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CONTACTO CON LA REALIDAD

miércoles 18 de septiembre de 2013, 07:18:41 AM

 

CONTACTO CON LA REALIDAD

 

Alguna vez en un pueblito cerca de Guachené se murió una señora, entonces la hermana se asomó a la  ventana y gritó: “Vengan pueblo, a ver lo que ha hecho la gran puta de la muerte con mi hermanita”. Algunos vecinos decían que era por el dolor que había dicho así, pero el pueblo se empezó a desocupar. Fue muy difícil conseguir quien cargara el ataúd al cementerio y solo un osado se atrevió a palear tierra sobre la tumba. Doña Felicita vaga por el mundo desde entonces.

 

Tenía treinta y tres años cuando empecé a hacer mi consulta extramural de la residencia en psiquiatría. El pueblito que me tocó en suerte se llama Caloto y queda en el norte del departamento del Cauca, sobre las laderas occidentales de la cordillera central. Venido a menos, había sido uno de los pueblos de la confederación de ciudades del Cauca, después de peleas sin fin con los indígenas paeces que nunca lo aceptaron y las disputas intestinas entre sus habitantes que la convirtieron por cientos de años en una ciudad itinerante que bordeaba el rio Palo, a veces arriba y a veces abajo. Bolívar y sus aparceros pasaron por allí camino a la campaña del sur y cada cierto tiempo la guerra seguía yendo y viniendo por sus casas antiguas y su iglesia de la niña María. Las huellas de ese paso teñían las paredes encaladas de las casas vecinas a la estación de policía y a la Caja Agraria.

 

Cada semana viajaba al pueblito, primero en bus y luego en el carrito que alcance a comprar con mis ahorros, a hacer consulta en el hospitalito que ocupaba la manzana más alta del pueblo. Me esperaban diez o doce campesinos cuya cabeza no había sobrevivido indemne a la pobreza y el abandono.

 

Hacia abajo por las dos calles principales se observaban la estación de radio y la de policía, que ocupaban la siguiente manzana, compartiendo patio central con la capillita. Con las señas de la guerra en las paredes, las ventanas tapiadas hasta solo permitir el paso del fusil del vigilante, el alambre de púas en redondo,  los bolardos y las escolleras que se les habían ocurrido como protección a los diferentes comandantes de estación, poco entrenados en estética, para tratar de evitar las frecuentes tomas de la subversión.

 

La siguiente  manzana la ocupaba la plaza central, de la Libertad, según rezaba el letrero dorado en su rotonda de la retreta donde se ofrecían los conciertos de la banda municipal los domingos en la mañana al terminar la misa. Después la alcaldía y al lado la infaltable Caja Agraria, luego las casas campesinas que bajaban por la calle empedrada y empinada hasta la plaza de mercado que marcaba el límite inferior del pueblo.

 

Esa mañana terminé temprano mi consulta y ya recogía mis escasos bártulos para irme cuando reparé en una señora que me esperaba sentada frente al consultorio. Le pregunté que quería y me dijo que venía a pedir que hiciera la visita a su hijo que rehusaba asistir al Hospital pero que por su comportamiento parecía estar muy enfermo.

 

La acompañé sin mucha gana, caminando por las calles que bajaban hacia la plaza de mercado y unas dos cuadras más, casi hasta la salida del pueblo, donde atraviesa el rio Palo por un puentecito antiguo y se pierde la carretera hacia el norte, en dirección a Cali.

 

La casa, baja, de un solo piso, con una ventana pequeña enrejada y portón metálico, estaba cerrada cuando llegamos. La señora me dijo que tocara la puerta y le dijera al hombre que se asomara al alféizar que venía “a hablar de futbol”, que ella me iba a esperar en casa de una vecina para evitar que el señor se enojara por su intromisión. Intrigado, toqué la puerta y como había predicho, se asomó un hombre delgado y pálido, con el cabello despeinado, una barba entrecana bastante descuidada vistiendo ropa gris desteñida de campesino.

 

Cuando le dije que venía a hablar de futbol, el hombre asintió y salió de la casa, se sentó en el andén y sin preguntarme mi nombre empezó a comentar los partidos que por entonces daban en las madrugadas por el mundial de Corea y Japón, que nadie en sus cabales jamás vio.

 

Yo escuché durante un rato, antes de empezar con mi clásico interrogatorio de salud mental con sus preguntas de voces, visiones, persecuciones y contacto con la realidad. Voces si, visiones también y persecuciones por montones, pero lo que me enteré es que Corea del sur y Turquía habían llegado hasta las semifinales y que por primera vez un portero había sido elegido el mejor jugador.

 

Ya me iba a contar el paciente el desenlace del partido final entre Brasil y Alemania, conmigo sentado en el borde de la acera, mientras los transeúntes aceleraban el paso hacia el puente.  Los autos viejos empezaron a pasar de forma más fluida, primero sin mayor apuro pero luego pitando con algún desorden. Yo esperaba el desenlace del partido final para proceder a formular los consabidos medicamentos, cuando me sorprendió el ruido del tropel.

 

Varios campesinos bajaban a la carrera cogiéndose el sombrero con la mano, pasando por mi lado sin detenerse. Alguno me dirigió la mirada y al ver mi cara de asombro, me dijo en voz baja: “vienen los muchachos”. Yo me levante de un salto y volteé a mirar a mi paciente pero me encontré solo en medio de la calle mientras a lo lejos la gente atravesaba el puente.  Miré hacia la casa y detrás de la ventana enrejada me observaba el relator, sin inmutarse.  Golpeé  varias veces el portón que estaba ajustado fuertemente. Me acerqué a la ventana y con angustia ordené: “¡Ábrame!”.  El hombre me miró y dijo: “¡Eeeh Ni loco que estuviera!”, luego se alejó de la ventana y se perdió en la oscuridad de las habitaciones

 

Sin saber qué hacer, me senté nuevamente en el andén de la calle desolada esperando que Brasil hubiese dado buena cuenta de ese encuentro. Después de un rato decidí caminar lentamente  hacia arriba buscando la alcaldía, la plaza y la estación de policía con sus agentes mirando asombrados por entre el hueco del escondite al personaje que iba en contravía. Llegué a la esquina y volteé hacia el hospital. El vigilante hacía rato había puesto pies en polvorosa y pude salir del parqueadero, con manos temblorosas, sin encontrar alguien de quien despedirme. Solo sentía las miradas que se cruzaban entre los combatientes mientras el último auto de la fila pasaba por la calle sin apresurarse, antes del estallido de la tempestad.    

 

IVAN OSORIO

 

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