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DISONANCIA COGNITIVA

martes 15 de mayo de 2012, 01:37:12 PM

 

 

 

 

Cuando trabajé en el Hospital local del Distrito no pensé que pudiera existir un lugar más inhóspito.  Para entrar, brincaba entre las piernas abiertas de las gestantes que, cansadas, decidían sentarse en el piso del pasillo buscando el frio de la baldosa para aliviar el calor del mediodía y la espera que se prolongaba por horas mientras el ginecólogo iba llamándolas a toda velocidad para hacer sus exámenes. Compartían el espacio con los niños mocosos,  los viejitos cardiópatas  y al fondo, junto a la puerta que decía “Salud Mental Comunitaria”, hablando solos a pesar de encontrarse en un tumulto, mis pacientes. 

 

Después de sortear ese mar de piernas y barrigas, lograba llegar a la pequeña oficina donde atendíamos el psicólogo ciego, la señora que hacia las primeras preguntas y, con sus anteojos gruesos y su cara de pocos amigos, la jefa del servicio. Todos soltaban un suspiro cuando me veían llegar, tarde como siempre, con la excusa habitual: “es que es muy difícil entrar aquí”.

 

Cinco años en este sitio, hasta que se aburrieron de mis tardanzas y yo pensé que era momento de empezar a laborar en un lugar más amable. Nos despedimos de mutuo acuerdo, con lágrimas en los ojos y uno que otro rencor bien guardado.

 

Era el momento de llevar mi ciencia a otro espacio y después de pensarlo decidí acudir al hospital departamental de la ciudad costera más cercana que había quedado desprotegido del servicio de psiquiatría desde que mi colega residente había optado por tomar aires de montaña y viajó a Bogotá con sus corotos y toda su familia.

 

Una ciudad al pie del mar era lo que necesitaba. Imaginaba la suave brisa batiendo mis crespos, mientras yo tomaba un coco loco a la orilla de la playa, así que no lo pensé más y decidí hacer arriesgar el viaje semanal al municipio costero.  

 

El hospital era considerado nivel tres por la administración de salud departamental, es decir, poseía diferentes especialidades medicas y podían realizarse suficientes procedimientos médicos y quirúrgicos como para que le pudiera dar el rotulo de “universitario”.  Según me decían las enfermeras, era posible que en los próximos meses, alguna academia abriera sus puertas y empezaran a brotar médicos como si fueran chontaduros. Yo podría ser el jefe de docentes del servicio de salud mental, tal vez.

 

Caer de la nube puede hacerse de un solo golpe, pero los idealistas preferimos bajar escalón por escalón, así que cuando llegué al hospital y me enteré que no tenía un consultorio asignado, no me pareció tan grave. Era posible que esta fuera una forma de optimizar recursos, permitiendo a los diferentes especialistas tener iniciativas.   Rápidamente entendí cómo funcionaba este método de gestión locativa: en cuanto llegaba al área de consulta externa avisaba de  mi presencia a alguna auxiliar de enfermería que se encontrara presente, luego  empezaba a asomar la cabeza por los diferentes consultorios hasta encontrar alguno desocupado.

 

Si no había ninguno en esa condición, me acercaba a la enfermera que me decía cual de los médicos iba a terminar más pronto y yo asechaba alrededor de esa puerta en espera de la salida del galeno antes que alguien más se adelantara. La mayoría de las veces  cuando lograba ingresar, encontraba con desazón que el cuarto solo tenía un remedo de escritorio, con una tabla de madera apelmazada que se estaba despegando en las esquinas por la humedad del lugar.  La silla del profesional habitual era una silla plástica blanca que por el uso y por la obesa humanidad de los profesionales se hacía bastante inestable y requería algunos malabares del médico para evitar caídas vergonzosas.  Los asientos de los pacientes brillaban por su ausencia y solo ocasionalmente algún escalón de madera de los usados para subir al fulano a la mesa de examen, podía ser usado con el fin de sentarlo.

