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DE ESOS PASTELES QUE DAN RISA

viernes 22 de noviembre de 2013, 08:43:20 PM

 

DE ESOS PASTELES QUE DAN RISA

 

Hace unos tres años me llamaron de urgencias a la clínica en  la que trabajo.  Cuando llegué  encontré un hombre muy flaco, de nariz larga y afilada, con el cabello crespo en desorden,  barba de varios días, chancletas plásticas corrientes y vestido únicamente con una bata hospitalaria verde amarrada atrás dejando la espalda y las nalgas al descubierto; escondido en su cabellera se observaba un sombrerito de tela oscura como el que usan algunas personas de la comunidad judía.  Al saludar, me respondió con un acento extraño y luego empezó a hablar a toda velocidad en una mezcla de inglés y yiddish. Cada cierto tiempo se quejaba y se tocaba la espalda donde se alcanzaba a ver una herida reciente, ya suturada, que iba desde el borde de las costillas inferiores y atravesaba todo su flanco izquierdo hasta perderse bajo la bata.   Permanecí un rato junto a él, tratando de entender su jerga hasta que, más por intuición y señas que porque comprendiera una sola palabra, adiviné lo que había pasado: había sido “contratado” como donante de órganos en Israel y convencido de venir a Colombia donde se haría pasar como familiar de un paciente renal crónico para entregarle un riñón. La razón de ese viaje a la otra mitad del mundo no era el dinero: le habían informado que en Colombia se producían la mejor cocaína y la mejor marihuana del mundo y que se expendían libremente en cada esquina. 

 

El paciente había llegado a Cali, ingresado a la clínica como donante de órganos e intervenido. Permaneció en la habitación por varios días, lo cual lo desesperó a tal punto que sin reparar en su vestido había intentado salir del lugar para acercarse a la esquina más cercana. Al detenerlo en la portería, el paciente ofreció un manojo de dólares, luego se agitó cuando no lo dejaron salir y al final fue necesario llamar al loquero.

 

Recordé este episodio hace unas semanas mientras preparaba mi charla para el grupo de jóvenes fanáticos de los clubes de futbol de la ciudad. Tenía que hablarles un tema de convivencia y  escogí hablar acerca de la bondad sin pensar mucho en cómo abordarlo, y ahora me escurría el cerebro tratando de encontrar un personaje motivador entre los futbolistas y personajes públicos hasta que dos neuronas se conectaron  dentro de mi cerebro; cogí el teléfono y llame a mi tía a pedir ayuda.

 

A comienzos de los años ochenta uno de los hermanos menores de la tía Nancy empezó a presentar dolores de cabeza muy intensos que no cedían con analgésicos. Después de una o dos semanas fue al médico y descubrió que tenía una hipertensión arterial tan severa que esos escasos días que demoró en acudir a consulta fueron suficientes para acabar con sus riñones. Por suerte hacia poco habían practicado el primer trasplante de riñón en Cali y hacia allá se dirigió. El médico le informó que tenía que ingresar a una lista de espera por un donante cadavérico que podía demorar años o conseguir un donante entre sus familiares.  La reunión familiar que siguió no duró mucho. El tío expuso su cuestión, varias caras se voltearon con vergüenza y la mano de la tía se levantó.  Esa fue la historia del segundo trasplante de riñón en esta ciudad.

 

La tía contestó el teléfono, saludó con amabilidad y escuchó la nueva petición. Permaneció en silencio un par de segundos y luego me dijo: ¿Y porque en vez de darles una charla, les hacemos una comida o un refrigerio? Algo se iluminó en mi cabeza y le respondí: Tía ¿porque no les enseñamos a hacer pasteles?

 

El grupo no era muy fácil que digamos: veinte muchachos de los barrios más pobres de la ciudad que basaban su proyecto de vida en dar apoyo a su equipo gritando y animando sin parar durante los noventa minutos que duraba cada partido,  para luego salir a la calle a armar tropel con los  de la barra contraria sin importar mucho el resultado  del encuentro. Para efectos prácticos daba igual si el equipo había perdido, ganado o empatado, con tal que jugaran y pelearan. En los últimos partidos la destrucción había sido tal que los equipos habían decidido suspender su entrada al estadio y las autoridades impartirles un descorazonador curso de convivencia.

