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MI PRIMERA INSTALACIÓN

domingo 08 de abril de 2012, 09:25:25 AM

 

Estaba muy contento de estar allí. Nunca había tenido la posibilidad de conocer de cerca el arte conceptual. De hecho no sabía que era una instalación, pero no quería cambiar de siglo sin esa noción en mi cabeza.  En mi pueblo el rezago de todas estas cosas de la modernidad era evidente.

 

Ninguno de mis vecinos imaginaba que en una pared pudiera colgar algo diferente a una pintura bucólica en la que siempre habría una choza con el techo de paja al borde de un rio que cae haciendo meandros hacia un lago con patos y un primer plano de un guadual que se inclina sobre el riachuelo. Al fondo debería entreverse una cadena de montañas en diferentes tonos de gris en la que pastan unas vacas. Algunas nubes y un sol resplandeciente completan el cuadro que se repite en todas las casas de alcurnia, en diferentes tamaños de cuadro, de choza, de tonos de gris para las montañas o de verde para la arboleda.

 

Mi compañera de trabajo, sorprendida de mi analfabetismo artístico me invitó a acompañarla esa tarde a la presentación de arte moderno y conceptual que  se realizaba en el museo de la ciudad. Mi primo es la estrella principal, me decía con orgullo. Pero debes tener la mente abierta, añadió.

 

Llegamos caminando por la orilla del rio hasta el lugar elegido, que no era otro que la antesala del museo. Yo iba con mis ojos, si no mi mente, bastante abiertos pues en el camino encontramos una volqueta llena de tierra hasta su tope. Lo realmente sorprendente eran las seis cabezas humanas que se levantaban del cerro de tierra, oscurecidas en su totalidad por el polvo gris con el que las cubrieron, abrían las bocas y sacaban las rojas lenguas que era lo único de otro color en todo el asunto.  

 

Me detuve largo rato preguntándome que querían decir con esto esos muchachos, pero mi conocimiento sobre arte conceptual apenas empezaba así que avance sin pensar más, seguro de que mi pobreza intelectual no me permitía entender ese ambiente agresor que buscaba una reflexión de la que me sentía incapaz y  me deje arrastrar hacia el centro del lugar.

 

El jardín estaba pleno de propuestas llamativas: las dos señoras que compartían un saco con tres mangas querían representar la vida de los siameses o tal vez la interdependencia enfermiza de las parejas actuales;  la señora calva que había recolectado toda clase de pelos formando una bola gigantesca que decía corresponder a un tricobezoar que había sido semidigerido por ella misma a lo largo de varios años y luego un cirujano había recuperado para exponerlo al mundo como la contribución de un estomago al arte universal;  la arena que caía de forma rutinaria sobre el escritorio de la directora de un colegio hasta convertirlo en una gran duna que aparentemente representaba el contenido encefálico de la citada funcionaria.

 

Mi amiga me hablaba mientras caminábamos por entre toda esa serie de objetos y personas raras, explicándome que las instalaciones eran una propuesta artística que se basa en lo efímero, en que el arte se encuentra a nuestro alrededor y que debemos estar alerta para verlo pasar. Que el concepto es lo importante y que todo lo que de alguna manera puede extasiar nuestros sentidos es bienvenido y echa por tierra todo aquello que como la pintura o escultura convencionales no nos motiva a pensar y a dudar.

 

En esas estábamos cuando llegamos a la plazoleta anfiteatro donde haciendo honor al nombre del lugar un sujeto de unos cincuenta años con pelo largo y canoso recogido en una cola de caballo se había quitado la camisa mordiéndola con fuerza. En ese momento puso su mano sobre una mesa de madera rustica, dos muchachos la cogieron cada uno por su lado y sin pensarlo dos veces, con una pequeña hacha  se cercenó la falange pequeña de su dedo meñique, luego escupió la camisa y soltó un grito estremecedor que fue seguido por un murmullo de asombro, aplausos y silbidos de los asistentes. 