 

Cuando no era posible, dejaba gran cantidad de papeles sobre el escritorio, un maletín o libro que indicara la presencia y me arriesgaba  a buscar por los consultorios una silla vieja que fuera desechada, esperando no ser desalojado en el entretanto.

 

Aprendí  a atender a docenas de personas sin ofrecerles una silla, en un lugar donde las temperaturas bordean los cuarenta grados mientras se condensan las gotas en el techo como si estuviéramos en un baño turco que debe ser muy bueno para la salud. Solo faltaba traer unas ramas de eucalipto y ponerlas a hervir en una olla eléctrica en el piso para hacer un tratamiento integral a los pacientes.

 

Un año en estos menesteres es suficiente para poner a pensar sobre la urgencia de ir a Bogotá o a algún sitio de tierra fría donde pudiera aprender las cosas que la universidad no nos enseñó.  Miraba con desconsuelo los clasificados, buscando el curso de hipnosis, telepatía, homeopatía o lo que fuera, mientras se realizara en un lugar donde pudiera usar camisa de manga larga sin sentirme sofocado.

 

Telepatía era el método más utilizado por el grupo médico que atendía a los pacientes en urgencias, que al parecer desconocían la existencia de los anti psicóticos y las remisiones se sucedían de forma incontable, haciendo eternas las jornadas dentro del sauna en que se convertía el consultorio.  Como forma de bajar de peso tendría alguna utilidad pero cada cierto tiempo me acosaba mi espíritu docente, investido en el cual, me acercaba a la dirección del hospital a pedir que reunieran a los médicos para explicarles las bondades de los medicamentos psiquiátricos para los pacientes agitados y evitar de esa manera que los pasillos se convirtieran en plazas públicas donde inesperados tribunos gritaban que el mundo se iba a acabar, lo cual en algún momento era un pedido apropiado teniendo en cuenta el calor y la sobrepoblación, pero que podía aplazarse si se tenían esperanzas de un buen baño al final de la jornada.

 

Nunca logré reunir más de un par de médicos a pesar de la gratuidad del ofrecimiento, así que ya desesperaba, cuando me llegó la carta más sorprendente que hubiera podido recibir.  Iba en un sobre de papel blanco inmaculado, del doble del tamaño de las invitaciones normales y dentro de él, una tarjeta con unas palmeras, como las que había imaginado dándome sombra mientras degustaba mi coctel tropical, me informaba que en vista de los veinticinco años del hospital yo era invitado a un ágape de celebración de tal evento.

 

Acompañaba la tarjeta, una hoja en la que se hacia la presentación de la programación para la festividad. En la tarde del dia en mención, la academia: una sensacional conferencia a cargo del conferencista internacional: Yo, que iba a explicar los pormenores de la ciencia psiquiátrica.  Luego el grupo en pleno se trasladaría a las instalaciones del club más elegante de la ciudad a la actividad conmemorativa, en la que estaríamos acompañados de las máximas autoridades.

 

Llegado el dia, tras pensarlo mucho, decidí estrenar mi vestido de paño oscuro y mis mejores zapatos. Nunca esperé que las directivas del hospital obviaran cancelar la consulta de ese dia, así que en la tarde, un fantasma de traje y corbata buscaba entre los consultorios un lugar para atender los veinte o treinta pacientes que me esperaban como un dia cualquiera.  Después de un rato, opte por quitarme el saco y unos minutos más tarde, la corbata y la camisa de seda, así que termine atendiendo en camisilla a las personas que no se inmutaban para nada con mi apariencia.  

 

Tres horas después logré terminar lo mejor que pude mi consulta y corrí al espacio reservado para el auditorio a realizar la charla que me habían solicitado.  Cuando llegué, encontré la puerta cerrada y nadie que pudiera dar razón del evento.  Apenado por llegar tarde corrí a la oficina de la dirección y me encontré con la secretaria que dijo no saber nada del asunto.

