momento de hacer las cosas importantes. Tomé con nerviosismo el teléfono y marqué lentamente, pensando con cuidado lo que iba a decir. 

 

Despedirse por teléfono de los seres queridos es algo bastante complejo, decir las cosas apropiadas y que suenen bien, es cruzar la línea emocional que divide el afecto del teatro, bordeando el precipicio del ridículo. Decir que los quieres no cabe en la misma frase con las instrucciones sobre cómo disponer tu cadáver, que no quieres que haya mariachis o discursos en el funeral o sobre como reclamar el seguro.

 

Timbre. Granada. Ráfagas. Timbre. Granada. Ráfagas. Cuando el soldado metió la cuarta granada en el tubo, apagué el celular y mi mamá no contestó. La vida no vale nada. Pensé en los tipos del avión de Air France que se alcanzaron a despedir de toda la familia justo antes de aterrizar sanos y salvos en  las islas Azores ¿Porque mi mamá no me deja hacer el ridículo?

 

Que las decisiones son emocionales me lo hizo saber al minuto siguiente el conductor del auto que estaba delante de mí. Sin mirar a nadie en particular, dijo como para sí ¿Qué demonios estamos esperando aquí?

 

Encendí el auto y recordé lo último que el locutor del radio ya hacía rato había anticipado,  los irregulares se dieron a la fuga a eso de las siete de la mañana con  rumbo hacia las selvas del Choco sin causar víctimas. La radio no se equivoca. 

 

Miré el reloj, eran las siete y cuarto. Aceleré, alcance el primero de los autos que huía y cruce a toda velocidad mientras los empleados de la concesión empezaban a levantarse por el borde de la carretera. 

Publicado por Ivan | 1 comentario

Comentarios

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  • MAURICIO dijo:

    Definitivamente Doctor Osorio, a usted le suceden unas cosas únicas, y la verdad, es muy agradable escucharlas, pues además de simpáticas siempre dejan una enseñanza para la vida; aunque esta estuvo bastante peligrosa? espero prontamente la historia del neón azul? jejeje

    Lun 19 Mar 2012 08:38:21 COT

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