 

Habíamos estado tratando de convencerlos de disminuir su agresividad e intentado sin mucho éxito explicarles los beneficios de la abstinencia o al menos la disminución del consumo de tóxicos, cuando decidí meter a mi pobre tía en ese lodazal. La semana siguiente iríamos a nuestra charla. Como siempre, mi madre me siguió la corriente en el asunto y se fueron con la tía a comprar las cosas para hacer unos veinte pasteles: huevos, harina, azúcar, polvo de hornear, chocolate en polvo, mantequilla y cocas plásticas para hacer la mezcla.

 

Cuando llegamos la situación empezó a preocuparme: había corrido la voz que iban a regalar torta y más de cuarenta muchachos con camisetas deportivas, tatuajes, peinados estrafalarios y caras de pocos amigos nos esperaban sentados en una sala poco acostumbrada a ese jaleo. En cuanto entramos cargando los hornos microondas y las cosas de la cocina, una gritería acompañada de aplausos se largó mientras caminábamos entre las filas.  El lugar parecía muy poco apropiado y el auditorio menos. 

 

Las dos abuelas caminaron despacio con la angustia reflejada en el rostro, pero finalmente llegaron a una mesa delantera y empezaron lentamente a sacar las cosas que habían traído. Los muchachos no estaban acostumbrados a esperar y por ninguna parte se veía salir la torta. Con parsimonia ellas extendieron un plástico verde sobre las mesas y luego sacaron los platos de plástico acompañados de los bajalenguas que iban a hacer de mezcladores. Los repartieron a cada uno, que en respuesta miraba su plato vacío con bastante desaliento e irritación creciente, mientras golpeaba el plato con la paletica de madera.

 

Como el asunto me angustiaba bastante, empecé mi discurso sobre la bondad intrínseca de la gente, leí un texto que pocos entendieron sobre las maravillas de hacer el bien y terminé con una frase paradójica de algún gurú de superación en la que instaba a la gente a querer a los demás sin esperar nada a cambio. Nadie escuchó nada y del susto se me olvidó contarles la historia del riñón perdido de mi tía. Entonces les di la palabra a las señoras Nancy y Gloria.

 

La tía y mi madre vaciaron la harina, los huevos y los demás ingredientes y empezaron a repartirlos en cada una  de las cocas plásticas que los personajes miraban sin comprender y luego de un rato los instaron a partir el huevo, agregarlo a la mezcla y revolver.

 

El asombro de todos fue grande mientras cogían el huevo y trataban de partirlo como seguramente habrían visto a su madre. Algunos lo sabían hacer pero la mayoría no habían partido un huevo en toda su  vida y menos aún depositar su contenido en una pequeña tacita.  Yo observaba atónito cuando todos empezaron a reír mientras trataban de rescatar las cascaras de huevo que caían dentro de la taza y luego batían el menjurje como si en ello les fuera la vida. Empecé a tomar fotos del suceso, que me parecía algo providencial. Recorría las mesas repletas de caras concentradas en lograr que la mezcla quedara homogénea.

 

Como todo, algunos problemitas empezaron  a presentarse y me di cuenta cuando me acerqué a las últimas mesas donde los jóvenes bajaron las tazas y a medias escondidos bajo las sillas desataron el contenido de sus cigarrillos dentro de los recipientes. Mi angustia inicial con el nuevo ingrediente fue cediendo lentamente al ver como continuaban batiendo su mixtura como si nada hasta lograr el resultado final  y luego presentarlo a las dos abuelas cual tarea de fin de curso.

 

En la medida en que cada uno terminaba se acercaba a mostrar su pegote a las tías y pronto las vi a lo lejos rodeadas por decenas de muchachos que querían su aprobación. Las dos los miraban con desazón, luego empezaron a quitar con un tenedor los residuos verdes de la mezcla que eran evidentes en algunos de las tazas mientras los aludidos gruñían y gritaban.

 

En ese momento el líder de la barra, que había estado concentrado en lo suyo, levantó la voz: Dejen en paz a las señoras, que ellas vinieron a enseñarnos. El grupo se separó un poco y pude observar la cara de la tía cuando decía como disculpándose: Es que  algunas tortas tenían cascaritas y sin más empezaron a hornear los pasteles que hacen reír.

 

Una hora después, mientras algunos comían con la cara cada vez más enrojecida y con risas infantiles hablaban entre ellos, me  acerque a la tía, que estaba terminando de hornear el último pastel. ¿Tía, si se dio cuenta lo que le echaron a la torta? Y ella me dijo con una sonrisa:Pues claro, pero como usted dijo que había que quererlos de todas maneras.

 

IVAN OSORIO

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