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LECCIONES NO APRENDIDAS

lunes 12 de mayo de 2014, 12:51:05 AM

 

LECCIONES NO APRENDIDAS

 

Veníamos de hacer ejercicio cuando escuché a mi hija mayor con tono de mujer experimentada que no se compadece con sus catorce años: “Papá: uno no aprende en cuero ajeno”.  Hablaba de los problemas de su hermana menor, que estaba repitiendo sin querer muchos de sus problemas de adaptación a la pubertad sin que de nada sirvieran sus consejos  ni las recomendaciones de la madre.

 

Traigo a colación el tema porque esta afirmación, tan usada y abusada, poco se considera antes de incurrir en el error repetido que podría haber sido obviado si nos fijáramos con más detenimiento en las cosas que han pasado y en las que nos vemos inmersos una y otra vez.

 

Tener hijos adolescentes es la oportunidad para repasar nuestros conocimientos olvidados de un  montón de materias que nos encantaban o repelían cuando pasamos por las aulas.  Volvemos a rascarnos la cabeza con los problemas de algebra o de química, a recordar nuestros profesores de inglés o de filosofía y a asombrarnos con las cosas que no recordábamos que sabíamos o habíamos enterrado por completo en nuestra memoria.

 

Una de las cosas que más me asombró fue recordar mis lecciones de historia de Francia del siglo XVIII con todas las cosas que antecedieron a la Revolución y que de manera tragicómica llevaron paso a paso a la revuelta sin que Luis XVI o sus ministros tuvieran el mínimo control.

 

Leímos que María Antonieta siempre fue vista como una advenediza llegada de la casa del enemigo natural en búsqueda de algún apoyo o como siempre, un arreglo político para  evitar otra guerra pero que su francés mal hablado terminó por desencadenar el rechazo de los súbditos por un asunto aparentemente tan nimio como la  dicción de la reina y logró que se revisaran una por una sus actuaciones con cada vez mayor inquina, encontrando toda clase de quejas por su conducta hasta que cayó su cabeza.

 

Un tema más apasionante todavía fue la política de mares abiertos que siguió al llamado tratado de Eden firmado en 1786 entre Francia e Inglaterra porque la idea poderosa de permitir el libre intercambio entre naciones otrora enemigas parecía una excelente propuesta que haría ricos a todos los involucrados, como preconizaba Adam Smith, sin prever que existían variables que debieron ser analizadas con más detenimiento. Francia, país rural en ese entonces, creyó que podría beneficiarse del libre intercambio con sus productos agrícolas y de esa manera empezó a exportar sus frutas y verduras mientras importaba telas, zapatos y productos terminados, pero no tuvo en  cuenta que al frente tenía un país con dos ventajas importantes: dinero e infraestructura. Estos dos pequeños detalles eran resultantes de la llamada revolución industrial en Inglaterra que había logrado mecanizar la producción hasta hacerla mucho más eficiente y barata que sus vecinos, además disponía del dinero que daba la posibilidad de subsidiar los productos para hacerlos tan atractivos que la gente en la calle los acababa prefiriendo sobre los propios.

 

Ya metidos en la vaca loca, el rey y sus ministros decidieron endeudarse para comprar maquinaria y tecnología, mejorar la infraestructura y las carreteras, sin tener en cuenta que las deudas anteriores lo hacían un mal candidato para préstamos y por consiguiente sujeto de usura por parte de los banqueros suizos que hicieron su agosto facilitando a los reyes dinero sobre préstamos, lo cual los hizo impagables. Lo más interesante de todo fue que esos cambios en vías y maquinarias, hechos con apuro  no alcanzaron a modificar la caída de la economía porque el atraso era tal y la situación tan comprometida que los arreglos de vías y los cambios en la tecnología hechos con premura y sin planeación solo contribuían a detener aún más la  producción. El rey pensaba que el desempleo de los agricultores se vería compensado con creces por el empleo en obras civiles pero olvidaba que estos son empleos  de ocasión y la pobreza continuó hasta que la revolución estalló con todo rigor por las masas campesinas que se desplazaron a la capital a buscar comida.

 

Algo me escocía en toda esta historia como si la hubiera experimentado en carne propia. Pensé que tal vez habría sido en otra vida un campesino agricultor víctima de la pésima planeación del rey de turno pero no acababa de explicarme porque me afectaba tanto si vivo en un país moderno del siglo XXI que tiene toda clase de personas empleadas en planear y promover los tratados de libre comercio para que este tipo de errores no se vuelvan a repetir.

 

La semana siguiente me correspondió apoyar a mi hija en sus lecturas sobre la Revolución y algo estaba mal: después de recitar con el alma destrozada y a voz en cuello la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano empezamos a revisar las discusiones entre jacobinos ciudadanos partidarios de una monarquía constitucional en la que no se movieran mucho los beneficiarios del poder y girondinos, burgueses rurales partidarios del federalismo y la ruptura con el modelo monárquico, con sus discursos tan elaborados sobre el bienestar general, las distancias entre todos se hicieron cada vez más grandes hasta que la disputa se tornó suspicacia y en cuestión de meses las cabezas rodaban sobre las mesas. Cada uno acusaba al otro  de no defender con entereza la Revolución y de intentar restaurar el antiguo régimen, con juicios cada vez más cortos y superficiales, en los cuales muchas veces los involucrados ya estaban condenados de antemano por la prensa,  de tal forma que el terror se fue apoderando paulatinamente de todos porque cada uno de los oradores que se levantaban en la Asamblea podía enfilar sus baterías contra  cualquiera de sus contradictores. En los pueblos la situación era peor porque las acusaciones eran todavía más endebles y cuarenta mil cabezas rodaron por pensar diferente.

 

El punto culminante fue el 26 de julio (8 de termidor) de 1794 cuando Robespierre empezó su discurso aterrador en el que acusaba a todos los miembros de estar conspirando y les anticipó que el dia siguiente daría los nombres de los que merecían pasar a la guillotina. El asunto fue tan dramático que cuando envió uno de sus auxiliares con unas hojas para ser leídas, los demás no lo dejaron hablar, temerosos todos de estar en esa lista mortal.  Al dia siguiente la cabeza que rodaba era la del mismo inquisidor acusado a su vez de traición con idénticos argumentos.

 

Mi hija estaba bastante impresionada pero  le explique que menos mal nosotros vivimos en un país con unas instituciones fuertes en las que el ejecutivo y el legislativo realizan sus actos pensando en el bienestar general, no se la pasan como entonces discutiendo asuntos estúpidos como el francés de la reina o acusándose  de inmorales y espías; y por eso no temen caer en las garras de un juez parcial que esté dispuesto por sus convicciones morales a llevarlos a todos a la cárcel, porque gracias a Dios nosotros no usamos la guillotina para solucionar nuestros problemas sino que cada cuatro años aprendemos de nuestros errores y elegimos a nuestros gobernantes de forma democrática sin esperar un salvador como el Napoleón del 18 brumario.   

 

IVAN OSORIO

 

 

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