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MALOS DÍAS DEL GAGO ROMERO

lunes 24 de septiembre de 2012, 11:12:47 PM

 

 

El viernes en la tarde cuando terminé de hacer el recorrido,  me entregaron la hoja de ruta  para el dia siguiente. Me dijeron que debía ir a la estación del sub, encontrar un portal y desde allí coger el bus alimentador hasta la inspección de La Manuela.   A partir de allí tenía que encontrar una dirección en el barrio.  Me había tomado unas cervezas esa noche y dormí hasta medio dia.

 

A eso de las tres decidí salir sin saber muy bien para donde iba.  Pero no la encontré.  El único transporte que llega por allá es el subway y como ya andaba con un solo pasaje, entonces en esa parada ya venía en rojo. El portal era el último y fui el único que se bajó allí. Me di cuenta del error.  Duré mucho tiempo en el portal, esperé nuevas rutas porque cualquier cuadra se veía muy tenaz, muchas personas que estaban al acecho y como yo andaba con una maleta  entonces todos se dieron cuenta que yo no era de ahí y que estaba perdido.

 

Después de un rato de esperar,  los tipos que veía en el andén empezaron a acercarse mirándome rayado, caminando lentamente como haciendo un rodeo.  Cada vez más nervioso, vi como el círculo alrededor mío se cerraba en tanto yo aferraba la maleta con el computador portátil, la libreta electrónica y los dos teléfonos adentro.  Justo en ese momento sonó uno de los celulares y yo salté del andén hacia la calle, que crucé a toda carrera hasta los autos viejos que estaban estacionados en el otro lado. 

 

En la vecindad del centro a la que llegué esta semana después de la inducción me habían dicho que en el Distrito muchos de esos carromatos despedazados eran vehículos piratas que podía usar para llegar a algún lado. Con esto en mente corrí hasta el que estaba más cercano. Era un Renault doce viejísimo, con la pintura descascarada y los boceles negros del moho y el orín.  Le dije al conductor “¿Pi…Pirata?” y sin responder,  uno de los negros que estaban de pasajeros en la parte de atrás salió apresurado del auto, dejando la puerta abierta.

 

Me monté al pirata y el hombre se subió detrás de mí.  Respiré tranquilo mirando hacia atrás cuando el auto se alejaba entre las callejuelas de ese barrio desconocido.  Se veían varias personas reunidas señalando con algún desanimo el carromato que se perdía en la distancia conmigo adentro.

 

Apenas tuve tiempo de mirar a los tipos que compartían el auto:  dos negros grandes que me rodeaban en el asiento de atrás  y al lado del conductor, sonriendo  con los ojos pequeños detrás de unas gafas anticuadas de piloto, un tipo más pequeño, que me miraba con cara de simpatía. 

 

Usté no es de aquí, se  hace una seña de que son piratas pero no se pregunta, se espera a ver para donde va  me dijo el hombre del asiento delantero. 

 

Es que esos tipos del sub me iban a atracar, yo….yo… yo solo soy un encuestador y estas cosas que cargo en la maleta son pa…pa… para las entrevistas. Estoy buscando una casa de Andrés Marín.

 

Ah, hombre, entonces esta en el taxi correcto, porque nosotros vamos para allá, me dijo entre risas el chofer.

 

Traté de recostarme en el incómodo asiento que me habían asignado, con el maletín en el regazo, cuando sentí dos manos fuertes que me agarraron por el cuello y me inclinaron todo cuanto pudieron hasta meterme la cabeza entre las piernas,  me hundieron entre las sillas y empezaron a revisar la maleta. Vieron la cámara, el computador, la libreta electrónica y los celulares, gritando cada vez que sacaban algo.  Me revolvía en el piso del auto y con una mano logré sacar el carné de la empresa y lo agité sobre mi cabeza.

 

Miren, miren, yo apenas empecé a trabajar esta semana. Soy de la capital y me mandaron aquí. No me han pagado ni un pe… pe.. peso todavía. Estoy jodido como ustedes, viviendo en un inquilinato del centro, les decía tratando de conmoverlos.   

 

Uno de los negros me arrebató el carné y  empezó a silbar.

 

Pilas, compas, es un tira. Aquí dice  “Servicios especializados de información encuestador contratista”

 

Los otros se quedaron callados.

 

No  me… men, soy  un trabajador que hace encuestas institucionales pa… pa… para una empresa contratista que se ocupa de la recolección de información pa…pa… para  el me…me…mejoramiento del servicio.

