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LUZ ANDREA

jueves 14 de junio de 2012, 02:17:02 PM

 

 

"De repente, murió: que es cuando un hombre llega entero, pronto de sus propias profundidades. Se pasó para el lado claro. La gente muere para probar que vivió. Pero ¿qué es el pormenor de ausencia? Las personas no mueren. Quedan encantadas..."

 

João Guimarães Rosa

 

 

Estaba entretenida con una división de dos cifras cuando me di cuenta que empezaba la balacera. Al principio se oían como silbidos lejanos pero fueron aumentando de intensidad hasta que ya parecían como truenos cortos y secos. Los ruidos de las ametralladoras eran metálicos y repetidos como cuando a un jeep se le rompe la cadena en una de las subidas a las fincas. La profesora se puso pálida, pobrecita. Corrió a la puerta y la cerró de golpe mientras se le veía el miedo en la cara, entonces mi hermano nos dijo a todos que nos tiráramos al piso, no entiendo muy bien para qué, porque la escuela está en mitad de la hondonada  y desde donde estábamos tirados podíamos ver con claridad como de los dos lados disparaban sobre nuestras cabezas.

 

Yo reconocí a los que estaban más cerca, les decían los Machos y eran los que vivían en la finca por donde pasábamos todos los días, eran como diez y tenían una metralleta que disparaba por ráfagas durante mucho rato. El jefe les decía que hacer y los empujaba para que bajaran a protegerse detrás de la escuela para poder disparar la tartamuda desde más cerca.

 

La escuela no era el lugar para escudarse, porque tenía ventanales grandes de vidrio para ambos lados, que por cierto empezaron a caer sobre nuestras cabezas aumentando la gritería de todos nosotros. Los indiecitos eran los únicos que no lloraban, solo aullaban como lobos cuando caía algún vidrio con el ruido de cristales rotos, pero el resto del tiempo permanecían quietos y agarrados los unos a los otros debajo de una mesa. 

 

Me di cuenta que los Machos llegaron detrás de la habitación de la profesora porque dejé de ver a varios de ellos y luego los oía al lado de la ventana, gritando groserías a los que estaban a nuestra izquierda. A los otros no los conocía pero sabia quienes eran, les decían los Rastrojos y eran los que protegían a los señores de la parte de abajo, que hacían retenes de vez en cuando en la carretera y a veces bajaban gente que uno nunca volvía a ver. 

 

No sabía cuántos eran pero parecían estar alejándose después de un rato cuando los Machos empezaron a correr desde la pieza de la profesora hasta los guayabos que quedan al fondo del patio. Los primeros que pasaron corriendo no tuvieron problema pero los dos últimos recibieron toda la andanada de balas. Uno se quedo quieto con el arma agarrada y la cara mirando hacia arriba, pero el otro empezó a gritar, sangraba mucho y se agarraba la barriga, tenía una pierna quebrada y no podía levantarse. Los gritos eran como una sirena y todos gritábamos con él.

 

Solo entonces se dio cuenta que estábamos allí viéndolo y empezó a señalar a mi hermano que estaba asomado en el borde de la ventana, gritaba pidiendo auxilio como si solo mi hermano pudiera salvarlo. La profe agarraba a mi hermano como temiendo que pudiera salir a buscarlo. Los de arriba se reían y amenazaban,  pero seguro que se estaban yendo por que los Machos habían seguido dispersándose por el lado del patio como si fueran a rodearlos. Por momentos la balacera arreciaba  pero luego volvía a encenderse con nuevos fogonazos. El herido del patio seguía moviéndose y gritando pero la voz cada vez estaba más apagada.

 

Ya todos nos habíamos asomado a la ventana a mirar cómo se revolcaba en un charco de sangre y yo me atreví a preguntarle a la profesora: Profe ¿por qué no auxiliamos a ese señor?, la profesora seguía pálida  agarrando a mi hermano y me decía que no con la cabeza sin responder.  Yo insistía, le repetía sus palabras de clase de religión: Es deber del buen cristiano colaborar con el caído, pero mi hermano me tapaba la boca, mientras lo veíamos gemir, hasta que el señor dejó de hacer bulla y se quedo quieto estirando la mano como si me pidiera agua.

 

Estuvimos en la escuela por horas, aunque no se escuchaban más tiros. Teníamos más miedo a los dos hombres que estaban quietos en el patio que a las balas que destrozaron el techo. Mi abuela decía que los montoneros no mueren sino que se quedan velando sus armas y por eso a veces se oye tronar en las montañas.

 

Por la tarde apareció mi papá con mi mama en una mula arropada por un montón de corotos, caminaban despacio como temiendo que algo explotara bajo sus pies.  Se les veía el terror en el rostro y cuando se asomaron preguntando por nosotros a la puerta de la escuela mi hermano corrió a abrazarlos y yo detrás solté a llorar como no lo había hecho durante todo el día. Dijeron que los papas de los indiecitos no habían querido abrir la casa  así que cuando convencieron a la profesora de salir con los demás muchachos para el pueblo yo miraba para atrás y solo veía a los tres niños indios aferrados uno al otro sentados en el patio de la escuela junto a dos  hombres muertos por quien sabe qué razón.  

 

Publicado por Ivan | No hay comentarios

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