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NEÓN AZUL

sábado 24 de marzo de 2012, 02:52:07 PM

 

 

Cinco años de viajar a Buenaventura cada semana han convertido en rutina una de las experiencias más emocionantes de recorrido por carretera que pueda existir en Colombia y seguramente en el mundo.  Todos los días alguien tiene cosas para decir o una queja que expresar de la manera más inadecuada: impidiendo el paso hacia el mayor puerto exportador del país que no tiene otra forma de comunicarse con el interior que esa mal llamada carretera Cabal Pombo.  

 

A veces las comunidades negras están reivindicando sus derechos y pidiendo que los respeten,  los grupos indígenas quieren llamar la atención sobre el abandono en el que los tienen, los maestros se quejan porque no les han pagado o los estudiantes porque los maestros no les dan clases. En ocasiones los transportadores cierran la vía por el  deterioro en que se encuentra, por el aumento del costo de la gasolina o de los peajes  o porque han sido víctimas de robos por delincuentes comunes o por los insurgentes, que también cierran la vía cuando les viene en gana.

 

En ocasiones me ha tocado permanecer horas esperando porque la comunidad se queja debido a que el cruce del tren por el centro del municipio no tiene señalización y han ocurrido catástrofes evitables con una sencilla barrera en el paso a nivel.  Los pescadores han hecho su trabajo impidiendo el paso para quejarse por el aumento de los combustibles y también porque los peces ya no caen en las redes. Los empleados del hospital después de varios meses de trabajar sin paga o los burócratas de la alcaldía porque han encarcelado a alguno de los líderes, las comunidades asentadas a ambos lados de la vía porque no les dan el dinero que piden para abandonar los terrenos invadidos por donde va a pasar la ampliación. 

 

Algunas de las más interesantes movilizaciones fueron la de los dueños de uno de los restaurantes que bordean la vía porque con la construcción de un túnel las tracto mulas no pasaban por el frente de su negocio  o la de las comunidades indígenas que se encuentran en zona rural del rio Naya que sentían que los afros que moraban en sus alrededores los estaban menospreciando y maltratando.

 

Una muy grave ocurrió hace cerca de un año cuando la comunidad que estaba contaminando el rio que  desemboca en la bahía se quejó porque el ejército había desalojado, después de dos o tres años de pedidos de los grupos de  ambientalistas y de exigencias de la justicia, las más de doscientas palas mecánicas que estaban destruyendo el rio Dagua en el sector de Zaragoza y en los alrededores de las zonas de reserva forestal de San Cipriano en búsqueda de oro de aluvión.

 

Cuando el ejercito empezó a desalojar las palas mecánicas, esperaba que los dueños se quejaran y posiblemente hicieran una manifestación pero nunca esperaron que más de dos mil personas salieran a las vía e impidieran el paso atravesando toda clase de artefactos, autos, camiones, arboles y rocas de diferentes tamaños, con quemas de vehículos y desperdigar de tachuelas por la vía exigiendo que les dejaran escarbar el suelo del rio.

 

En la tarde cuando inicié el regreso a Cali encontré la larga fila de tracto mulas que no pueden evadir estos acontecimientos. Después de correr en doble fila arriesgando un mal golpe, logré llegar hasta los alrededores del basurero municipal, aproximadamente en el kilometro 21 de la vía y allí me fue imposible seguir. Como los paros y obstrucciones son tan frecuentes siempre llevo algunos libros y trabajos que aprovecho para adelantar mientras pasa el tropel pero en este caso la situación se estaba tardando más de lo habitual. A eso de las diez de la noche los señores que en estos momentos salen a vender tinto y gaseosa a los camioneros estacionados empezaron a recomendar a los que pudieran, devolverse, lo cual pase por alto.

 

Dos horas después, cuando ya había terminado de leer dos revistas y empezado un libro de Saramago, el grupo de personas que pasaba por allí, cambió. Ahora eran un grupo de hombres vestidos solo con bluyines desgastados y con garrotes de madera de mediano tamaño que golpeaban las llantas de las tracto mulas y les decían a voces a los choferes que eran “el grupo de autodefensas que va a cuidarlos esta noche por la módica suma de veinte mil pesitos”.