 

Les dije que miraran los papeles de la empresa.  Me hubieran dejado ir pero  como vieron los papeles de la empresa, entonces  pensaron que era un servicio judicial de información y dijeron “este es un informante”. Supieron que no me podían dejar ir, porque en su cabeza yo era una persona de la policía y que  tenía unos formularios como fachada para buscar información. Pero yo les decía que era una persona independiente, entonces ellos decían ¿Cual otro estudio tendría  importancia en este lugar?  

 

Entonces  me taparon los ojos con un trapo, me pusieron una bolsa en la cabeza y me doblegaron en el piso en tanto que yo les decía que no era eso cada vez con menos voluntad, pero ellos no me podían creer.  A empellones me sacaron del carro, me dijeron “bájese, camine, suba por acá”, y entre todos me metieron a un cuarto, cerraron la puerta por fuera con una tranca y yo como pude me quité la bolsa y el trapo de la cabeza.

 

No pude ver mucho  cuando por fin me acostumbre a la oscuridad del lugar. Era algo así como una celda, un cuarto de tablas rusticas de madera que iban hasta el techo de tejas descubiertas y armazón de guadua, con un orificio que comunicaba por la altura con las otras habitaciones y el pasadizo.  Dentro, solo una mesita coja y mucha basura. El olor a madera mojada no lograba ocultar el de los miaos y excrementos viejos que alguien había tratado de lavar. Para el que sabía, el olor penetrante a bazuco lo impregnaba todo.

 

Intenté gritar pero como el lugar solo se comunicaba con otras habitaciones por los resquicios que dejaban las tablas mal pegadas, no era de mucha ayuda. Después de un rato, ya en la noche, por el pasadizo  veía pasar gente hacia las otras habitaciones pero no tenia ventanas a la calle, entonces me di cuenta que era como un expendio de esos. 

 

Esa primera noche, ellos se sentaron en el piso del pasadizo, encendieron mi computador y  a gritos me pidieron la clave, luego miraron por la internet la empresa  pero decían que eso hacían esos perros y asumieron que yo era un infiltrado.  No me dijeron pero ellos lo tenían decidido,  se daban cuenta que eso era una empresa, pero refunfuñaban que  ya que había conocido  ese lugar como era de escondido, entonces si me dejaban salir de allá, este man vuelve con los tiras y nos quiebran.   Yo les gritaba que me dejaran salir, que mas fácil vuelve un perro donde lo capan, pero ellos solo se reían.

 

En la mañana me di cuenta que con algún esfuerzo podría salir por el techo a un zaguán y a una escalera de madera donde debía saltar y correr, pero me encontraría una reja en la que timbraban los drogos que iban por su dosis. Tocaría  pasar por la reja que estaba cerrada con candado y con un tipo vigilando.

 

Alrededor  en la semioscuridad  del lugar encontré una tabla suelta del piso,  con ella trate de trancar la puerta que se abría desde afuera, pero entre tanto ellos estaban decidiendo si meterse para agarrarme porque sabían que no podía salir, pero también que era peligroso entrar.  Yo escuchaba que un señor más viejo decía que él no se comprometía con eso.

 

Ellos obviamente estaban hablando de mí  mientras yo  hice equilibrio sobre la mesita.  Decidí huir como pudiera pero solo alcanzaba a poner las manos en el borde superior de la pared de madera.  No alcanzaba a saltar porque la mesa se torcía tan pronto yo intentaba saltar y caía al piso como un fardo.  

 

Debía  promediar el dia cuando  fueron a buscarme y encontraron que la puerta estaba cerrada por dentro.  Trataron de empujar pero  la tabla resistió.  Empezaron a gritarme perro hache pe abrí.  Después de un rato se cansaron de gritar y se sentaron en el pasillo.  Empezaron a cuchichear. Yo me acerque con cuidado a la puerta.  Por las rendijas  veía que se asomaban y a veces algunos de los tipos que me decían que abriera la puerta. Me iba poniendo cada vez más nervioso. Andaba de un lado para otro como loco y en algún momento encontré un palo en el suelo. 

 

Empecé a pensar  “con el palo les puedo dar en la cabeza”.  Ellos iban a pararse por la puerta y otros a saltar por el muro de madera, pero no había manera de saber de dónde iban a salir. Unos decían  no es bobo, otros decían pobrecito el gago

 

La primera noche yo me imaginaba que me iban a soltar, ellos me dijeron que ahora más tarde lo sueltan.  Por el muro algunas personas que estaban ahí, me decían fresco tranquilo, que no pasa nada. Yo les decía que tenía hambre y sed, pero ellos solo me tiraban colillas de yerba, que yo agarraba y trataba de exprimir antes de comérmelas.  Solo me comunicaba por las paredes y por un hueco que había en  una puerta.  

