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¿SIRVE EL NOVIAZGO PARA ALGO?

sábado 02 de marzo de 2013, 11:48:55 AM

 

¿SIRVE EL NOVIAZGO PARA ALGO?

 

Me cuentan mis papás que esta semana de vacaciones en el pueblo encontraron en proceso de destrucción la Plaza de Bolívar, como se llama en la casi totalidad de los caseríos de este país al parque central. 

 

El alcalde hizo un pedido económico a la Gobernación para hacer un nuevo parque y con el dinero en mano, están acabando con todo: el piso de tablilla roja desteñida por los aguaceros sostenidos, la fuente que nunca funcionó porque el funcionario encargado olvidó hacerle el desagüe, la estatua de Bolívar sin su espada, victima precoz de los ladrones y el camino cubierto con láminas plásticas que hicieron después que otro mandatario viajó a conocer Paris y decidió que el parque del pueblo debía estar techado como los campos elíseos.    

 

Fíjese mijo que hasta van a terminar con los últimos palos de mango. Los de la pelea de la otra vez, cuando el vecino y los otros desaseados del comité ecológico se amarraron alrededor para que no los tumbaran. Yo me imagino que sirvió más el olor a sudor y pecueca para desalentar a los de obras públicas, porque las cadenas eran de lata. En todo caso, lo que más vamos a extrañar son las banquitas de Tobías y Betty, anotaron para cerrar el anecdotario.

 

Pero ya para entonces me había picado la curiosidad.

 

Don Tobías era el hermano mayor de papá, trabajó toda la vida como sastre de hombres, especialista en pantalones de paño y al final, cuando ya la cosa estaba pesada, de cuanto material le llevaran al garaje donde tuvo por cincuenta años su local, en los bajos  de la casa familiar, rodeado de forros, cremalleras y pretinas.

 

Aprovecho para recordar que el tío Tobías fue mi primera vez en muchas cosas: fue la primera persona  sin un solo pelo en la cabeza. Su calva brillaba como el sol gracias a una loción especial que nunca dejo ver. También fue el primer adulto al que alcancé a mirar sin tener que elevar la mirada. Tenía unos nueve o diez años cuando me di cuenta que lo había alcanzado en estatura. Fue el primer ateo que conocí que andaba por todas partes con El Capital bajo el brazo, como los evangélicos con sus biblias. Había heredado los libros marxistas del tío Armando, que se murió  de una rabieta, y los guardó como un tesoro desde entonces. Nunca me hice la pregunta de porque todas las tardes, a las seis, el comunista entraba a misa del brazo de Betty.

 

El tío era un hombre muy divertido. Se dejaba tomar del pelo, literalmente, cuando en mi adolescencia me acercaba a medirme con él o a molestarlo por Betty. No íbamos nunca a casa de mi tío, pero encontrarlo en el parque era siempre agradable, porque cuando lo topaba caminando antes de las cinco de la tarde, se metía la mano al bolsillo y me regalaba un dulce relleno de café

 

Su afición por el parque era tal, que el año anterior, en la exposición que se hizo en la biblioteca del pueblo con las fotos antiguas, se distinguía su cabeza calva en todas las fotos tomadas en la plaza central.

 

Betty trabajaba en la oficina de registro público del pueblo y miraba desde la ventana a su amorcito, que daba vueltas a la plaza esperando la hora de salida para acompañarla hasta la casa de la mamá a la hora de almorzar o en la tarde para sentarse juntos a contemplar el atardecer en la banca del parque que estaba reservada para ellos mientras esperaban la misa vespertina. Conversaban o se miraban durante una hora y a las seis en punto entraban a la iglesia a sentarse en la nave de la izquierda, escuchaban un rato, se daban el beso de la paz y después de santiguarse, la llevaba de vuelta a casa para la cena de frijoles de todas las familias paisas de mi pueblo.

 

Tobías la acompañaba, cogidos de la mano, con alguna distancia prudente, tal vez para minimizar el que dirán o por algún asomo de vergüenza, pues con los tacones, Betty que no era ninguna vara de premio, le llevaba casi una cabeza. La suegra dormitaba asomada en el alféizar mientras los veía aparecer por la calle que bajaba a paso de perro flaco. Se despedían en la puerta con un beso furtivo mientras su corazón latía apresurado, el tío volvía a la plaza a ver las palomas o a los tahúres del billar de la esquina.

 

Veintisiete años de este recorrido fueron suficientes para ambos, porque Betty era hija única. Pero la suegra no se decidía a morirse, hasta que un día no se levantó a verlos bajar por el andén y ya no lo hizo más. 

 

En el velorio, mi papá que tampoco habla mucho, escuchó por fin decir al tío: “tocará arreglar esto, porque esta muchacha no se puede quedar sola”.

 

Un mes después, la boda de cinco de la mañana, con el padre Álzate, profesor de filosofía del colegio, mis papás como padrinos y dos tíos como testigos, arregló el asunto y pronto la máquina de coser y el burro de planchar se trasladaron de la casa de los abuelos al nuevo hogar del par de tortolos.

 

Pero ocupar su lugar en la casa no cambió mucho en realidad. El tío seguía llegando al parque, un poco más tarde pero siempre antes del mediodía para acompañarla a bajar hasta la casa donde ya había preparado la comida, almorzar juntos y luego nuevamente a la oficina mientras el hombre daba vueltas alrededor del parque y ella lo miraba por la ventana que daba a la plaza, por veinticuatro años más.

 

Mi tío se murió de repente una noche mientras se bañaba con agua fría en el chorro del patio y desde entonces Betty no salió más.  A veces mira por la ventana de la casa, extrañando sin saber y sin lágrimas que enjugar.

 

Esta mañana recordé esta historia cuando la jovencita que me sirve de asistente llegó llorando a la oficina después que su marido saco las cosas de la casa en la primera disputa conyugal. 

 

-          No acaba uno de conocerlos y eso que ya llevábamos casi dos meses de relación. 

 

 

Publicado por Ivan | No hay comentarios

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