 

Entró a la oficina del director y  luego de un rato salió la subgerente que apenada me dijo que debido a los afanes de los últimos días habían olvidado promocionar la charla pero que con mucho gusto las personas que se encontraban en la dirección podrían escucharme si no me importaba cambiar de lugar.  Pensé con rapidez y teniendo en cuenta la gran dificultad para reunir al grupo, decidí ingresar, para encontrarme con sorpresa con cuatro o cinco de las médicas y enfermeras que se encontraban reunidas en la oficina de la gerencia, sentadas y descalzas, mientras un sinnúmero de señoras las peinaban y arreglaban sus uñas para la ocasión.

 

Ingresé con la misma pena que nos da a los hombres al entrar a las peluquerías de mujeres,  pero ya no tenía opción y por primera vez en mi vida fui el equivalente a Poncho Rentería de un grupo de señoras en un salón de peluquería, que reían y charlaban sin cesar mientras yo hablaba de psicotrópicos.  

 

El asunto no hubiera pasado de una anécdota más, pero cuando ya todas las señoras estuvieron peinadas y emperifolladas, la subgerente me dio las gracias y me dijo: “doctor, entonces lo esperamos esta noche, porque lo queremos en la mesa principal. Ya contamos con el señor presidente de la republica, el gobernador del departamento, el ministro de protección y el secretario de salud departamental. Va a ser una celebración por todo lo alto y Usted ya ha empezado con pie derecho”

 

Asombrado por el calibre de asistentes, di las gracias y salí de allí, mientras las señoras corrían a sus casas a cambiarse de vestido. Yo no tenía opción, así que con mi traje de paño arrugado por los tres litros de sudor que había recibido, iba a saludar al señor presidente.

 

Dos horas después, en el gran salón de eventos de club privado, me encontré sentado en un extremo de la mesa principal más grande que haya visto en mi vida, donde con grandes rótulos se informaba a los asistentes de los invitados especiales.  No me llamo en absoluto la atención que mi nombre había sido realizado a mano,  con un papel doblado para que lograra conservar mi nombre visible. El calor de los reflectores era impresionante y yo estaba más arrugado que una servilleta en una silla odontológica. Las cámaras de la televisión local enfocaban la mesa principal, en la que solo el gerente del hospital en el centro y yo en una esquina, esperábamos a los otros dignatarios.  

 

El maestro de ceremonias hablaba sin parar hasta que fue menester empezar y entonces aparecieron uno tras otro los papelitos en los que “el señor presidente de la republica se excusaba con las autoridades pues su helicóptero había sufrido un desperfecto mecánico y no podía desplazarse”. Luego las demás autoridades a su turno entregaron su excusa que el señor leía con semblante aburrido. Como por arte de magia, desaparecían los rótulos de las autoridades, hasta que solo quedo el  acrílico del director y el papelito en que aparecía mi nombre.

 

El hombre me miró, con mi cabello en desorden y me traje arrugado y suspirando, dio la orden de empezar la ceremonia, con sus himnos y  el maestro de ceremonias leyó mi nombre y me dio la palabra.

 

En la vida había estado en un lugar más equivocado. Asomé la mirada por encima del atril y vi a varios cientos de personas con sus trajes de gala, que observaban con curiosidad. Sin pensarlo dos veces, dije: “Buenas noches, es un placer dirigirme a ustedes esta noche. Ahora, siguiendo la nosología más moderna, los trastornos psiquiátricos se clasifican de la siguiente manera dos puntos…

 

Cuarenta y cinco minutos después, di por terminado el monólogo, hice una pausa y luego pregunte: “¿Algún comentario o pregunta?”.  Todos permanecían en silencio, hasta que una señora tímidamente, levantó la mano. Yo la mire y entonces ella  me dijo: “Gracias por venir a nuestra fiesta, doctor Uribe, todos pensábamos que era un cuento del señor gerente”.

 

Publicado por Ivan | No hay comentarios

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