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¡IT ALL STARTS WITH YOU!

sábado 29 de junio de 2013, 12:16:59 PM

 

 

¡IT ALL STARTS WITH YOU!

 

Argemiro Sinisterra no sabía lo que quería. Terminó su licenciatura y después de algunos meses consiguió trabajo como profesor de inglés.  Para darse categoría suficiente y ganar soltura en la expresión oral reflexionó que lo mejor era irse a Estados Unidos a aprender de primera mano el idioma que iba a enseñar en el colegio George Washington de Puerto Tejada.

 

En enero de 1975 no había tantas dificultades con la visa a USA y luego de sortear algunos aprietos económicos llegó a la terminal cuatro del gigantesco aeropuerto JFK.  Su prima, una mujer gorda de canas prematuras a quien no había visto en quince años, lo saludó de beso en la mejilla, cogió su equipaje a toda prisa, lo llevó a la estación del subway y con soltura atravesó la ciudad subterránea desde el terminal de Queens hasta un pequeño y frio sótano alquilado en una casa de dos plantas en Long Island. La señora llevaba varios años trabajando como empleada de oficios varios en algunos locales de la calle Mulberry y aunque su trabajo no le permitiría servirle de guía, sí tenía la disposición de recibirlo.

 

Algo que no sabía nuestro héroe era que en Bushwick, barriada latina en la que tenia residencia su huésped, todos sus vecinos hablaban español con extraños acentos puertorriqueños, cubanos y chicanos. Casi ininteligibles, pero español al fin. 

 

Caminaba por las calles cercanas, entraba a las tiendas y groceries sin encontrar un gringo con el cual entrenar su inglés de pacotilla. Su prima salía corriendo al Midtown al otro lado del East River en la madrugada y regresaba a casa a eso de las nueve de la noche tan extenuada que era imposible hacerle solicitudes de ayuda.  Así el profe no lograría cumplir su anhelado sueño de regresar hablando inglés como Benjamín Franklin al colegio de su pueblo.

 

Después de algunos días de intentar aprenderlo en el televisor a blanco y negro que tenia la prima en su casa descubrió que Lucille Ball en realidad hablaba en inglés pero tan rápido que era difícil entenderle hasta para un nativo, tomó la decisión de salir a buscar empleo “como un experimento sociológico”, que le permitiera una inmersión aguda en el idioma. 

 

Empezó a buscar en las páginas del Times hasta que encontró un aviso de un sitio aparentemente cercano en el que solicitaban hombres adultos con escolaridad básica secundaria y con el siguiente texto motivador: “¡It all starts with you! Now is the opportunity for you to make a real difference with individuals and communities around the world.  To make a change that will impact future generations. This position is for those who have a huge heart, are goal orientated, and love meeting new people”.

 

Esta era la oportunidad que había estado esperando y decidió darle la sorpresa a su prima esa noche. Eran las cinco de la mañana de un día de febrero cuando ella atravesó la puerta en dirección a la estación del subway y en cuanto la vio salir empezó a vestirse lo mejor posible, luego se puso un abrigo de la prima y salió en medio de la ventisca que azotaba la ciudad en la oscuridad mortecina de una madrugada invernal.

 

El lugar no era tan próximo como se imaginaba. Caminó con rapidez por las calles grises y sin árboles hacia la avenida Bushwick, que era su punto de referencia, mirando direcciones hasta llegar a la calle Flushing. Allí se desvió a la derecha buscando la avenida Varick que siguió por unas cuadras hacia el norte. Cuando se aproximaba al 133 cada vez se veían menos casas y más bodegas de ladrillo gris rata sin pintar. Pocos autos pasaban, menos transeúntes y solo contaba los hidrantes y las bolsas negras que bordeaban el andén como si fueran los pedazos de pan del cuento de Hansel y Gretel, pensando en el regreso.

 

Era curioso pero ninguna de las bodegas tenía identificación. Solo rejas metálicas cerradas, letreros de “one way” y dibujos extraños en las paredes o con la frase “True Bosses Only”. Un anciano leía el Times sentado en la parte alta de la escalinata de ingreso a su casa sin dar importancia al frio circundante. Al sentirse observado levantó la vista cansada del periódico y lo miró sin parpadear. Vio una bandera de barras rojas y blancas ondear rasgada por una esquina melancólica de la calle Jefferson encima de un edificio sin nombre.

 

Las calles eran cada vez más estrechas a medida que se acercaba a la dirección, con unos pocos transeúntes escondiéndose de la ventisca bajo bufandas y sobretodos. Al final se descubrió frente a una caseta verde de portería a la entrada de una reja metálica de gran tamaño.  Varios hombres estaban parados en la calle haciendo fila y decidió hacerlo también.  Ninguno hablaba y todos sin excepción tenían un semblante desaliñado,  con barba de varios días y botas de cuero.  Su pantalón blanco de lino y sus zapatos de cuero lustroso se hacían bastante notorios, pero no quería hacerse ideas preconcebidas así que permaneció callado en su sitio dando pequeños saltos para esconder el frio mientras empezaban a caer copos de nieve.