 

La segunda noche, empezaron a hablarme con tonos burlones y los ojos eran más brillantes y enrojecidos, decían suelte el palo, tira, que le va peor, déjenos entrar, tira, que vamos a arreglar este asunto, se va a poder ir para donde su mama, cara pálida. Se va a morir de sed ahí, papá.

 

Yo era de algún servicio secreto, un informante o algo así, la cabeza me daba vueltas  y la sed me empezó a golpear. Ya me lo creí, entonces me iban a cascar y después me iban a desaparecer.  El calor era tenaz. Me quité la camiseta y gritaba que me dieran agua o algo.   Me tiré al piso y traté de lamer algo de la humedad que rezumaba de las tablas mojadas.  Con la cara apoyada en las tablas frías, pensé que ellos como que no  habían imaginado que yo podría alcanzar el borde de la pared,  saltar al otro cuarto,  luego saltar por la escalera que daba al zaguán  y salir por la reja.

 

Después del tercer día, ellos tenían que hacerlo, entonces empezaron a asomarse por las paredes. Eso demoró un tiempo muy largo mientras esperaba que el candado sonara.  Pensé que no iba a poder hacer nada con ese palo y con tanta gente. Tampoco soy superhombre. Unas personas por la noche se burlaban y me tiraron un cigarrillo entero de marihuana y yo me lo fumé despacio para no ir a dormirme.  

 

En la madrugada había menos gente por el pasillo cuando oí el toque del candado en la reja. Con un poco de impulso no fue tan difícil pegar los dos saltos. El tobillo se dobló y caí pero seguí corriendo hasta que me di cuenta del dolor del pie.  Tal vez me pasé en eso. Llevaba tres días sin poder dormir, comer o tomar agua. Estaba como descoordinado pero sabía que si dormía se iban a meter por encima.

 

Ellos creían que yo me iba a dar un totazo, y luego iba a quedar en una reja. Pero como ellos se habían quedado con la cámara, con lo de la empresa. Yo salté cuando estaban  abriendo la reja a un man que enseñaba unos pesos en la mano.  El tipo de la puerta no esperaba que alguien tratara de salir a la fuerza y se hizo a un lado.  Salí corriendo hacia el lado más corto de la calle. Había personas que eran de ahí, pero nadie se imaginaba que yo iba a salir de ahí corriendo.

 

Alcance una calle más amplia y me di cuenta que todos me miraban cojear. Yo iba cojeando y ellos me empezaron a seguir caminando.  Busqué en el bolsillo trasero del pantalón y encontré la billetera con todos mis papeles y unos billetes arrugados. No todo era tan malo.   Habría tomado un taxi porque me había malogrado el pie pero como venia gente detrás entonces el taxista no me quiso llevar.

 

Entonces hice la fila para el sub y cada vez llegaban más. Me bajé cuando estaban cerrando la puerta para perder a los que se subieron. Unas personas que llegaron detrás de mí escucharon  y dijeron que si era, entonces tal vez me siguieron. Pregunté a la gente que estaba ahí  por un Hospital. Donde me enviaron me dio desconfianza ir, ellos estaban pendientes de mi así que  decidí no ir allá porque yo sabía que ellos venían buscando. Ellos no se imaginaron que yo podía hacerlo. Lo hice sabiendo que no iba a poder salir de allí, estaba cojeando mucho  entonces en el hospital cuando me tomaran los datos, como ellos tenían el nombre por mi carné y mis cosas, me volverían a coger. Me bajé en otra estación y cogí el primer taxi que paso.

 

El taxista llegó al hospital pero allá todos me miraban y yo no quise entrar.  Busqué en la billetera y le di el dinero que quedaba para llevarme a la clínica de Nuestra Señora.  Esperé un par de horas y un medico me revisó, me puso una venda en el pie y me hizo una formula. Me escuchó un rato  y luego me entregó está nota y me mandó en una ambulancia.

 

El gago Romero me pasó la nota, que decía: “paciente que hoy en horas de la tarde se cae de su propia altura y se lastima el tobillo derecho.  Refiere dolor intenso. Su discurso es extraño y fantasioso. Parece un mentiroso patológico.  Se remite al Psiquiátrico”. Miré al tipo con asombro y él me dijo: Lo único bueno doctor, es que del susto ya no estoy gagueando. 

Publicado por Ivan | No hay comentarios

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