 

Con mi clásica valentía ante situaciones similares, en cuanto oí este discurso dirigido al auto que me antecedía, encendí el motor y puse pies en polvorosa considerando que lo mejor que podía hacer era buscar un hotel para pasar la noche y madrugar al dia siguiente a explicar en el Hospital la razón de mi tardanza.

 

Buenaventura es un pueblo grande que a lo largo de dieciséis kilómetros bordea la carretera que lleva a Cali.  El centro queda junto al mar en una isla sobrepoblada que parece la cabeza de una serpiente cuyo cuerpo se extiende hacia el interior.  Los hoteles se encuentran junto al mar y devolverse a esa hora de la madrugada a buscar uno parecía un recorrido aburridor que no tenía ganas de hacer.

 

La idea que se me ocurrió en ese instante fue buscar acomodo en alguno de los moteles que circundan la carretera a la salida de la ciudad.  No parecían hoteles cinco estrellas ni mucho menos pero me evitaban tener que ingresar nuevamente al pueblo ya que tendría que rehacer camino en la madrugada.

 

El motel Secretos queda al borde de la carretera, un muro alto, pintado de amarillo desvaído con el tiempo, rematado en un letrero gigante con el nombre y dos cupidos con apariencia de niños gordos alados y disparando flechas que atraviesan corazones.  Debajo el lema burdamente calcado “un lugar para el amor” con los inevitables y ambiguos ofrecimientos “cómodas habitaciones con TV, servicio personalizado”.

 

El señor que me abrió la puerta, vestido con uniforme y gorra de portero, me saludó con un gesto y al pedido de una habitación, me preguntó si venia solo. Ante la respuesta afirmativa, me hizo seguir por el patio estrecho circundado por varias habitaciones individuales que se pasan de sesgo para evitar encuentros sorpresivos.  

 

Una joven negra me abrió la puerta y cuando me vio bajar del auto con mi bolso de mano  se me acercó y me preguntó nuevamente: ¿viene solo el señor? A lo cual respondí que si e ingresé a la habitación que estaba a oscuras. Busqué el interruptor y la habitación se llenó de una luz azul intensa que hacía ver todo como si estuviera en la parte inferior de un estanque. 

 

Con dificultad en adaptarme a la luz, acomodé mi computador y el libro sobre la cama con los infaltables cisnes besándose y formando una figura de corazón en la cabecera y esperé que la señorita saliera, pero ella continuaba allí. ¿Se le ofrece algo más, señor? Pese a la negativa no se iba ¿Espera a alguien? Dije que no con alguna impaciencia y la señorita cerró la puerta tras sí. Luego de unos minutos tocó por la ventanilla superior que tenia la puerta. Abrí toda la puerta y me dijo: Tenemos otros servicios: comida, lo que se le ofrezca.

 

Di las gracias y cerré la puerta con algo de angustia. Ella puso la aldaba por la parte exterior. Empecé a revisar el cuarto. No había manera de saber que tan limpias estaban las sabanas pues el color azul impregnaba todo. Igual el baño, que hacía mucha más sombra por la falta de un espejo. Había un gran espejo ornamentado con bisel  y un par de mesas empotradas en el borde superior de la cama. En una esquina, un televisor de pantalla plana casi incrustado con herrajes a la pared. Ninguna ventana.

 

Me recosté en la cama y llamé a la casa a informar que no podría atender la visita que había venido desde Bogotá. Cuando conté que estaba en una pecera me pidieron que encendiera el internet para mostrarles el lugar pero por más esfuerzos que hice no pude lograr que el modem permitiera conexión. Solo pude enviar unas cuantas fotos por el teléfono antes que se descargara.

 

Ahora estaba solo en el cuarto, sin mayores posibilidades de contactarme con el mundo exterior, con una aldaba que me impedía salir.  Traté de leer pero era tan imposible como leer en el fondo de una piscina. No pude encontrar un enchufe para mi portátil y en cuestión de minutos  el aparato se descargó.