 

Al cabo de un rato, cuando ya sentía calados los huesos y muy pesado el abrigo prestado, salió de la puerta adyacente un hombre bajo vestido con uniforme gris, que se acomodó frente a ellos, que habían hecho la fila junto a la caseta. El guarda, un gringo grande se apostó a un lado y les hacía señas innecesarias de hacer silencio. Uno o dos de los hombres tiraron la colilla del cigarrillo al suelo, con mirada desaprobatoria del supuesto jefe.  Los demás mantenían la vista en un lugar indefinido que se perdía en las profundidades de la calle de bodegas grises.

 

Thanks for your interest, fueron las palabras que alcanzó a entender. Luego el monólogo fue ininteligible. Al final el tipo dijo una cifra en dólares e hizo una pregunta. Todos levantaron la mano y fue muy difícil para don Argemiro no hacerlo. La alzó con cierta timidez y fue el último en recibir el casco verde y los guantes de cuero crudo que parecían bastante usados, si los mirabas bien.

 

Luego las cosas empezaron a suceder a gran velocidad. Los hombres se ajustaron el casco con presteza, se pusieron los guantes y al tiempo el jefe se apartó de la reja, sonó un pito con un estridor como una sirena de barco cercano y el guardia apretó el botón que levantaba la puerta metálica.  En la media luz de la mañana y entre los copos de nieve que caían, se encendieron los faros delanteros de un camión blanco y algunos hombres se cambiaron rápidamente de lado.  Los tres que lo antecedían cogieron cada uno su lugar, mientras el camión avanzaba.

 

Tomaban unos pasamanos que encontraban al lado del camión y subían un pie al estribo metálico que parecían conocer de siempre.  Argemiro dudó un segundo pero tomó su lugar en el pescante mientras el camión aceleraba y se perdía con gran ruido por la avenida Varick. 

 

Mantenerse parado en un borde, sostenido con la mano izquierda en tanto que el camión avanzaba rápido por el escaso tráfico de esa madrugada fue toda una proeza pero cuando llegaron a la avenida Broadway seguía allí. En ese momento el conductor redujo la velocidad y los hombres empezaron a bajar del camión para coger las bolsas negras que en seguida arrojaban al hueco conteniendo la respiración.  La basura huele mal hasta en la capital del mundo.

 

Argemiro nunca había visto un camión compactador y no salía de su asombro cuando por fin entendió que las bolsas de basura que arrojaba dentro eran elevadas cada cierto tiempo por una especie de grúa y luego apachurradas en el interior. No había tenido en cuenta que el camión iba cada vez más rápido y pronto descubrió que la mayoría de sus compañeros no se subían al estribo sino que trotaban por la calle, cerca de la acera junto al furgón desastrado y solo se miraban con inteligencia cuando la bolsa era tan grande que necesitaban subirla entre varios al contenedor. 

 

Trotó por las calles de Nueva York junto a siete desconocidos durante seis horas hasta que sus hombros parecían arder. Con el camión de basura repleto hasta el tope atravesaron la ciudad hacia el botadero de Tully donde el camión hizo un alto, descargó su contenido y volvió a salir.  Al llegar a la bodega de Varick, don Argemiro se encontraba irreconocible con un sabor a almizcle en la boca, las manos ateridas, el pantalón roto y de un color mugre indefinible. Miró sus pies y lo que quedaba de sus zapatos le permitía ver sus medias embarradas asomar por el sitio donde se habían desjaretado.

 

Descendió del camión y por primera vez en todo el día dedicó una sonrisa a sus compañeros mientras hacían la fila para el pago.  Recibió dos billetes de veinte dólares y uno de diez, y caminando lentamente se alejó desandando la calle, cojeando un poco y observando las decenas de camiones de basura que llegaban con su carga.

 

Era de noche cuando encontró el sótano de la calle Bushwick. No pudo comer, se quedó media hora bajo el agua humeante, cambió su ropa y permaneció callado en el sofá mientras escuchaba entre dormido la bronca de su prima.

 

Al día siguiente tomó el primer avión a casa.   

 

 

Publicado por Ivan | No hay comentarios

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  • kitayama: Expresar la ira es malo para los gringos y excelente para la salud de los japoneses
  • Mion: Ahora resulta que hacerse pis en la cama es el medidor de depresión: si te cascan te deprimes, si no lo hicieron, te salvas
  • Glass: No seas plástico, regresa al envase retornable
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