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EL MAESTRO DE IRONÍA

viernes 15 de febrero de 2013, 06:55:27 AM

 

El maestro de ironía

 

Érase una vez un tío que nació en el lugar equivocado. Debió hacerlo en cuna de oro, no porque necesitara del dinero, huelga decirlo. El hombre desde niño empezó a convertirse en un tormento para todos sus hermanos. Nacer con la puya a flor de labios, fue su sino. Maestro del carientismo, podía hacer que sus contertulios se retiraran de la mesa pensando que habían ganado la batalla, solo para darse cuenta tarde que eran unos estúpidos empalmados.

 

Reconocer que alguien es más veloz para entender y responder cada una de las cosas que digas es algo que toma tiempo asimilar. Mucho más tiempo que el que te ocupa en pensar aquello que te dijo y luego se fue como si nada.

 

Vivir entre humildes granjeros y luego dedicar su vida a ellos, fue su potro de tortura. Necesitaba de alguien a su frente que pudiera responderle sus decires. La ironía que las gentes sencillas e ignorantes no comprenden, sus muestras de inteligencia eran su arma de defensa y su ariete para cuestionar, desenmascarar y demoler lo peor de cuanto nos rodea.

 

Mija, si usted quiere que le sigan cascando, pare esa nalga, porque cada uno es dueño de su cuero, lo escuche decir cuando se encontraba con situaciones bochornosas.

 

Los jefes le tenían tanto miedo a sus vainazos que nunca accedieron a elevarlo de rango. En los realities me doy cuenta de la estrategia que usaban: toca sacar a los mejores contrincantes en las primeras de cambio, porque si no se crecen y el público los pide.  Por eso el tío pasó por todas las veredas más oscuras de  los municipios más lejanos de la zona cafetera: Argelia, Ceilán, Coloradas, Aures, Quince letras, Andinapolis, Barragán, Totoró y otros nombres extraños, cuando los otros agrónomos iban a la capital. Tocaba tenerlo animado y entreteniendo a los campesinos mientras los convencía de gastar dinero que no tenían y de pedir créditos que no podrían pagar.

 

Este año si es, les decía con cara de vendedor de lotería.

 

Me lo encontraba en los quicios de entrada a las fincas, acariciando un perro.

 

Este es un perro muy fino, mezcla de Chau Chau con Snausser, me explicaba mientras el campesino sonreía satisfecho.

 

Luego, si el animal intentaba morderlo, se reía: Tranquilo, me está probando antes de la comida principal.

 

Si le preguntaban como estaba la esposa, ponía semblante desconcertado: Depende. ¿Comparada con quién?

 

Después de un rato, ya tenía al señor apaciguado y le soltaba: Vamos a ver cuánto le podemos prestar, don Ananías, porque como en este municipio  las fincas son  elásticas. Se estiran y encojen según el metro que las mida.

 

Tenía una rara habilidad para convencer a los caficultores de hacer cambios productivos (para la empresa, lógicamente: Si hacía calor había que fumigar contra la broca, si hacia frio, había que fumigar contra la roya. Siempre fumigar, siempre gastar) pero en la ciudad me daba cuanta del miedo y el respeto que le tenían.

 

Sabogal con dos tragos en la cabeza puede entrar a una piscina de pirañas y ponerlas a marchar, le decían en confianza.

 

Es que el que me da un trago no es mi amigo, es mi hermano, les respondía.

 

La ironía en otros círculos, confiere prestigio intelectual. ¿Pero acaso no es banal? Me preguntaba yo. Si no en cualquier circunstancia, ¿puede haber momentos y situaciones en los que la ironía - como juicio, como arma o como bisturí- no sirva para nada, sea una vistosa pirueta en el aire, una fuga y no un ataque, una defensa tibia, una maniobra inútil e inoperante a la hora de encarar la realidad?

 

Oiga pues joven: usted me dijo que fuera donde el especialista. Le hice caso, me tomé toda la medicina y no se me quito el dolor de cabeza. Entonces me dijo que me hiciera una radiografía y ahora ya vamos en un tumor cerebral. A ver pues… dígame si me voy a morir de esto, porque uno no puede equivocarse tanto y tan seguido.

 

No tío, no se va a morir de esto. Lo operan y listo, dije con mi mejor cara de jugador de póker.

 

Es que uno no se muere de la enfermedad sino de médico, me respondió y añadió: Menos mal que me mandó al médico a tiempo, porque si no, seguro que me hubiese muerto antes.

 

Y se murió de médico.

 

Y estos dos años pensé que yo había tenido la razón, pero hoy recién me doy cuenta que mi tío me estaba metiendo en otro de sus cuentos.

Publicado por Ivan | No hay comentarios

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