 

Empecé a mirar hacia el techo,  pero el índigo de las lámparas de neón era muy molesto y no pude hacerlo. Entonces empecé a  pensar con algún temor si no estaba a merced de cualquiera que quisiera secuestrarme y pedir algún rescate a mi familia.  Mi cabeza daba vueltas tratando de recordar si había informado el nombre del sitio pero no conseguía hacerlo.

 

El mundo submarino empezaba a marearme. Encendí el televisor y después de observar por algunos minutos las poses y gemidos sexuales de una pareja, me aburrí e intente cambiar de canal, pero no había otra opción. Tenía televisor, pero en un solo canal.

 

Miré el reloj. Eran casi la una de la madrugada. No podía dormir. No estaba acostumbrado a masturbarme para distraer el tiempo y además sonaba muy adolescente. Pensé que no había comido nada desde el medio dia y decidí llamar a pedir algo de comida. La señora que me contestó me hizo el ofrecimiento motelero: Solo tenemos salchipapas y gaseosa o cerveza. Le hice caso. Salchipapas con gaseosa.

 

Cinco minutos después,  sentí que tocaban por la ventanilla superior de la puerta y  abrí la puerta del garaje. Me esperaba una joven bronceada, vestida con un top  y un pantalón elástico chicle, con zapatos de tacón y las uñas largas y pintadas. Traía una bandeja gigantesca llena de papas a la francesa y  salchichas en trocitos. ¿Porque tantas? Es que estamos en promoción dos por uno.  Me la entregó con la mano en la cintura ¿Se le ofrece algo más?

 

Perdí el hambre del todo. Recordé los consejos de mis tíos. Las putas son sucias. No, señorita, gracias. Me acosté sobre la cama y empecé a tratar de comer las papas frías que sabían a cartón. Uno o dos minutos después sentí que volvían a correr la aldaba y quede solo con mis papas fritas.

 

No pude comer más de dos o tres. Habían chorreado gran cantidad de salsa rosada sobre la bandeja y me empecé a imaginar que vendría alguna cucaracha a cenar. Tal vez podría morderme a mí. Levante con cuidado y algo de asco el colchón de espuma y no se veía nada más que el cobertor plástico. No pude dormir al lado de una montaña de papas fritas. Llamé otra vez. ¿Podría venir por la bandeja?

 

La joven vino al instante y miró con sorpresa la bandeja llena. ¿No le gustaron?  No conteste. Fui a cerrar la puerta ¿puedo ofrecerle algo más?

 

Me sentía como cuando un vendedor te pone el pie en la puerta ¿Es que no hay otro canal? Me miró con sorpresaAntes teníamos otros pero como nadie miraba nada más. No  supe que mas decir. Cerré la puerta despacio y trate de hipnotizarme con el tubo de neón azul esperando ver a Enzo en las profundidades y saltar algún delfín.

 

Cuatro horas después, sin haber dormido un segundo imaginando como sería la vida en una celda de aislamiento me levanté, timbré y con  alivio al sentir descorrer la aldaba, sin bañarme salí de allí.

 

Cuando pedí la cuenta, me sorprendió el alto costo y lo comenté a la señorita. Es que estamos cobrando la persona extra.   ¿Cual persona extra? ¡Si yo vine solo!  Sí, pero  como el sistema solo reconoce el servicio a partir de dos.  ¿Entonces porque no me cobra por dos? Es que como todo mundo lo vio entrar solo, no lo puedo ingresar como una pareja. Pero yo permanecí solo en la habitación y ni siquiera encendí el televisor. Claro, pero pudo haber hecho uso de todos nuestros servicios complementarios. 

 

Maldiciendo a mis tíos recorrí en hora y media la carretera Cabal Pombo, zigzagueando en medio de las tracto mulas y los destrozos de la noche anterior. 

 

Publicado por Ivan | No hay comentarios

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