 

Yo brincaba agarrándome la mano como si fuera la mía la que hubieran amputado, luego me tapaba los ojos y me estremecía ante tamaña estupidez.  Me senté en las gradas lloriqueando, incapaz de entender que pudo haber motivado al sujeto a mutilar su cuerpo para impresionarme.  Indudablemente había logrado su objetivo y seguramente la imagen me perseguirá a lo largo de mi vida, pero alguien debía explicarme su intención de hacerme participe de la violencia cotidiana que impregna la vida de todos en este país cuando tenía suficiente con las imágenes que salen en la televisión, para ver una mutilación en vivo que solo había despertado aplausos y risas nerviosas en el publico. A mi modo de ver, no lograría que yo me convirtiera en un pacifista ni que los criminales que no habían asistido y seguramente entendían lo mismo que yo, dejaran de serlo.  

 

Es más. Después de un rato, cuando recuperé el aliento y tuve el valor de mirar a mi compañera, me di cuenta que nadie había salido corriendo para su casa sino que esperaban tranquilamente que retiraran al demente que se agarraba la mano con un trapo mientras lo conducían al hospital, según imagino. El asunto no había pasado de la anécdota que hoy, diez años después recuerdo con escalofríos mientras observo el lienzo que fue el acto final de aquella tarde.

 

Vámonos de aquí, me acuerdo que dije, pero mi amiga no estaba dispuesta a ceder ante mis impulsos regresivos y atávicos hacia el arte pastoril. No iba a permitir que mi casa se llenara de chozas, vacas y guaduales sin antes darme a conocer las propuestas estéticas de su primo, el ganador del último concurso de arte conceptual en el exterior.

 

Ya empezaba a oscurecer cuando nos invitaron a entrar a una de las salas, caminamos entre los diferentes artefactos inútiles que decoraban el piso y las paredes, cajas llenas de figuras de sal que se iban deshaciendo, estatuas de apariencia precolombina con orejas del ratón miguelito y los videos que se repiten una y otra vez sin decir nada más que lo que uno quiera interpretar.  

 

Como no entendía mayor cosa, decidí sentarme en las gradas que circundaban el área central de la sala, donde un gran lienzo blanco esperaba a nuestro primo conceptual. Poco a poco, los demás fueron tomando su lugar y empezaron a hablar lo interesante que había sido tal o cual propuesta, ensalzando o defenestrando una obra con calificativos rimbombantes y en muchos casos tan abstrusos como ella.

 

Después de un rato, el silencio empezó a imperar,  con algunos bostezos y llamadas al artista que se hacía esperar.  Cuando ya algunos empezaban a quejarse en voz alta, se observó un movimiento en la puerta. Los que estaban junto a las entrada corrieron a ocupar su puesto, mientras hacia su entrada triunfal el artista, vestido impecablemente de blanco con un traje parecido al de un judoca y también sin calzado, sudaba profusamente y caminaba con dificultad cargando como un fardo el cuerpo exánime de un hombre enjuto vestido pobremente con una camisa de color indefinible y un jean roto y mugroso que parecía no haberse quitado en años. Tenía el cabello largo y en desorden, que se continuaba con una barba que jamás había conocido tijera, que contrastaba con el cabello largo y lustroso, de la cola de caballo del artista. 

 

En medio de los aplausos, el primo se deshizo con algún cuidado de su peso muerto, que para entonces se observaba con claridad estaba amarrado de pies y manos con una cabuya gruesa.  Lo depositó con suavidad sobre el lienzo y a gran velocidad empezó a moverlo hacia todos lados, estirándolo y empujándolo de los pies, mientras el hombre conservaba su aire estático. Unos cinco minutos después, lo agarró de los pies y las manos y lo sentó a un lado del salón, mientras sudoroso empezó con ayuda de algunos voluntarios a levantar el lienzo embadurnado que había cambiado de forma predecible su color blanco por un café o gris oscuro e irregular y nos dijo, con ustedes mugre.

 

Hoy, doce años después, mientras contemplo en la pared del museo ese lienzo manchado que figura entre los invaluables de la sala, recuerdo que cuando varias decenas de personas reunidas allí aplaudían y vitoreaban de pie al artista, me acerqué a mirar al hombre de la calle que sentado y sin ninguna expresión esperaba por algo. Lo miré hasta que logré sacarlo de su sopor, me dirigió la mirada embriagada y en un hilo de voz me dijo, cuando me pagarán los cinco mil que me ofrecieron por dejarme cargar.   

Publicado por Jason | No hay comentarios

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